domingo, 2 de agosto de 2015

Libro Tres - El Claustro de los Susurros del Viento en los árboles

Libro Tres - El Claustro de los Susurros del Viento en los árboles


~ I ~

Los sueños de la Baronesa Cultellus se tornaron más salvajes e incomprensibles. En ellos, Crucifixia corría por bosques densos y sombríos de oscuro verdor.

Se adentraba por veredas tortuosas y estrechas para salir en amplios senderos de rocas, grava y arenilla en las que sus pies sacaban crujidos de aquél suelo tan extraño.

Su carrera iba acompañada de lejanos e hipnóticos tam-tams de ominosa profundidad y ancestral lejanía.

Crucifixia contempló su destino. La cima en forma de mesa de una montaña en lo profundo del bosque.

Y en la cima, la Baronesa de Cultellus fue instruida en los ritos siniestros de adoración al sin nombre.

Crucifixia solo recordaba unas pocas frases y, más en concreto, un título: El Vagabundo de los Vientos.

Crucifixia hizo construir entonces varios conventos e internados en las cercanías a la montaña en cuya ciima estaba el Círculo de Invocación, así, se aseguraba de tener adoratrices potenciales para el antiquísimo culto que se estaba despertando y que gritaría por atención llegado el momento.

Mientras tanto, siguió perfeccionando sus métodos para crear Bokkores, para esto, hizo alzar un Castello de invierno en lo más profundo del bosque.

Varias decenas de chicas y efebos perecieron en los meses siguientes a la aventura nocturna de Crucifixia sin que nadie sospechase nada ya que siempre tenía el cuidado de que sus conejillos fuesen comprados discretamente al Thuranio esclavista, que por aquellos días había visto los mejores días en su negocio.

La Baronesa escuchó sonriendo aquella historia.

Resultó, por aquél entonces, que el corazón de la Iglesia había tenido un fuerte conflicto con otra religión de oriente. Habíase enviado Guerreros Santificados a esa tierra de infieles y, con éste telón de fondo, un joven mozuelo había ido de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, predicando que un grupo de guerreros nunca conquistaría la Tierra Sagrada, que sólo los corazones puros de niños lograrían el milagro de reconquistar la joya del desierto.

Y era un pillo tan hábil, un beato bribón con tal fluidez de palabras y chapucera habilidad para embaucar al incauto que consiguió enrolar un ejército numeroso de niños y adolescentes entre campesinos, comerciantes, cocineros y pajes con el cuál, se decidió a embarcar rumbo a oriente.

Mal acabó la supuesta cruzada, un par de tunantes embaucó al bribón comprometiéndose a llevarlos a oriente a cambio de dispensiones celestiales varias.

Gran sorpresa se llevó el paladín y su comitiva al ser cargados de cadenas, atados y azotados para ser después vendidos con diferentes fines.

Crucifixia asistió, a partir de entonces, a los oficios sin más fervor haciendo donativos a la causa, después de todo, de aquel mesías autoproclamados, ciego y confiado era de donde saldrían sus mejores especímenes para sus ejercicios venéreos y culinarios.

Abrió escuelas y orfanatos, escuelas de canto gregoriano y hermoseó los atrios de templos, cementerios, parques e incluso sus propiedades de lúgubres representaciones de ángeles y santos en hieráticas poses de agonía, dolor o suplicio.

Crucifixia cuidaba que los artesanos pusieran especial énfasis en las estatuas, cuadros y relieves de mártires.

"El Martirio es el precio de la Salvación". Rezaría un grabado en la Chapelle Des Martyrs que se convirtió en la más asidua ya que ahí, el coro de las Vestales de Crucifixia interpretaba los Hymenaios religiosos con tal belleza y pulcritud que parecía que ángeles mismos interpretaban los sagrados cánticos seculares.

Así, la Baronesa Cultellus se ganó la admiración de todo Cuatro Cruces e incluso atrajo buenas miradas de parte de los altos Patris Ecclessia que, por sus donativos a la Iglesia le cedió un galardón sagrado; la Cruz de los Corazones Puros así como un títulus; el de Inquirente Mayor de Cuatro Cruces.

La insignia cruciforme de oro resplandecía bajo las ropas de la Baronesa, a su poder le aunaban otro más, ahora no sólo podía asistir a autos de fe de herejes y ejecuciones sumarias a criminales, a locos o endemoniados, sino que ahora podía incluso firmarlas.

Las cosas jamás habían pintado tan buenos colores en el horizonte de Crucifixia.

~ II ~

Crucifixia caminaba con un cirio funeral a través del tenebroso laberinto del Criptorium de Cultellus, tras meses de experimentar la fórmula comenzaba a obtener buenos frutos, al fin poseía la medida justa para crear desde Abominaciones recién fugadas del infierno hasta esclavas sumisas y devotas; ahora, antes de alcanzar el premio por el cuál se había lanzado en aquél culto antiguo, se le antojaba un interludio, Ifigenia le pertenecería en unos días más. Además, necesitaba ordenar sus ideas.

Dos meses antes había salido con la ocurrencia de ceder un gran territorio entre el círculo de piedras y su Castello de buena fe para que los ejecutados, suicidas, locos, parias y vagabundos desterrados así como meretrices y mujeres moralmente deshonradas fuesen sepultados lejos del suelo sagrado de las Chapelles, Pantheones y de las buenas conciencias, y qué mejor lugar que el bosque negro y pagano para aquello, ya de antaño, Crucifixia había sabido de gente que habíase retirado a las soledades verdosas del bosque para matarse o dejarse morir.

Muchos sabían aquello mas no lo comprendían, Crucifixia sí comprendía.
Los suicidas respondían a la triste voz del Vagabundo llamándolos desde lejos...
También hubo casos en los que algunas familias abandonaban a sus miembros más ancianos o más jóvenes en las entrañas del coloso de verde y negro en tiempos de hambruna y sequía.

Aquello sí le resultó intrigante, ¿Dejar una pieza de tamaño natural para los depredadores en vez de aprovecharla? La Baronesa supuso que ante aquella sociedad de antaño, el canibalismo sería aún más ímprobo, incluso aunque fuese para salvar la vida.

Era preferible morir. Incluso el suicidio era aceptado, más el canibalismo jamás.

La Baronesa también supuso que, alguno que otro jefe de familia despidiera por la mañana a su anciano padre que se inmolaría en el bosque a fin de no ser más carga, volviera por la tarde con varios kilos de carne y solo.

Sí, podía haber mil y un prohibiciones pero siempre habría alguien que las transgrediría.

La única ley inviolada es la que aún no existe...

Y para aquél fin de semana, Crucifixia ansiaba dar una fiesta en honor a la Primma Donna venida del vecino ducado de Montesombra, la hermosa Festivalia Walpuria había dedicado un aria conmovedora y sensual durante Tinieblas a la Baronesa en la noche de San Jorge y la Baronesa deseaba obsequiarla con aquél derrame de lujo y opulencia.

Sobra decir que ambos temas, el del terreno y el de su soirée se entrelazaban.

Los ejecutados, suicidas, parias, desposeídos y excomulgados eran enviados a Cultellus, donde Crucifixia, ahora Primera Condenatríz del Reino de las Cuatro Cruces, execraba los despojos de los infelices, y gracias a un permiso expresado por el Archiduque de Vilend consiguió además, una licencia eclesiástica para condenar, abjurar y exorcizar los cadáveres que juzgase sospechosos de vampirismo, reanimación o posesión, Sobra decir que Crucifixia, feliz de aquello, solía oficiar obscuras ceremonias amparada por la licencia.

Despotricaba salvajes sermones blasfemos y feroces y fanáticas cantaletas a quien asistiera al Rito de Execración impuesto por ella. La voz de su desconocido daemonium guía la hacía oficiar aquella bizarra ceremonia los domingos a medianoche.

Tras dicho auto de fe, la Baronesa enviaba a los cadáveres profanos a las catacumbas donde un grupo de Zekkes dóciles y hábiles despojaban al cadáver de toda carne aprovechable, la adobaban con pimienta, sal y demás especias para enviarla directo a las cocinas de Cultellus donde, lo que antes fuese un ser humano era transmutado a toda clase de manjares exóticos y exquisitos, mientras los huesos, blancos y pelones (algunos hasta roídos por las impetuosas Zekkes) eran enterradas en el suelo maldito del cementerio de la colina.

Aunque algunos cadáveres más eran conservados, abiertos en canal para su posterior control de calidad, la hábil Baronesa era una carnicera experta, tras una breve examinada, las carneaba en varios cortes para cocinar las mejores partes y servirlas a los exigentes invitados en algunos de los tantos estilos que conocía, sobra decir que la respuesta de éstos eran solo halagos y parabienes por tal manjar de dioses.

Y para aquél día,  tenía una fiesta importante, Crucifixia debía lucirse.

Además de Festivalia, su anhelada Ifigenia también aparecería en la escena de aquél magnificente teatro para hipócritas, así que había mucho también por hacer.

Varios cocineros de toda la región fueron convocados, ahora, asistidos por pálidas y silenciosas pinches de cocinas mientras cocinaban los sospechosos trozos de carne en delicados y deliciosos platillos tanto regionales como extranjeros para alimentar a los cortesanos de Crucifixia, a sus damas de honor, amantes secretas y de silencio pagado, representantes de otros reinos y los altos y supremos clérigos de Cuatro Cruces.

~ III ~

En la penumbra de la negra mazmorra dentro de la cual había seis ataúdes baratos, pequeños y mal armados, dentro, las osamentas de varios ejecutados que aguardaban su traslado hacia la sucia morada eterna del cementerio profano.

~ Huesos, ésta carne no será para las alimañas sepulcrales sino las seculares.

A los lados de la pétrea entrada a las mazmorras había dos huecos inquietantes, estrechos y con rocas filosas en su circunferencia exterior y base, ambos cerrados con barrotes gruesos de hierro oxidado por entre los que se asomaban largos y semidescarnadas falanges suplicantes.

De las entrañas de aquél pozo brotaban sollozos desesperados y ahogados; histéricas risitas enfermas y roncas; rezos sofocados y enrevesados; suplicas entrecortadas y sibilantes; oraciones proferidas por Almas Torturadas.

Siniestras rezanderas de ultratumba, obscuras y medio enloquecidas prisioneras en aquella claustrofóbica galería de horrores.

~ ¡Cállense ya! ~ chilló agudamente la Baronesa.

~ ¡Las privaste de su carne y vida! ~ sollozó una de las prisioneras. ~¡Déjanos rezar por ellas!

~  Son ajusticiadas... ~ bufó Crucifixia. ~ ¡Yo misma las condené!

~ ¡¡No eres nadie para condenarlas!!

Crucifixia se acercó al pozo-jaula rechinando los dientes, fúrica, encendió una tea que estaba sobre el pozo y rebuscó entre sus ropajes. Al poco sacó una caja pequeña y una llave de bronce, en la caja llevaba sus más queridos accesorios de belleza, unas fauces postizas y afiladas que le servían en sus momentos más frenéticos de rabia. Todos los colmillos de la dentadura postiza eran de fieras terribles, salvajes y carnívoras.

Se las colocó y con la llave abrió la reja que sellaba el pozo y, con mano poderosa, Crucifixia tomó de los cabellos a la prisionera y la sacó con rabia de aquél encierro, la infeliz tenía quebradas todas las articulaciones y mostraba una palidez que contaba historias de largos encierros.

~ ¡¿Ves esto, insensata?! ~ espetó la Baronesa mostrándole a su cautiva una cruz enjoyada y estilizada con relieves primorosos y un brillo hipnótico. ~ ¡Es la Cruz de los Corazones Puros! ¡Esto dice que soy la Portavoz de Dios! ¡Así que si digo que a esas paganas meretrices están siendo violadas por demonios con atizadores al rojo vivo en las pozas infernales puedes tener seguro que así es!

Crucifixia estaba lívida, abrió las fauces llenas de colmillos y se lanzó contra la desvalida prisionera, los salvajes gruñidos y gritos de furia de la enloquecida Baronesa atronaron en la noche mientras devoraba a su desvalida víctima. Los berridos desquiciados y escalofriantes de la chica retumbaron por los corredores de las mazmorras de Cultellus.

Durante infinitos y agónicos minutos, el sonido de la carne al ser desgarrada de los huesos, el grotesco rascar de uñas, las suplicas, los gritos y sollozos, así como los sonidos de carroña, regurgitaciones y eructos obscenos de la Baronesa fueron la sinfonía de réquiem de la prisionera.

Al final, la enloquecida Crucifixia, satisfecha y bañados de sangre salía de aquél lóbrego corredor. Caminó en la penumbra de aquél profano lugar de muerte hasta llegar a una de sus crípticas salas favorita. El triángulo rojo, un sitio diseñado para su blasfemo y morboso placer y entretenimiento, tres Zekkes bestializados y encadenados tiraban de sus bridas, luciendo dentelladas que Crucifixia les habría procurado.

Crucifixia solía usar fauces armadas con colmillos de varios tipos de especies animales salvajes, armada de ellas comenzaba a entregarse a excesos donde mezclaba el oscuro placer de la violación y el del canibalismo en sus más recientes Ars Noires.

~ IV ~

Varias Zekkes se concentraban resguardando la entrada a la cueva de provisiones, Crucifixia era especialmente delicada con estas cuestiones.

Examinó las canales colgadas de ganchos, había carne de sobra para su soirée nocturna; Crucifixia podía jactarse de que sus reuniones epicúreas eran verdaderos festines dionisíacos, regios licores y delicados vinos regaban los platillos, tanto típicos de la región de Cuatro Cruces, los exóticos platos orientales con sus místicas especias hasta los más novedosos y revolucionarios estilos de la buona e novelle cuisine diseñados en la urbanidad de la Citté. Todos preparados y sazonados con salsas exquisitas para deleitar a los cerdos epicúreos.

Examinó las canales y las halló magnas, listas para ser preparadas por las Zekkes asignadas como cocineras.

La Baronesa ya podía escuchar las alabanzas de los Fratellum Milenaristas convidados, sus condestables y alcaldes la ensalzarían por haber cedido el terreno de su Pantheon para el descanso de locos, suicidas, vagos, rateros, prostitutas, enemigos de estado, brujos, vampiros y demás procesados por hechicerías y prácticas paganas.

~  Hice de los indeseables seres útiles a la sociedad... - chilló enloquecida y desencajada estallando en una incontenible risa demente y brujeríl.

En algunas marmitas sebosas y ennegrecidas por el hollín Crucifixia hervía las carnes de los desdichados ejecutados para ablandarlas y facilitar su separación del hueso, varios cuerpos más colgaban cabeza abajo de ganchos y cadenas rajados en canal.

Rejuvenecida y pagada de sí, Crucifixia salió al camino oculto hacia Cultellus, el sendero estaba en tinieblas, pero la Baronesa avanzaba con pie seguro entre los árboles y arbustos, sobre guijarros, marismas y troncos empantanados. Aquél aire vaporoso comenzó a marearla, las estrellas brillaban mirándola fríamente desde la lejanía, la miraban desde la obscuridad infinita.

Se congratuló  consigo misma mientras mentalmente detallaba los últimos estilizados arabescos rojos en su elegante fiesta caníbal.

~ V ~

Los carruajes elegantes y hermosamente estilizados iban siendo acomodados ordenadamente en el patio del Castello de la Baronesa Crucifixia Cultellus, Primma Condenatrix y mecenas de la Iglesia Milenarista. En dichos carruajes resplandecían áureos y plateados escudos señoriales de ilustre renombre. Concejales de las villas, príncipes vecinos, jueces de la Citté, voivodas del bajo oriente, nobles del norte, clérigos, obispos y superioras de la orden de Dolia y, por supuesto, los coros citaristas de la escuela de canto sacro que Crucifixia había levantado a golpes de su oro, la crema y nata del imperio. Desde el poderoso Condestable Autrée-Millé hasta la reputada cabeza de la familia más influyente del feudo; Adelaide Motrésors. Toda la nobleza se había personado en aquél cotillón.

La Baronesa Crucifixia Cultellus no cabía de felicidad, como había esperado e imaginado, todos alababan su selección del menú de aquella noche y, con buena curiosidad, la inquirían acerca de la exótica, dulce y delicada carne y el porqué de tan inigualable sabor, sonriendo, Crucifixia les prometía enviarles cortes selectos de aquella carne a las propiedades de los curiosos, ya que ella la obtenía de habilidosos aunque arruinados matarifes a los que Crucifixia solía apoyar ocasionalmente con propinas generosas, merced de las cuales, siempre tenía carne de calidad de sobra.

Y entonces, el Abad de Flammewelt, un gordo gorrón, gran bebedor de vino y caníbal ignaro, le comentó que algunas personitas estaban interesadas en conocerla y que, ardían en deseos de entrar a sus servicios. Decía aquello mientras el piadoso y enrojecido cura masticaba un trozo de muslo a la plancha con salsa de tomatillo verde.

~ Dudo que alguno de mis ilustres convidados "ardan" en deseos por entrar a mi servicio, ya que, pese a que me agrada ejercitar la piedad y justicia, mi severidad e intolerancia hacia las tonterías me vuelven exigente con los detalles más mínimos y sencillos.

~ Verá... - dijo el cura dando un trago a su áurea copa de vino. ~ Mi querida Baronesa, han dejado dos chiquillos, un doncel y una ninfeta para ser exacto, ambos a mi cuidado. Nuestros orfanatos están llenos y no podemos albergarlos, además, son ya lo suficientemente mayorcitos para servirle en alguna labor que usted les imponga.

Quince años, se enteró, gemelos, un ganímenes y una venus a su disposición, Crucifixia tuvo que hacer un movimiento breve para acomodar sus ropajes a modo de ocultar su equína erección. Una cruel sonrisa jugueteó en los elegantes y bien delineados labios, sus preciosos ojos emitieron un brillo satánico, giróse entonces hacia el gordo y balbuceante abad para dirigirse a él:
~ ¿Vienen con usted? - cuestionó la Baronesa.
~ No. - dijo rechupando el hueso. ~ No estaba seguro de que fuese a aceptarlos, pero están en la parroquia de la villa.
Crucifixia se frotó la barbilla reflexionando mentalmente, tras un instante de deliberar, la Baronesa Cultellus envió un negro, veloz y elegante carruaje hacia la capilla de Flammewelt.
Durante el baile, Crucifixia aguardó hasta llegar al carruaje, la luna brillaba alta cuando Crucifixia se encaminó con un vacío en el estómago y los labios secos hacia sus aposentos. Durante toda la velada, Crucifixia bebió varias copas, aunque con discretos tragos de vino tinto debido a lo cual estaba ebria.
El fresco y burbujeante sabor maderoso enardeció su desbocada y salvaje imaginación, sus pasiones desbocadas exigían liberarse.
La Baronesa bufaba recorriendo el pasillo, loa dioses quisieron que una de sus doncellas, aún vivas y sustraídas de una villa lejana, se topara con ella.
~ Maldita mocosa estúpida... - jadeó Crucifixia clavándole los dedos en el antebrazo. - ¡Ah, pagana, te enseñaré la piedad del Señor...!
Y la azotó sobre un a mesita de adorno a la chica, ésta pujó al sentir escapársele el aire del pecho.
Más de pronto, la ansiosa Baronesa le levantaba los largos faldones a la doncella levantándose a su vez su vestido cubriendo con él las espaldas trémulas y las sonrosadas nalgas de su esclava, y sin mediar palabra, Crucifixia la empaló con su daga de lujuria, de tres potentes arremetidas hubo deslizado su larga y endurecida lanza de lujuria dentro de la temblorosa esclava aferrándola con dominio de las caderas.
Crucifixia gruñía a cada golpe de caderas, una mueca de ferocidad le descomponía el rostro, parecía más que estrangulaba a la chica en vez de poseerla.
~ ¡Por favor! - suplicó la doncella.
Crucifixia la aferró con más dominio enfilando a su presa con dureza, cada caderazo le arrancaba quejidos trémulos a la chica. Quejidos que eran silenciados por los gruñidos de Crucifixia.

~ VI ~

La lúgubre estancia saturada de adornos sacros de estilo sombrío estaba iluminada por los mortecinos rayos de un tímido sol recién nacido.
En el magnánimo lecho de la Baronesa Crucifixia Cultellus, la desquiciada dirigente de Cuatro Cruces yace dormida abrazando el cadáver de una de sus últimas e infortunadas víctimas, el cuadro sería paradójico, ya que Crucifixia abrazaba aquél cuerpo golpeado, amoratado, con varios huesos rotos, con el rostro desfigurado de ojos cerrados a fuerza de puñetazos, dientes rotos y mandíbula dislocada, de lacerados pechos mordidos y moreteados por el ímpetu salvaje in crecendo de la Baronesa.
Ambas figuras, víctima y verdugo yacen abrazadas, la una, en un Rigor Mortiis sobrevenido durante la lucha en pleno frenesí sexual.
La otra, en una actitud más bien similar a la del león que dormita sobre el cadáver de la presa recién cazada para mostrar su señorío absoluto sobre aquellas infelices, aún después de muertas.
Una palpitante erección  ostentaba la hermafrodita Baronesa que, sonriente y frotando sus pechos turgentes contra el cadáver serpenteaba su cuerpo dormido con lascivia.
Sólo las infernales musas de Asmodeux podrían explicar los horribles y eróticos ensueños que insuflaban en la ya de por sí libertina mente de Crucifixia para que sonriera de tal modo.
Abrió los ojos con suavidad mirando a su affair pasada a su lado, pálida, muda y silenciosa ensanchando más su sonrisa, se levantó desperezándose mostrando su belleza ultraterrena y mortal ante la palidez del sol naciente, se puso una bata de seda de oriente negra con arabescos en rojo antes de sacudir su larga y sedosa melena negra.
Se abrochó la bata mientras escuchaba a lo lejos las campanas de la iglesia, la Messe Matutina clamaba la presencia de todos los fieles devotos, y la Baronesa Cultellus erala más devota de todas las buenas almas del feudo de Cuatro Cruces.
Tras estirarse, la Baronesa lanzó una última mirada al desnudo cadáver que reposaba en su cama para luego suspirar, ahora de hastío.

Media hora antes de que el negro carruaje con el escudo Cultellus saliera hacia la Chapells des Martyrs, una silueta se precipitó, ahora por un tubo previamente preparado, pero nadie podría decir en concreto qué era, ya que lo más aprovechable serviría para el banquete después de la Messe.

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