domingo, 2 de agosto de 2015

Libro Dos - Escenas Insanas en la Noche Arcana

Libro Dos - Escenas Insanas en la Noche Arcana


~ I ~

Crucifixia se entretenía mansamente en escribir un poema lúgubre una lluviosa tarde, había asistido a Messe Vesperia y su corazón aun vibraba por las notas del Hymnen die Lemyriz, su imaginación, exaltada, comenzó a trabajar y verter sus ocurrencias en cuanto volvió a la soledad tan amada del castillo Cultellus. 

Durante la Messe, la baronesa había robado el pañuelo de una preciosa y madura duquesa, Ifigenia Crudelis, gran señora que había sido su fantasía desde que tuvo los primeros instintos de lujuria en su cuerpo. 

Gran amiga de los padres de Crucifixia, ocasionalmente solía vitarlos y, durante estas ocasionales reuniones, Crucifixia alimentaba sus desquiciadas fantasías. 

Olisqueó el pañuelo robado en la intimidad umbrosa de su negro carruaje, la fragancia era madura y elegante, la Baronesa comenzó a experimentar una delicada erección al imaginar el enervante y salvaje aroma a mujer que dicha esencia enmascaraba, y que Crucifixia solía soñar ocasionalmente. 

De qué modo tan ardiente anhelaba visitarla como antaño, cuando acompañaba a su madre al castillo de Crudelis, y mirarla de pies a cabeza, soñando, delineando ensueños eróticos e imaginando las delicadas prendas íntimas que aquella madura beldad podría poseer. 

Pero desde que sus padres murieran, solo la había visto en la Chapelle, sabía que de pedirle una cita, la mujer no se la negaría, pero temía no poder controlarse, sabía que si ahora, tantos años después, se veía encerrada con Ifigenia en la misma habitación, no podría controlarse, enloquecería y la violaría como jamás había violado a nadie. 

Pero aquel día, Ifigenia Crudelis, al verla conmovida con el canto dulce y doloroso de las sóror sui excidium, sacerdotisas encapuchadas que le cantaban a la muerte, se acercó a Crucifixia y la atrajo a su cuerpo y apoyó en su delicado y pálido hombro, los ojos de Crucifixia se clavaron en el escote y más directamente en los pechos maravillosos que se ocultaban bajo velos y encajes, erecta como un sátiro en primavera y desencajada, con la mente cual araña venenosa y desesperada, tejiendo redes de fantasías obscuras y tenebrosas, Crucifixia solo alcanzo a acariciarle las caderas magnificas por sobre el vestido. 

Nada más al llegar al castillo Cultellus se encerró en su chambre noir, ahí, en la obscuridad, derramó su esperma tumefacto y mefítico en tres ocasiones seguidas, al principio, fantaseando con Ifigenia, soñando poseerla sobre el altar mayor de la Chapelle mientras el pueblo entero asistía al rituale sanctus, eyaculó imaginando los jadeos de su ninfa sofocados por los cánticos romanos y los rezos latinos de los asistentes. 

Su segunda petite morte llegó recordando el funeral de su madre, a Ifigenia abrazándola, su calor, su olor; esa misma noche, en las salitrosas, obscuras y frías catacumbas espectrales de Cultellus, la desquiciada Baronesa transfiguró el cuerpo y la carne del cadáver de su madre por los de su tan deseada Ifigenia Crudelis. 

Aquel día lejano, encerrada en un claustrofóbico y húmedo osario a bastante profundidad en el subsuelo de Cultellus, bajo lo que ella creía su chambre de juegos, la Baronesa Crucifixia Cultellus llenó de cálido licor vital en la helada vulva de la anterior Baronesa. 

Estalló de placer al recordar aquel maravilloso día. 

El tercer orgasmo de Crucifixia llegó al imaginarse violando a su preciosa Ifigenia en un lúgubre féretro que habría de servirles de lecho nupcial durante el oficio de difuntos, "da pacem, domine" seria su balada de amor; mientras ella, jadeante y sudorosa, concentrando sus furicos ataques contra la muerta, el sarcófago rechinando, amenazando con destrozarse por tan fiera copula; los cirios funerales, los fúnebres lirios, albos y fragantes los dolientes orando y sollozando por la pérdida de tan encantador ángel, Crucifixia lanzo una horripilante blasfemia al momento de descargar otra vez las muestras de su virilidad. 

Sollozando de placer, con lágrimas en los ojos corriéndole por las sienes, recostada en su lecho de finas sabanas, la Baronesa Crucifixia Cultellus tomó una determinación terrible... Secuestrar, violar, matar y devorar a Ifigenia... Pero... ¿En qué orden hacer tales cosas?

~ II ~

Crucifixia rebuscó durante días entre sus libros, grimorios prohibidos confiscados por su guardia a brujos y hechiceros, a simbolistas y alquimistas, libros ancestrales y robados, saqueados de librerías de nigromantes y comprados a callados, bizarros y obscuros personajes de todas las nacionalidades. Anticuarios orientales, traficantes de obras prohibidas y libros innombrables, obras de saberes arcanos salvados de las mismas llamas inquisitoriales que la misma Crucifixia habría hecho arder con sus largas peroratas intolerantes y fanáticas en las que se describían todo tipo de aberraciones y brujerías.

Pero fue un traficante de esclavos el que le dio las respuestas a sus enfermas fantasías y ansias desquiciadas, una receta que le costó algunos barriles de oro a cambio de saberes prohibidos y espantosos, pero Crucifixia sabía que el oro aflojaba los tornillos de cualquier cerradura, real o supuesta.

Así, con la receta terrible hubo de ser sometida a prueba por varios métodos antes de realizar sus sueños, necesitaba examinar las formulas y esto, lejos de frustrarla, la excitaba, se divertiría averiguándolo, aunque aquello debía de ser llevado a cabo en circunstancias aún más herméticas que las de sus habituales correrías.

Con bastante dificultad, Crucifixia consiguió todos los ingredientes para sus horribles experimentos pese al estrambótico origen o calidad de estos.

"De una tumba -rezaba la formula. - se extrae el cadáver de un niño y se le rompe el cráneo. Los trozos del cadáver roto se mezclan con los trozos de dos lagartos secos y el esqueleto de un sapo que tendrá amarrada una pata con una serpiente de mar ponzoñosa, al sapo y a la serpiente se les habrá encerrado en un cuenco de ónix y obsidiana con los símbolos de los señores de la muerte, los infiernos y cementerios. Este para que el sapo antes de ser sacrificado, tenga un veneno aún más potente, todo se tritura hasta que todo en conjunto se reduce a una finísima arenilla que deberá darse de alimento y bebida a la futura esclava."

"Cuando esta haya fenecido, se visitara el cementerio en las horas más obscuras de la noche y, ante la tumba de la víctima se reza al Emperador de los Helados Cementerios, Leichenhaus, Criptorium, Pantheones y Osarios, el obscuro Nodens, se quemará una ofrenda de hierbas de Mashu y Mandrágora con violetas así como inciensos de aromas fríos y con decisión se invoca al difunto"

"Te llamo, ser muerto... Responde... Os llamo, seres vivos... Y no responden... A mí, los muertos del cementerio... Espectros que vagan en la obscuridad"

Crucifixia ensayó durante días la formula mientras reclutaba conejillas de indias humanas comprándolas al Thuranio esclavista que solía venderle hermosos donceles, doncellas delicadas y malvivientes para sus soirée; compró tres vírgenes de Delios y decidió dar, primero rienda suelta a sus caprichos carnales antes de experimentar las formulas.

~ III ~

Ana Estía fue su primera víctima para probar, el traficante de esclavos le había dicho que la formula exigía refinamiento y exactitud ya que el menor error del ejecutante podía resultar, en algunos casos, terrible.

Siete largas y dolorosas horas de salvajes violaciones, golpes, torturas y maltratos duró el suplicio de la infeliz, tras las cuales, Ana expiraba en la pestilente obscuridad de las mazmorras al ser pinchada con un alfiler cargado del poderoso veneno, los ojos de la desdichada enrojecieron espantosamente, la boca lanzaba espumarajos de una baba espesa y blanquecina, segundos después, quedaba inmóvil. Crucifixia miró sonriendo enloquecida el cadáver de Ana que aún se sacudía ocasionalmente.

Bastante efectivo, pensó, pero esperaría los efectos posteriores, el esclavista Thuranio le había advertido que las desdichadas que perecían bajo aquel método volverían a la vida para ser sus esclavas perfectas y dóciles.

Guardó el cadáver durante la espera, violándolo ocasionalmente, hasta que comenzó a dar claras muestras de putrefacción, entonces llegó el momento de deshacerse del fardo defenestrándolo sin más ceremonia al foso que rodeaba el castillo Cultellus, muchas de sus efímeras y forzadas amantes terminaban con sus huesos en el fondo de aquella marisma pútrida, negra y de pestilente hedor.

Y ahí termino Ana Estía, nadie vio su cuerpo caer defenestrado desde la alta torre cual cometa necrótico hasta las profundidades del foso, tampoco nadie escuchó el horrido chapoteo cuando al fin, cual sirena de pesadilla se zambulló en aquel lago de corrupción.

Crucifixia ajustó la dosis y procedió a envenenar la sangre de su próxima víctima; Luz Templaria, esta tardó aún más en morir, altísimas fiebres casi le derritieron el cerebro dentro del cráneo a la vez que divagaba en delirios de muerte e insania.

La Baronesa Cultellus pasó la noche con la última de sus tres conejillos de indias mientras aguardaba el deceso total e inevitable de Luz Templaria, esa noche, Crucifixia roncaba desnuda y ebria de vino y violencia sobre el golpeado y desmayado cuerpo de María Dragontea, la última de sus esclavas, así que no escucho el ominoso sonido de la marisma al ser revuelta por unas manos de pesadilla en agónica lucha.

Al día siguiente, domingo, Crucifixia encerró a María en una mazmorra mientras esta aún estaba desmayada a causa de los golpes de la velada anterior, y dejó a Luz delirando encadenada al lecho de muerte mientras ella, arreglada y cargada de velos vestales y luctuosos, tomaba su carruaje e iba como siempre a escuchar Messe Réquiem en el pueblo.

El oficio se retrasó casi una hora durante la cual pudo convivir con su musa, la dulce Ifigenia, además de enterarse de algo que le heló la sangre, al parecer la noche anterior se habían escuchado chillidos horrorosos que salían de cierta casa a media legua del castillo Cultellus, una familia de tala montes había sido descubierta aquella mañana asesinada de un modo salvaje y enigmático.

Escuchó con toda la frialdad que pudo, los detalles del macabro hallazgo; dos hombres, padre e hijo respectivamente, habían sido hallados muertos a cincuenta pasos de la humilde morada, los cadáveres habían sido mutilados con rabia animal, parcialmente devorados, algunos aldeanos culparon a los lobos que merodeaban el bosque de Cuatro Cruces.

Pero otros detalles inquietantes invitaban a especulaciones fantásticas y terroríficas. Crucifixia tembló al pensar en Ana Estía.

~ IV ~

Crucifixia Cultellus cenaba tranquilamente en el más elegante de sus aposentos, sus albas, largas y cuidadas manos manejaban con habilidad natural los cubiertos, la porcelana resonaba con los cortes que daba a su jugoso filete, tenía la mirada fija en un punto de ningún lado, una arpista interpretaba sujeta a su instrumento con cadenas y grilletes de oro puro y resplandeciente, cirios mortuorios y fragantes racimos de lirios llenaban la estancia, sutil penumbra de satinados velos y mantos con estandartes y pasajes bíblicos. 

La Baronesa bebió un trago de fragante vino lomariano de un cáliz de oro que había robado por puro placer de la Chapelle. 

Sus ojos fijos resplandecían, a la luz de las ligeras brasas de inciensos, distribuidos en el recinto, una doncella vestida de largo traje en negro y blanco de unos doce años apareció con una charola con el segundo plato, faisán shemita con azafrán del desierto.

Crucifixia se limpió la comisura de los labios con una fina servilleta donde, bordado con hilo de oro brillaban sus iniciales. 

Mostraba la misma frialdad que cuando escuchó los detalles de muerte de la familia tala montes. 

"Dos hombres, padre e hijo respectivamente habían sido hallados muertos a cincuenta pasos de la humilde morada, marcas pequeñas de dientes negaban la hipótesis del lobo, aunque las mandíbulas si podían desgarrar piel y musculo con presión salvaje. 

Por cierto que madre y nuera aparecieron en la casa, algunas partes desperdigadas en una de las recamaras y otras más desperdigadas en el patio y, finalmente, otras partes no fueron encontradas. 

Crucifixia paladeó un trozo de faisán y lo degusto con placer imaginando lo que el horror caníbal habría hecho con los trozos faltantes. 

Además, los lobos se llevaban todo el cadáver, no solo trozos, sino los cuerpos completos.

Esbozó una sonrisa infernal mientras su mirada demente se centraba en aquello que imaginaba era la cosa que se paseaba en la obscuridad. 

Limpió sus labios luego de que terminase de beber la copa de vino, vertió un poco mientras miraba desapasionadamente el pastel vienes helado que le servían en una copita. 

Lo comió en silencio pensando en su aventura nocturna. 

Las noticias de la bestia de Cuatro Cruces se expandieron, a medida que el cielo se oscurecía, el horror había aumentado a una quincena de víctimas, tres desaparecidos y una mancha de caos que aumentaba con el paso de las horas, era como si, en lugar de satisfacerse con tanta carnicería, este reguero de sangre solo la incitara más.
Mientras Crucifixia cenaba y urdía horrores, seis monjes obscuros, devotos al dios obscuro Ísdelis, el benévolo dios de la melancolía, guardianes de los conocimientos siniestros, seis hombres santos que estudiaban y traducían los textos más arcanos y prohibidos sin arredrarse o dejarse arrastrar por el abismo, seis fieles guerreros que bajo sus hábitos monacales portaban negras armaduras de escamas entretejidas, que portaban sablones, misericordias, y dagas, que conocían el arte de torturar herejes y demonios de los más perversos y siniestros pozos se congregaban en un Templo lejano. 

Una vela de cebo chisporroteaba mientras el Fratellum Valeria, superior de la orden leía ante los viandantes el oráculo de los Maleficios, escrito hacia la primera Crucifixión, un libro considerado el más negro y terrible. 

El resto de los hermanos inclinaba las cabezas encapuchadas en los viejos hábitos polvosos y negros sobre un mendrugo de pan desecho en una incipiente sopa de cebollín y alubia sembrada por los mismos Fratellum en la humilde parcela, unos vasos de madera contenían un tercio de vino de uva con agua, para su cena. 

Oraban y meditaban en silencio escuchando el suave murmullo que era la voz aterciopelada del prior, este, hablaba con suavidad y serenidad rezando los ensalmos perversos y demencialmente heréticos que contenía aquel volumen execrable y condenado. 

Terminó y los restantes Fratellum respondieron al unísono el "Grattes Dei, Amen". 

Cenaron en silencio, el versículo había rezado acerca de los símbolos de la llegada del siervo de él que no debió ser liberado, un mensajero de las tiniebla primigenia que existía ya cuando Ísdelis, dios del bajo mundo confronto al que mora en las alturas. 

Luz y sombra temblaban ante el nombre del siniestro, la luz y el día tienen orden y razón, tiempo y espacio, pero el innominado no poseía mas ley que la del caos, la lógica de la pesadilla y el orden de exterminio absoluto, era el caos devorándolo todo solo por placer, capricho o locura. 

Y los símbolos se habían confabulado en señales de muerte y caos, y ahora, uno de los siniestros engendros de Tindalos se arrastraba en los bosques de Cuatro Cruces, cerca de Cultellus. 

Y era el deber de los hermanos detener al enviado del abismo... El mundo tenebroso abría sus fauces y amenazaban devorarlos a todos, al lado de sus platos viejos descansaba una larga misericordia puntiaguda cuya empuñadora era un Crucifixiis de bronce bendito y antiguo, era la daga de la Aceptación, los seis usarían su habilidad guerrera y su fe en la sabia tiniebla guiadora para vencer a la pestilencia que se arrastraba por la obscuridad, comían en silencio, decididos, preparándose para vencer o morir por su fe, sabían que el Engendro de Tindalos era la punta del hilo de Ariadna que los llevaría hasta el mismo Minotauro, el que conjuró al sonriente ángel obscuro de Tindalos que andaba devorándolo todo. 

Oraban en su alma para que Ísdelis los acompañase en su viaje por el abismo y que uno de ellos, aunque fuese uno, poseyera la voluntad, fortaleza y fe para acabar al conjurador brujería que podría, de no ser detenido, llevar al mismo Dies Irae al mundo entero.

~ V ~

Crucifixia pensaba, refugiada en la oscuridad de su cámara en las huellas de lucha, en los arañazos en las ventanas, en los rastros sangrientos en la puerta, algunos muebles de la choza de los tala montes yacían rotos y volcados por todo el lugar.

Y el rojo metálico de la sangre coagulada violándolo todo obscenamente.

Una bestia, brutal y poderosa como para asesinar a dos fornidos leñadores y destripar, repartiendo por todas partes a las mujeres de éstos sin más armas que uñas y dientes.

Un monstruo antropófago, de gran apetito y ciego de rabia idiota andaba por la comarca de Cuatro Cruces. Demonios dementes y horridas fieras pestilentes estaban dejando huellas de su presencia maldita.

La campana de la Chapelle de Cultellus llamaba a difuntos, el broncíneo repiqueteo metálico cimbraba las calles de Cuatro Cruces cuál titánico llamado fúnebre.

Crucifixia, extasiada y muda de asombro, escuchó los cuchicheos bajos y morbosos que ilustraban, piadosa y ominosamente qué trozo faltaba a cuál cuerpo, cuál de las mujeres habría sido más canibalizada de la otra, o cuál de los hombres tenía el rostro más desencajado por el terror y agonía.

¿Sería posible que la afable, dulce y callada Ana Estía pudiera haber sufrido tanto su experiencia en los infiernos que habría cambiado tanto?

Ya no era la mujerzuela tonta que habría comprado por unas monedas, era una apocalíptica sacerdotisa del abismo, deforme y hambrienta, feligrés de lo tenebroso.

Asesina necrófaga.

Recordó que entre los salvajes que habitaban lejos, en lo agreste del bosque profundo hablaban de una maldición, el tacto de un demonio que volvía un ser antropófago a cualquiera que tocase, un horror para el cuál, aquellos misteriosos nómadas morenos de pelo hirsuto, largo y negro como el ala de cuervo lo llamaban de muchos modos.

Pero la Baronesa Cultellus sabía quién era aquella bestia, era el Diablo, y ahora volvía a caminar en los bosques, Crucifixia lo había soltado dentro del cuerpo vejado y roto de una muerta que habría sido abandonado en un mefítico miasma de putrefacción acompañada de docenas de cuerpos corruptos.

Ana Estigia...

La Messe dio inicio, allí, delante de los fieles devotos de la Iglesia de la Hermandad Milenarista se encontraban cuatro improvisados y resinosos ataúdes. Pobres y mal armados.

La Baronesa de Cultellus pensó que no encajaban en absoluto con lo demás, el opulento y brillante oro y el albo y puro marfil del altare no encajaban en lo más mínimo. La caoba barnizada de las bancas miraban con indiferencia aquellos despojos murmurando con sus acojinados reclinatorios satinados y mullidos, tal como los feligreses mirarían a los ocupantes de aquellos sarcófagos primitivos, humildes y de madera incierta, con morbo, lástima, incomodidad o indiferencia... Todos los mirarían así, Excepto Crucifixia.

La noble se estremeció al notar que no podía quitar la vista de los ataúdes, tuvo una erección dolorosamente agradable al imaginar los destrozados y pútridos cadáveres desintegrándose en su interior.

Crucifixia se preguntó por la integridad de su vasallaje, conocía a las grandes familias nobles de su feudo y hasta de los alrededores, sabía también que los siervos y campesinos no eran afectos a los tala montes que saqueaban sus tierras y cazaban sus presas, pero si no detenía aquello que andaba suelto por Cuatro Cruces pronto habría preguntas, y lo que más temía Crucifixia, investigaciones.

De las dos ramas del Milenarismos, la de mayor poder era la de los Dolias Hymenaios, la que oficiaba, la que amasaba fortunas y resguardaba al estado feudal, la que daba y quitaba nobleza, la rama de los Inquirentes, caballeros monjes que castigaban las herejías con la muerte y la execrable tortura.

La otra rama era la que rendía culto al tenebroso y semi pagano ísdelis, el siniestro opositor de Dolia, el resplandeciente.

Éstos fieles sucios y desarrapados eran poco más que mendigos anacoretas medio locos que se dedicaban más a la profecía que a la evangelización y de los cuales se contaba que podían emular los milagros de los Dolia.

Sólo que ellos, los discipulos de Ísdelis solían llamar aquellos Milagros como Maleficios.

De ellos, Crucifixia pensaba que podía liberarse sino a corto, sí a mediano plazo de éstos eremitas pordioseros que habitaban en cuevas. Torció el labio, Dios sabía que aquellos monjes apenas se habían mantenido apenas por encima de los salvajes de mares lejanos que le rezaban a piedras encendiéndoles incienso en urnas emplumadas.

Podía acusarlos de algo, incluso de esto, pero debía irse con tiento. Aunque no sería fácil, Crucifixia sabía que los Dolia dejaban que los discípulos de Ísdelis practicaran sus brujerías y que incluso predicasen su herejías, no lo entendía, solo había podido saber que ambas ramas debían existir, era un equilibrio irrompible, así como Dolia no acabo con Ísdelis, solo lo exilio al abismal golfo del infierno.

Sacudió sus pensamientos de los monjes, el cántico la había hecho divagar de más, necesitaba saber.

Crucifixia sabía que debía ingeniárselas para averiguar si Ana, pestilente y poseída por demonios caníbales, había regresado de la corrupta fosa común.

Crucifixia salio a la noche de la villa obscura, se deslizó por varios callejones hasta llegar a una buhardilla escalonada secreta que había habilitado para los siniestros menesteres que solía emprender en ocasiones.

~ VI ~

La noche dejó caer su monto de niebla y sombras en Cuatro Cruces, Crucifixia, vestida como vagabunda harapienta se mezclaba en las tinieblas brumosas del cementerio donde las víctimas destrozadas por la revenida reposaban al fin.

Avanzaba soltando acompasados jadeos ya que recién había fumado una mezcla estimulante de hierbas mientras aguardaba la media noche.

La lóbrega soledad del Pantheón desierto brillaba bajo la luz de la luna llena mientras, entre los árboles del bosque cercano aullaban con lamentos de presagio. La baronesa escuchaba con ansiedad y emoción la canción del viento en los árboles, y, a lo lejos, un ruido más incierto. Un rumor ajeno a la voz del viento.

Al poco, un tenebroso lloriqueo que provenía del viejo camino que conducía a lo alto de una montaña seguido por un pesado arrastrar de pies, Crucifixia se ocultó tras una lápida en una encrucijada en los asimétricos cuadros de las tumbas. Oculta así, contempló al ser bajo la luz de la luna plateada y llena.

De la obscura blasfemia con ojos amarillentos y refulgentes brotaba un murmullo bajo y ominoso, un incesante mascullar de voces huecas, roncas y cavernosas, guturalmente ajena al timbre humano y tan parecida al gruñido de una fiera o al batir de alas de cientos de moscardones.

El murmullo de los demonios bullendo bajo la piel del poseído.

Los ojos del ente eran dos mínimos pero resplandecientes tizones amarillentos surcados por fosfóricos arabescos rojo sangre en la improbable cabeza. Un hedor a cadáveres hizo estremecer las fosas nasales de Crucifixia con placer, negra pez escurría de aquél espanto semi descarnado hasta el barro del camino.

Crucifixia sonreía sardónicamente, sus ojos despedían un brillo inhumano mientras de sus labios contraídos y los blancos dientes brotaba un cristalino hilillo de saliva escurriéndole por la barbilla, el cuerpo tenso y listo para el ataque, un temblor sacudiéndole las manos húmedas de sudor adrenalizado, más, al tocar las empuñaduras de madera de los pistolettes que había portado al cinto, se tornaron recias y seguras, como si fuesen una especie de milagrosa reliquia contra demonios.

Con mano ahora firme, Crucifixia miró los brillantes tizones resplandecientes en las cuencas del ser.

Algo ocurrió entonces, los pensamientos de Crucifixia y los del ente se volvieron uno, convergiendo en una negra corriente aqueróntica y letal.

Aquello no era Ana, en absoluto, era una entidad vieja y tan inhumana como los bosques inmemoriales que vigilaban Cuatro Cruces desde antes de la colonización e incluso aún antes de la llegada de los salvajes nativos que le rendían pleitesía a deidades paganas y antiguas también.

Quizás era una deidad aqueróntica y arcana de aquellas la que habría poseído a la infortunada mártir.

Una sola visión bastó para mostrarle el horrible ritual de Resurrección Verdadera.

Un Erial maldito por el tacto de un Dios Pagano.

Apuntó al extraño ser tambaleante y soltó dos detonaciones seguidas que alcanzaron la cabeza del ente, ésta se destrozó al impacto, la criatura entonces se desplomó convulsionando espantosamente sobre el barro.

Un hedor aún más terrible impregnó la noche, del torso sin cabeza brotaba, como de corrupto manantial una asquerosidad negra con coágulos purpúreos que Crucifixia supuso que le serviría de sangre.

Algunos minutos después, otras dos detonaciones atronaron fustigando la noche.

Crucifixia, babeante se internó en el bosque inmemorial, decidida a buscar las espirales pétreas arrastrando de los pies flácidos a Ana, ahora muerta definitivamente.

Su mente ardía con ensoñaciones extrañas nacidas por la creciente intoxicación a causa de la pestilencia purpúrea que Ana supuraba por el cuello.

Nadie sabe a decir verdad qué ocurrió aquella noche, bajo las estrellas, en lo más profundo del bosque milenario.


Solo se sabe que llegó hasta una solitaria casita, a la luz de un candelabro, Crucifixia, enloquecida por una extrema hambre animal de carne humana, sedienta de sangre y violencia, la Baronesa se introdujo de una patada abriendo violentamente la puerta. Al poco, unos berridos horripilantes comenzaron a salir de la choza junto con un crujir de huesos y muebles que evidenciaba el frenesí alimenticio que tenía lugar ahí.

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