Libro Tres - El Claustro de los Susurros del Viento en los árboles

~ I ~
Los sueños de la
Baronesa Cultellus se tornaron más salvajes e incomprensibles. En ellos,
Crucifixia corría por bosques densos y sombríos de oscuro verdor.
Se adentraba por veredas
tortuosas y estrechas para salir en amplios senderos de rocas, grava y arenilla
en las que sus pies sacaban crujidos de aquél suelo tan extraño.
Su carrera iba
acompañada de lejanos e hipnóticos tam-tams de ominosa profundidad y ancestral
lejanía.
Crucifixia contempló su
destino. La cima en forma de mesa de una montaña en lo profundo del bosque.
Y en la cima, la
Baronesa de Cultellus fue instruida en los ritos siniestros de adoración al sin
nombre.
Crucifixia solo recordaba
unas pocas frases y, más en concreto, un título: El Vagabundo de los Vientos.
Crucifixia hizo
construir entonces varios conventos e internados en las cercanías a la montaña
en cuya ciima estaba el Círculo de Invocación, así, se aseguraba de tener
adoratrices potenciales para el antiquísimo culto que se estaba despertando y
que gritaría por atención llegado el momento.
Mientras tanto, siguió
perfeccionando sus métodos para crear Bokkores, para esto, hizo alzar un
Castello de invierno en lo más profundo del bosque.
Varias decenas de chicas
y efebos perecieron en los meses siguientes a la aventura nocturna de
Crucifixia sin que nadie sospechase nada ya que siempre tenía el cuidado de que
sus conejillos fuesen comprados discretamente al Thuranio esclavista, que por
aquellos días había visto los mejores días en su negocio.
La Baronesa escuchó
sonriendo aquella historia.
Resultó, por aquél
entonces, que el corazón de la Iglesia había tenido un fuerte conflicto con
otra religión de oriente. Habíase enviado Guerreros Santificados a esa tierra
de infieles y, con éste telón de fondo, un joven mozuelo había ido de pueblo en
pueblo, de provincia en provincia, predicando que un grupo de guerreros nunca
conquistaría la Tierra Sagrada, que sólo los corazones puros de niños lograrían
el milagro de reconquistar la joya del desierto.
Y era un pillo tan
hábil, un beato bribón con tal fluidez de palabras y chapucera habilidad para
embaucar al incauto que consiguió enrolar un ejército numeroso de niños y
adolescentes entre campesinos, comerciantes, cocineros y pajes con el cuál, se
decidió a embarcar rumbo a oriente.
Mal acabó la supuesta
cruzada, un par de tunantes embaucó al bribón comprometiéndose a llevarlos a
oriente a cambio de dispensiones celestiales varias.
Gran sorpresa se llevó
el paladín y su comitiva al ser cargados de cadenas, atados y azotados para ser
después vendidos con diferentes fines.
Crucifixia asistió, a
partir de entonces, a los oficios sin más fervor haciendo donativos a la causa,
después de todo, de aquel mesías autoproclamados, ciego y confiado era de donde
saldrían sus mejores especímenes para sus ejercicios venéreos y culinarios.
Abrió escuelas y
orfanatos, escuelas de canto gregoriano y hermoseó los atrios de templos,
cementerios, parques e incluso sus propiedades de lúgubres representaciones de
ángeles y santos en hieráticas poses de agonía, dolor o suplicio.
Crucifixia cuidaba que
los artesanos pusieran especial énfasis en las estatuas, cuadros y relieves de
mártires.
"El Martirio es el
precio de la Salvación". Rezaría un grabado en la Chapelle Des Martyrs que
se convirtió en la más asidua ya que ahí, el coro de las Vestales de Crucifixia
interpretaba los Hymenaios religiosos con tal belleza y pulcritud que parecía
que ángeles mismos interpretaban los sagrados cánticos seculares.
Así, la Baronesa
Cultellus se ganó la admiración de todo Cuatro Cruces e incluso atrajo buenas
miradas de parte de los altos Patris Ecclessia que, por sus donativos a la
Iglesia le cedió un galardón sagrado; la Cruz de los Corazones Puros así como
un títulus; el de Inquirente Mayor de Cuatro Cruces.
La insignia cruciforme
de oro resplandecía bajo las ropas de la Baronesa, a su poder le aunaban otro
más, ahora no sólo podía asistir a autos de fe de herejes y ejecuciones
sumarias a criminales, a locos o endemoniados, sino que ahora podía incluso
firmarlas.
Las cosas jamás habían
pintado tan buenos colores en el horizonte de Crucifixia.
~ II ~
Crucifixia caminaba con
un cirio funeral a través del tenebroso laberinto del Criptorium de Cultellus,
tras meses de experimentar la fórmula comenzaba a obtener buenos frutos, al fin
poseía la medida justa para crear desde Abominaciones recién fugadas del
infierno hasta esclavas sumisas y devotas; ahora, antes de alcanzar el premio
por el cuál se había lanzado en aquél culto antiguo, se le antojaba un
interludio, Ifigenia le pertenecería en unos días más. Además, necesitaba
ordenar sus ideas.
Dos meses antes había
salido con la ocurrencia de ceder un gran territorio entre el círculo de
piedras y su Castello de buena fe para que los ejecutados, suicidas, locos,
parias y vagabundos desterrados así como meretrices y mujeres moralmente
deshonradas fuesen sepultados lejos del suelo sagrado de las Chapelles,
Pantheones y de las buenas conciencias, y qué mejor lugar que el bosque negro y
pagano para aquello, ya de antaño, Crucifixia había sabido de gente que habíase
retirado a las soledades verdosas del bosque para matarse o dejarse morir.
Muchos sabían aquello
mas no lo comprendían, Crucifixia sí comprendía.
Los suicidas respondían
a la triste voz del Vagabundo llamándolos desde lejos...
También hubo casos en
los que algunas familias abandonaban a sus miembros más ancianos o más jóvenes
en las entrañas del coloso de verde y negro en tiempos de hambruna y sequía.
Aquello sí le resultó
intrigante, ¿Dejar una pieza de tamaño natural para los depredadores en vez de
aprovecharla? La Baronesa supuso que ante aquella sociedad de antaño, el
canibalismo sería aún más ímprobo, incluso aunque fuese para salvar la vida.
Era preferible morir.
Incluso el suicidio era aceptado, más el canibalismo jamás.
La Baronesa también
supuso que, alguno que otro jefe de familia despidiera por la mañana a su
anciano padre que se inmolaría en el bosque a fin de no ser más carga, volviera
por la tarde con varios kilos de carne y solo.
Sí, podía haber mil y un
prohibiciones pero siempre habría alguien que las transgrediría.
La única ley inviolada
es la que aún no existe...
Y para aquél fin de
semana, Crucifixia ansiaba dar una fiesta en honor a la Primma Donna venida del
vecino ducado de Montesombra, la hermosa Festivalia Walpuria había dedicado un
aria conmovedora y sensual durante Tinieblas a la Baronesa en la noche de San
Jorge y la Baronesa deseaba obsequiarla con aquél derrame de lujo y opulencia.
Sobra decir que ambos
temas, el del terreno y el de su soirée se entrelazaban.
Los ejecutados,
suicidas, parias, desposeídos y excomulgados eran enviados a Cultellus, donde
Crucifixia, ahora Primera Condenatríz del Reino de las Cuatro Cruces, execraba
los despojos de los infelices, y gracias a un permiso expresado por el
Archiduque de Vilend consiguió además, una licencia eclesiástica para condenar,
abjurar y exorcizar los cadáveres que juzgase sospechosos de vampirismo,
reanimación o posesión, Sobra decir que Crucifixia, feliz de aquello, solía
oficiar obscuras ceremonias amparada por la licencia.
Despotricaba salvajes
sermones blasfemos y feroces y fanáticas cantaletas a quien asistiera al Rito
de Execración impuesto por ella. La voz de su desconocido daemonium guía la
hacía oficiar aquella bizarra ceremonia los domingos a medianoche.
Tras dicho auto de fe,
la Baronesa enviaba a los cadáveres profanos a las catacumbas donde un grupo de
Zekkes dóciles y hábiles despojaban al cadáver de toda carne aprovechable, la
adobaban con pimienta, sal y demás especias para enviarla directo a las cocinas
de Cultellus donde, lo que antes fuese un ser humano era transmutado a toda
clase de manjares exóticos y exquisitos, mientras los huesos, blancos y pelones
(algunos hasta roídos por las impetuosas Zekkes) eran enterradas en el suelo
maldito del cementerio de la colina.
Aunque algunos cadáveres
más eran conservados, abiertos en canal para su posterior control de calidad, la
hábil Baronesa era una carnicera experta, tras una breve examinada, las
carneaba en varios cortes para cocinar las mejores partes y servirlas a los
exigentes invitados en algunos de los tantos estilos que conocía, sobra decir
que la respuesta de éstos eran solo halagos y parabienes por tal manjar de
dioses.
Y para aquél día,
tenía una fiesta importante, Crucifixia debía lucirse.
Además de Festivalia, su
anhelada Ifigenia también aparecería en la escena de aquél magnificente teatro
para hipócritas, así que había mucho también por hacer.
Varios cocineros de toda
la región fueron convocados, ahora, asistidos por pálidas y silenciosas pinches
de cocinas mientras cocinaban los sospechosos trozos de carne en delicados y
deliciosos platillos tanto regionales como extranjeros para alimentar a los
cortesanos de Crucifixia, a sus damas de honor, amantes secretas y de silencio
pagado, representantes de otros reinos y los altos y supremos clérigos de
Cuatro Cruces.
~ III ~
En la penumbra de la
negra mazmorra dentro de la cual había seis ataúdes baratos, pequeños y mal
armados, dentro, las osamentas de varios ejecutados que aguardaban su traslado
hacia la sucia morada eterna del cementerio profano.
~ Huesos, ésta carne no
será para las alimañas sepulcrales sino las seculares.
A los lados de la pétrea
entrada a las mazmorras había dos huecos inquietantes, estrechos y con rocas
filosas en su circunferencia exterior y base, ambos cerrados con barrotes
gruesos de hierro oxidado por entre los que se asomaban largos y semidescarnadas
falanges suplicantes.
De las entrañas de aquél
pozo brotaban sollozos desesperados y ahogados; histéricas risitas enfermas y
roncas; rezos sofocados y enrevesados; suplicas entrecortadas y sibilantes;
oraciones proferidas por Almas Torturadas.
Siniestras rezanderas de
ultratumba, obscuras y medio enloquecidas prisioneras en aquella claustrofóbica
galería de horrores.
~ ¡Cállense ya! ~ chilló
agudamente la Baronesa.
~ ¡Las privaste de su
carne y vida! ~ sollozó una de las prisioneras. ~¡Déjanos rezar por ellas!
~ Son ajusticiadas... ~ bufó Crucifixia. ~ ¡Yo
misma las condené!
~ ¡¡No eres nadie para
condenarlas!!
Crucifixia se acercó al
pozo-jaula rechinando los dientes, fúrica, encendió una tea que estaba sobre el
pozo y rebuscó entre sus ropajes. Al poco sacó una caja pequeña y una llave de
bronce, en la caja llevaba sus más queridos accesorios de belleza, unas fauces
postizas y afiladas que le servían en sus momentos más frenéticos de rabia.
Todos los colmillos de la dentadura postiza eran de fieras terribles, salvajes
y carnívoras.
Se las colocó y con la
llave abrió la reja que sellaba el pozo y, con mano poderosa, Crucifixia tomó
de los cabellos a la prisionera y la sacó con rabia de aquél encierro, la
infeliz tenía quebradas todas las articulaciones y mostraba una palidez que
contaba historias de largos encierros.
~ ¡¿Ves esto,
insensata?! ~ espetó la Baronesa mostrándole a su cautiva una cruz enjoyada y
estilizada con relieves primorosos y un brillo hipnótico. ~ ¡Es la Cruz de los Corazones
Puros! ¡Esto dice que soy la Portavoz de Dios! ¡Así que si digo que a esas
paganas meretrices están siendo violadas por demonios con atizadores al rojo
vivo en las pozas infernales puedes tener seguro que así es!
Crucifixia estaba
lívida, abrió las fauces llenas de colmillos y se lanzó contra la desvalida
prisionera, los salvajes gruñidos y gritos de furia de la enloquecida Baronesa
atronaron en la noche mientras devoraba a su desvalida víctima. Los berridos
desquiciados y escalofriantes de la chica retumbaron por los corredores de las
mazmorras de Cultellus.
Durante infinitos y
agónicos minutos, el sonido de la carne al ser desgarrada de los huesos, el
grotesco rascar de uñas, las suplicas, los gritos y sollozos, así como los
sonidos de carroña, regurgitaciones y eructos obscenos de la Baronesa fueron la
sinfonía de réquiem de la prisionera.
Al final, la enloquecida
Crucifixia, satisfecha y bañados de sangre salía de aquél lóbrego corredor.
Caminó en la penumbra de aquél profano lugar de muerte hasta llegar a una de
sus crípticas salas favorita. El triángulo rojo, un sitio diseñado para su
blasfemo y morboso placer y entretenimiento, tres Zekkes bestializados y
encadenados tiraban de sus bridas, luciendo dentelladas que Crucifixia les
habría procurado.
Crucifixia solía usar
fauces armadas con colmillos de varios tipos de especies animales salvajes,
armada de ellas comenzaba a entregarse a excesos donde mezclaba el oscuro
placer de la violación y el del canibalismo en sus más recientes Ars Noires.
~ IV ~
Varias Zekkes se
concentraban resguardando la entrada a la cueva de provisiones, Crucifixia era
especialmente delicada con estas cuestiones.
Examinó las canales
colgadas de ganchos, había carne de sobra para su soirée nocturna; Crucifixia
podía jactarse de que sus reuniones epicúreas eran verdaderos festines
dionisíacos, regios licores y delicados vinos regaban los platillos, tanto
típicos de la región de Cuatro Cruces, los exóticos platos orientales con sus
místicas especias hasta los más novedosos y revolucionarios estilos de la buona
e novelle cuisine diseñados en la urbanidad de la Citté. Todos preparados y
sazonados con salsas exquisitas para deleitar a los cerdos epicúreos.
Examinó las canales y
las halló magnas, listas para ser preparadas por las Zekkes asignadas como
cocineras.
La Baronesa ya podía
escuchar las alabanzas de los Fratellum Milenaristas convidados, sus
condestables y alcaldes la ensalzarían por haber cedido el terreno de su
Pantheon para el descanso de locos, suicidas, vagos, rateros, prostitutas,
enemigos de estado, brujos, vampiros y demás procesados por hechicerías y
prácticas paganas.
~ Hice de los indeseables seres útiles a la
sociedad... - chilló enloquecida y desencajada estallando en una incontenible
risa demente y brujeríl.
En algunas marmitas
sebosas y ennegrecidas por el hollín Crucifixia hervía las carnes de los
desdichados ejecutados para ablandarlas y facilitar su separación del hueso,
varios cuerpos más colgaban cabeza abajo de ganchos y cadenas rajados en canal.
Rejuvenecida y pagada de
sí, Crucifixia salió al camino oculto hacia Cultellus, el sendero estaba en
tinieblas, pero la Baronesa avanzaba con pie seguro entre los árboles y
arbustos, sobre guijarros, marismas y troncos empantanados. Aquél aire vaporoso
comenzó a marearla, las estrellas brillaban mirándola fríamente desde la
lejanía, la miraban desde la obscuridad infinita.
Se congratuló
consigo misma mientras mentalmente detallaba los últimos estilizados arabescos
rojos en su elegante fiesta caníbal.
~ V ~
Los carruajes elegantes
y hermosamente estilizados iban siendo acomodados ordenadamente en el patio del
Castello de la Baronesa Crucifixia Cultellus, Primma Condenatrix y mecenas de
la Iglesia Milenarista. En dichos carruajes resplandecían áureos y plateados
escudos señoriales de ilustre renombre. Concejales de las villas, príncipes
vecinos, jueces de la Citté, voivodas del bajo oriente, nobles del norte,
clérigos, obispos y superioras de la orden de Dolia y, por supuesto, los coros
citaristas de la escuela de canto sacro que Crucifixia había levantado a golpes
de su oro, la crema y nata del imperio. Desde el poderoso Condestable
Autrée-Millé hasta la reputada cabeza de la familia más influyente del feudo;
Adelaide Motrésors. Toda la nobleza se había personado en aquél cotillón.
La Baronesa Crucifixia
Cultellus no cabía de felicidad, como había esperado e imaginado, todos
alababan su selección del menú de aquella noche y, con buena curiosidad, la
inquirían acerca de la exótica, dulce y delicada carne y el porqué de tan
inigualable sabor, sonriendo, Crucifixia les prometía enviarles cortes selectos
de aquella carne a las propiedades de los curiosos, ya que ella la obtenía de
habilidosos aunque arruinados matarifes a los que Crucifixia solía apoyar ocasionalmente
con propinas generosas, merced de las cuales, siempre tenía carne de calidad de
sobra.
Y entonces, el Abad de
Flammewelt, un gordo gorrón, gran bebedor de vino y caníbal ignaro, le comentó
que algunas personitas estaban interesadas en conocerla y que, ardían en deseos
de entrar a sus servicios. Decía aquello mientras el piadoso y enrojecido cura
masticaba un trozo de muslo a la plancha con salsa de tomatillo verde.
~ Dudo que alguno de mis
ilustres convidados "ardan" en deseos por entrar a mi servicio, ya
que, pese a que me agrada ejercitar la piedad y justicia, mi severidad e
intolerancia hacia las tonterías me vuelven exigente con los detalles más
mínimos y sencillos.
~ Verá... - dijo el cura
dando un trago a su áurea copa de vino. ~ Mi querida Baronesa, han dejado dos
chiquillos, un doncel y una ninfeta para ser exacto, ambos a mi cuidado.
Nuestros orfanatos están llenos y no podemos albergarlos, además, son ya lo
suficientemente mayorcitos para servirle en alguna labor que usted les imponga.
Quince años, se enteró, gemelos, un
ganímenes y una venus a su disposición, Crucifixia tuvo que hacer un movimiento
breve para acomodar sus ropajes a modo de ocultar su equína erección. Una cruel
sonrisa jugueteó en los elegantes y bien delineados labios, sus preciosos ojos
emitieron un brillo satánico, giróse entonces hacia el gordo y balbuceante abad
para dirigirse a él:
~ ¿Vienen con usted? - cuestionó la
Baronesa.
~ No. - dijo rechupando el hueso. ~ No estaba seguro de que fuese a
aceptarlos, pero están en la parroquia de la villa.
Crucifixia se frotó la barbilla
reflexionando mentalmente, tras un instante de deliberar, la Baronesa Cultellus
envió un negro, veloz y elegante carruaje hacia la capilla de Flammewelt.
Durante el baile, Crucifixia aguardó hasta
llegar al carruaje, la luna brillaba alta cuando Crucifixia se encaminó con un
vacío en el estómago y los labios secos hacia sus aposentos. Durante toda la
velada, Crucifixia bebió varias copas, aunque con discretos tragos de vino
tinto debido a lo cual estaba ebria.
El fresco y burbujeante sabor maderoso
enardeció su desbocada y salvaje imaginación, sus pasiones desbocadas exigían
liberarse.
La Baronesa bufaba recorriendo el pasillo,
loa dioses quisieron que una de sus doncellas, aún vivas y sustraídas de una
villa lejana, se topara con ella.
~ Maldita mocosa estúpida... - jadeó
Crucifixia clavándole los dedos en el antebrazo. - ¡Ah, pagana, te enseñaré la
piedad del Señor...!
Y la azotó sobre un a mesita de adorno a
la chica, ésta pujó al sentir escapársele el aire del pecho.
Más de pronto, la ansiosa Baronesa le
levantaba los largos faldones a la doncella levantándose a su vez su vestido
cubriendo con él las espaldas trémulas y las sonrosadas nalgas de su esclava, y
sin mediar palabra, Crucifixia la empaló con su daga de lujuria, de tres
potentes arremetidas hubo deslizado su larga y endurecida lanza de lujuria
dentro de la temblorosa esclava aferrándola con dominio de las caderas.
Crucifixia gruñía a cada golpe de caderas,
una mueca de ferocidad le descomponía el rostro, parecía más que estrangulaba a
la chica en vez de poseerla.
~ ¡Por favor! - suplicó la doncella.
Crucifixia la aferró con más dominio
enfilando a su presa con dureza, cada caderazo le arrancaba quejidos trémulos a
la chica. Quejidos que eran silenciados por los gruñidos de Crucifixia.
~ VI ~
La lúgubre
estancia saturada de adornos sacros de estilo sombrío estaba iluminada por los
mortecinos rayos de un tímido sol recién nacido.
En el
magnánimo lecho de la Baronesa Crucifixia Cultellus, la desquiciada dirigente
de Cuatro Cruces yace dormida abrazando el cadáver de una de sus últimas e
infortunadas víctimas, el cuadro sería paradójico, ya que Crucifixia abrazaba
aquél cuerpo golpeado, amoratado, con varios huesos rotos, con el rostro desfigurado
de ojos cerrados a fuerza de puñetazos, dientes rotos y mandíbula dislocada, de
lacerados pechos mordidos y moreteados por el ímpetu salvaje in crecendo de la
Baronesa.
Ambas
figuras, víctima y verdugo yacen abrazadas, la una, en un Rigor Mortiis sobrevenido
durante la lucha en pleno frenesí sexual.
La otra, en
una actitud más bien similar a la del león que dormita sobre el cadáver de la
presa recién cazada para mostrar su señorío absoluto sobre aquellas infelices,
aún después de muertas.
Una palpitante
erección ostentaba la hermafrodita
Baronesa que, sonriente y frotando sus pechos turgentes contra el cadáver
serpenteaba su cuerpo dormido con lascivia.
Sólo las
infernales musas de Asmodeux podrían explicar los horribles y eróticos ensueños
que insuflaban en la ya de por sí libertina mente de Crucifixia para que
sonriera de tal modo.
Abrió los
ojos con suavidad mirando a su affair pasada a su lado, pálida, muda y
silenciosa ensanchando más su sonrisa, se levantó desperezándose mostrando su
belleza ultraterrena y mortal ante la palidez del sol naciente, se puso una
bata de seda de oriente negra con arabescos en rojo antes de sacudir su larga y
sedosa melena negra.
Se abrochó
la bata mientras escuchaba a lo lejos las campanas de la iglesia, la Messe Matutina
clamaba la presencia de todos los fieles devotos, y la Baronesa Cultellus erala
más devota de todas las buenas almas del feudo de Cuatro Cruces.
Tras
estirarse, la Baronesa lanzó una última mirada al desnudo cadáver que reposaba
en su cama para luego suspirar, ahora de hastío.
Media hora
antes de que el negro carruaje con el escudo Cultellus saliera hacia la
Chapells des Martyrs, una silueta se precipitó, ahora por un tubo previamente
preparado, pero nadie podría decir en concreto qué era, ya que lo más
aprovechable serviría para el banquete después de la Messe.
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