domingo, 2 de agosto de 2015

Libro Uno - Violentos Actos de Belleza

Libro Uno - Violentos Actos de Belleza


~ I ~

Crucifixia Cultellus era una joven hermosa y de virtud reconocida que jamás faltaba a ningún oficio mayor de la iglesia, siempre estaba lista para los sermones que los sacerdotes solían declamar para evitar que sus fieles se desviasen de la senda que los llevaría Hacia El Que Mora en las Alturas.

La joven pelirroja de delicadas facciones y hechiceros ojos verdes había quedado huérfana a edad muy temprana y, poseedora de una impresionante fortuna, era recatada en sus tratos, siendo más callada que un sepulcro acerca de sus asuntos personales. Su vida social era casi exclusivamente secular, salvo por el cargo de Baronesa de Cultellus debido al cual debía asistir a ejecuciones sumarias de herejes, bandidos, excomulgados, brujos, invertidos, poseídos y locos así como los ofensores de la corona. La frágil chica había visto innumerables y horrorosas muertes.

Pero, lejos de ser una carga insostenible, era un dulce deber para la cruel Baronesa, y era que Crucifixia encontraba de lo más inspiradoras las violentas ejecuciones, la chica había descubierto temprano que poseía las ardientes llamas del arte pulsantes en sus venas, de manera innata, Crucifixia combinaba colores y pigmentos, trazaba líneas curvas y rectas que en conjunto eran morbosas y execrables reproducciones impresionantemente realistas de colgados, desollados, decapitados, descuartizados, quemados y asados, asfixiados, desnucados, destazados y empalados reproducidos con una claridad y realismo escalofriantes.

Pero también había bustos que pintaban las expresiones más desgarradoras que el dolor pueda imprimirle a las facciones humanas. Terribles y dementes historias, lúgubres y tétricos poemas necrológicos así como piezas musicales. Crucifixia también tocaba el violín, la guitarra y el órgano, prefiriendo las tétricas y monótonas pesadillas sonoras de este último que los de los dos primeros.

Obscuras, monstruosas y fúnebres piezas de endiablada cacofonía, desoladoras y malditas inundaban los silencios de la noche.

Pero esto a solas y en secreto, si la gente se enteraba de aquellas obras, de aquel arte tenebroso y blasfemo era seguro que terminaría en la hoguera o, en el mejor de los casos, en el manicomio de Rothsteins, único en el feudo.

Crucifixia razonaba que sus ars noires no eran producto de locura o posesión diabólica, solo una sensibilidad preternatural para lo lóbrego así como fácil inclinación hacia lo mórbidamente macabro, nada más alejado de la locura.

Pero había cosas que ni ella podía justificar, por ejemplo; sus viajes al cementerio, al principio solo para leer las lapidas e intentar descifrar las historias de aquellos que yacían bajo aquellas piedras antiguas; conocer sus misterios, sus tragedias, Crucifixia solía dejar volar su mente, enloquecidos y desoladores viajes de fantasías siniestras.

Hasta que, un día, descubrió una chica que contaba doce años siendo sepultada, Crucifixia miro la ceremonia, escucho el amargo llanto de los padres por su hija ahora entre ángeles, el conmovedor y dulce canto de los monjes de Ísdelis... Y lloro... Lloro por la muerta y por si misma pues imagino estar muerta y algo se descubrió ante Crucifixia, ella no andaba buscando tristezas en las lapidas del cementerio, "Ella buscaba su propia tumba".

Fue cuando supo que algo terrible le estaba ocurriendo a su mente.

~ II ~

Tras ese día, Crucifixia se dedicó a averiguar si alguna chica moría, cuando esto ocurría, pagaba fuertes sumas de oro a discreción a pérfidos y hábiles ayudantes para que estos ganapanes desenterrasen el cadáver fresco y lo llevasen al castillo donde la enloquecida Baronesa de Cultellus violaba los cuerpos en orgias de mutilación, sangre y hacia sus últimas fechas, necrofagia; pero si el muerto era algún viejo coronel retirado, una acaudalada viuda, un noble o incluso damas de sociedad especialmente mojigatas y estúpidas, era ella misma quien iba a desenterrar el cadáver personalmente y, tras abrir el terroso ataúd, se colocaba a horcajadas sobre el fardo y lo profanaba orinándolo y defecándolo, tras lo cual, colocaba el cadáver bocabajo y lo volvía a enterrar regresando riendo al castillo.

Llenó las criptas subterráneas de huesos, cadáveres e instrumentos de tortura, a la vez que inicio sus anotaciones de extrañas visiones y macabras vivencias en un siniestro y delirante diario.

De cuando en cuando, salía vestida como cargador, armada con un costal a los prados y bosques para secuestrar a las despistadas mozas que se encontrase, sometiéndolas primero, encostalándolas después para llevarlas al castillo Cultellus por un pasaje oculto que habría descubierto en su infancia.

Introducía a su víctima en su tenebrosa sala y la ataba a un lecho mortuorio engalanado de regio y lúgubre modo con telas negras delicados encajes y místicos velos; negros cirios alumbraban siniestramente aquel horrido cuadro.

Cuando la infeliz cautiva abría los ojos, lo primero que asaltaba su vista eran cuadros y más cuadros de ejecutados, cadáveres mutilados, cabezas en cestas y picas, cuerpos eviscerados, miembros atravesados en estacas, ahorcados, crucificados y ahogados por el fuego, todos descripciones realistas y sanguinarias de ejecutados en la rueda, aserrados, desgarrados con la metálica uña de gato, empalados; así, lograba horrorizar al extremo con aquellas inmóviles escenas de sadismo a sus víctimas que, degustando ya el nuevo horror, temblaban.

En una de las paredes de aquel tálamo nupcial infernal, abultados como sacos de poca monta, había, alineados, varios cadáveres amortajados y bien atados, a través del blanco impuro de las mortajas, se apreciaban manchas obscuras de sangre seca. Mas uno, y solo uno de aquellos bultos terribles se sacudía retorciéndose grotescamente a la vez que unos bizarros sonidos balbuceantes y asfixiados brotaban de aquella forma pesadillesca.

Crucifixia representaba entonces una de sus obras favoritas "ill mostro resurrecto", tras debatirse con los luctuosos arreos, aquella loca rompía las mortajas liberándose y arrojándose hacia el lecho y su horrorizada y semi enloquecida víctima.

Y al día siguiente, un nuevo cadáver se unía a la enferma colección de la insana baronesa, decenas de cadáveres y miríadas de huesos se amontonaban groseramente en varias Chambres del Criptorium de Cultellus, cruces hechas con tibias y alfileres, ganzúas, lancetas, anzuelos, martillos, hachas y cuencos eran trabajados artesanalmente por Crucifixia en la obscuridad subterránea de las húmedas criptas, a solas, a obscuras, sonriendo y trabajando artesanías en los huesos de las muertas...

~ III ~

En la soledad de las noches, Crucifixia Cultellus solía esparcir piezas de su colección macabra de osamentas por el bosque circundante al castillo, árboles centenarios bajo los que sepultaba huesos, cráneos, falanges.

Fue entonces cuando los aldeanos comenzaron murmurar historias acerca de que el bosque de Cultellus estaba embrujado por ánimas solitarias y en pena, ruidos como llantos, risas, gritos, murmullos y dementes oraciones aterrorizaban a quien se atreviese a recorrer aquellos obscuros y agrestes parajes siniestros, nebulosos y hechizados.

Durante la época invernal, una neblina se posaba en aquellos territorios de Cultellus y entonces Crucifixia concedía tregua, e invernaba también, sus locuras en los solitarios valles y cementerios paraban, no por su gusto, sino por el efecto de la congelación de la negra tierra que imposibilitaba abrir nuevas fosas que recibirían a las infaltables victimas invernales. Había pues, que aguardar en la Chapelle del pueblo los ataúdes de los desgraciados que aguardarían insepultos la primavera, guardados en chambres especiales.

Crucifixia no podía llegar a ellas en este caso y debía contentarse con otros placeres igual de enfermos, ya que algunas pequeñas secuestradas o compradas acompañaban a la Baronesa caníbal durante los rigores invernales, sobra decir que el acceso al Castillo Cultellus quedaba completamente bloqueado.
Crucifixia aguardaba por las muertas acompañada de aquellas almas condenadas y aterradas sometidas a muertes espeluznantes y dolorosas a manos de una demente, ni que decir de los horrores que debían soportar las pequeñas traumatizadas a niveles que ninguna psicología podía alcanzar.

La loca las sometía a sus enfermas obras, "ill mostro resurrecto" era su favorito, así, como cadáver amortajado, se arrastraba con los vendajes hechos ominosos girones, hacia la pequeña en turno, gimiendo como si sus cuerdas vocales estuviesen desgarradas, profería ruidos bajos y horridos, la actitud con la que representaba su papel de muerta revenida era tal que incluso el más valiente se habría amedrentado ante tan horrible visión.

Crucifixia era hermafrodita además de todo, siendo el sexo aparentemente dominante el femenino, pero de atributos masculinos dignos de un Príapo o de un Pan. Así, gimiendo y arrastrándose horriblemente, cubierta del rostro con vendas ensangrentadas subía al lecho, la víctima, atada en X en el tálamo solo gritaba paralizada de terror, gritando como si la vida le fuera en ello. Desnuda y traumada, asistente única al espectáculo de aquel ser que se enfilaba para desflorarla.

Habría que aplaudir la dedicación de Crucifixia de no ser por el propósito impuro que buscaba consumar, fingía tan bien estar apresada por los arreos luctuosos que cualquiera, en verdad pensaría que se trataba de un pútrido cadáver revenido, gimoteante e idiota, se colocaba a rastras sobre la aullante y enloquecida chica y, poco a poco, de forma agónica y siempre gimiendo baja y ominosamente, desvirgaba brutalmente a la chica saboreando la sensación de su duro fuste aprisionado por el cálido cráter de lujuria de la víctima.

Al consumarse la penetración, la víctima estaba en tal estado que la demencia por horror era decir poco, no había definición para aquello, ocurría que las chicas (normalmente de trece a diecisiete) comenzaban, bien a reír, bien a llorar hasta desgarrarse la garganta a gritos, otras más entraban en trance cataléptico (éstas eran las favoritas de la baronesa), las menos interesantes, se desmayaban.

Muchas de ellas orinaban, otras vomitaban y algunas hasta defecaban (a veces las tres cosas juntas) pero todas quedaban mentalmente marcadas por el hierro candente que era la lujuria de la Baronesa de Cultellus.

Bajo dichas circunstancias, la violación comenzaba, Crucifixia, como toda buena actriz, no abandonaba su papel, la invadía entonces un placer desmedido gracias a los gritos enloquecidos de las chicas, así como sentir su sable exprimido por las delicadas cuevas del deseo recién horadadas por fuerza, entonces, en vez de abandonarse al placer, continuaba la representación, gimiendo, comenzaba a moverse torpemente (en apariencia), pero cuidando clavarse más y más hondo en su víctima, con las piernas juntas, como si las hubiesen cosido una a otra, cual sirena de pesadilla y artificial y demente fruto de los ensueños de un perverso, y los brazos a la espalda cubierto por mangas de terciopelo negro dando así la impresión de no tener brazos, el rostro cubierto por un sudario y vendajes ensangrentados.

Eyaculaba entonces, profiriendo ruidos inhumanos, entrecortados y terribles. Ocurría a veces que al mirar a la pequeña, esta había muerto ya, de puro horror quizá. Las almas de aquellas inocentes no soportaban aquel horror y huían volando cual palomas a las manos de su benevolente creador, esto, lejos de incomodarla, la satisfacía, tenía un nuevo cadáver que agregar a su siniestra colección, si acaso Vivian, aún más perfecto aun, al día siguiente, tocaría otra obra que representar...

~ IV ~

Una de aquellas pobres e infelices victimas llego a soportar varios meses de aquel diabólico trato, meses en los que Crucifixia notó con emoción que había embarazado a la desdichada chica. No por esto recibió ningún tratamiento especial, solo fue arrojada violentamente en una sórdida y húmeda mazmorra donde vivió la reclusión prisionera en la que se convirtió su embarazo, tres veces por semana, Crucifixia la visitaba para evaluar el estado de aquella chica cuyo nombre cristiano era Jessica, esta, horrorizada por su situación y asqueada por llevar en sus entrañas una criatura engendrada por semejante bestia enloquecida, notó angustiada como su vientre iba creciendo, casi perdió el juicio al sentir las patadas de aquel ser que ya se le antojaba un monstruo.

Hay que decir que, a pesar de vivir en una obscura mazmorra desprovista de luz natural, húmeda y fría, contaba con abrigadoras mantas y carne deliciosa y finamente preparada tres veces al día, Crucifixia la cebaba bien con la carne de las muertas.

¿Por qué no se suicidó pese a su horrible situación? Guardaba la ilusión de escapar, de volver a su hogar, de deshacerse de la criatura que llevaba en el vientre creciendo día con día, urdió el modo de perderlo matándose de hambre, pero el olor de la carne guisada era tal que al tercer día de su huelga de hambre, aquella chica vejada, violada y embarazada cedió a la tentación convirtiéndose en caníbal involuntaria al comer un humeante y jugoso bistec de muslo con papas hervidas y salsa de tomatillo.

Crucifixia la miró devorar golosamente aquel trozo de carne masturbándose con la cabeza del cuerpo cuya esclava devoraba con hambre atroz desde un punto oculto en la pared.

Y durante días, meses; Crucifixia siguió disfrutando de todas las hediondas e impuras bajezas a las que su cada vez más desviado espíritu la guiaba, vicios y depravaciones de lo más variopintas y herméticas.

Pero el hecho de no poder entregarse a dichos excesos abiertamente era una cruz, una pesada cruz que hacia mella. Era una loca pervertida en privado y en público, una mojigata insufrible, pero no podía hacer nada, notaba con mayor indiferencia que caía en excesos cada vez más violentos y blasfemos.

Hasta que optó por viajar, lejos, hacia otros feudos, en busca de nuevas y feroces emociones, desconocida en medio de un mar de gente, robaba y defraudaba a quien pudiese y no dudaba en asesinar para salir impune, daba igual si eran unas monedas a una campesina incauta y recién llegada a la Citté o centenarias heredades a algún noble arruinado. Tal tacto desarrolló su metódico arte diabólico de engañar, entonces, desaparecía ocultándose nuevamente en el feudo de las Cuatro Cruces.

Su forma de callar las murmuraciones y rumores también era igual de brutal, sangriento y definitivo, todo por silenciar las amenazas o sospechas, reales o supuestas de la paranoica Baronesa de Cultellus. 

~ V ~

Crucifixia Cultellus a menudo solía estrangular a sus víctimas con sus propias manos, desaparecía durante días completos hasta reaparecer, magnánima y esplendorosa, pagada de si, era capaz de valerse solo de sus hurtos para no tocar su ya impresionante riqueza.

Y entonces, en otra de sus propiedades cambio la virtud, virginidad y delicadeza de sus primeras víctimas por los peores vicios de meretrices, charlatanas, rateras, expatriadas y excomulgadas así como todo tipo de escoria como acompañantes invernales, siempre en busca de nuevos lugares inaccesibles por la nieve, niebla y obscuridad en el valle Glaricardi, propiedad también suya.

Ahí solía trazar horrores más terribles que los de los primeros para "castigar" a aquellas infelices que se veían sometidas a la insania.

Reducidas a simples muñecas desechables, aquellas vividoras y elegantes ninfas eran inducidas en horrores que les arrancaban alaridos animales a sus delicados y anteriormente orgullosos pechos, arpías de las más sucias letrinas de la sociedad citadina.

En primavera regresaba a la civilización, sobra decir que ninguna de sus acompañantes solía regresar de aquellas heredades, Crucifixia Cultellus se volvía entonces una insufrible beata, fanática y neurótica que abogaba por las buenas conciencias, las costumbres rectas y el recato.

Su catarsis invernal solía purgarla temporalmente de sus Demonios Nocturnos, así, los nueve meses restantes, se las arreglaba como podía de maravilla, frecuentando iglesias, ejecuciones, reuniones de caridad y ayuda a casas de socorro, hospitales, asilos y manicomios, así como orfanatos y apoyando a viudas desamparadas, asistiendo devota y fervientemente a misas gregorianas en las ocasiones de difunto y mandando decir oficios especiales por cuenta propia para el occiso, ganándose entre los sencillos pueblerinos de su feudo el título de santa.

Todo esto mientras perseguía con autentico fanatismo religioso encarnizado a sus demonios tentadores personales, las sirenas terribles que la atraían a cada paso de su existencia; prostitutas y lesbianas.


Crucifixia no se daba cuenta de que, mientras arengaba a las buenas conciencias acerca de la necesidad de liberarse y liberar a los retoños de aquellas hierbas salvajes que amenazaba a todos con libertinaje, enfermedades e inmoralidad, que sus pasos trémulos pero continuos al infierno eran guiados por algo siniestro, como si de una marioneta poseída y demente se tratase.

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