Peregrinajes,
Conversiones y Profecías de Santa Crucifixia Cultellus

Et
occurrent daemonia onocentauris et pilosus clamabit alter ad alterum ibi
cubavit lamia et invenit sibi requiem.
Wild
animals will roam there, and demons will call to each other. The night monster
will come there looking for a place to rest
Las
fieras del desierto se encontrarán con las hienas,
el
macho cabrío llamará a los de su especie a gritos;
Sí,
el monstruo nocturno se establecerá allí,
Y
encontrará para sí lugar de reposo.
Allí
habitará el fantasma que espanta de noche,
Y
encontrará sitio para descansar.
Isaías
34:14
Libro
Primero - Un Mundo de Tinieblas
~
I ~
La Baronesa Santa
Crucifixia Cultellus, Primma Condenatrix ed Inquiriente Mayor del Feudo de
Cuatro Cruces repasaba el grimoire terrible que le contaba del Rito
Pestilentia.
Crucifixia notaba que
algunos de sus vasallos comenzaban a murmurar acerca de ella cuestionando
algunas de sus conductas, en especial el condenar casi semanalmente a algún infeliz
para execrarlo después en la Chapelle des Martyrs.
No importaba que
hubiera abierto una academia para la Formación de Damas de una estricta disciplina
en la que, cómo no, sólo entraban muy pocas aspirantes de las tantas que
ansiaban enclaustrarse en aquellos burdeles sacramentados. Porque Crucifixia
siempre exigía de las alumnas su ferviente entrega total a la Baronesa que
dispensaba bien su silencio al respecto.
Incluso había, en
secreto, oficiado un sacrílego ritual donde, investida del poder secular que le
cedía la Cruz de los Corazones Puros, había ordenado Prioras, Mátricis y Sorors
a dos docenas de meretríces, brujas y envenenadoras de su serrallo personal
para que fungieran como maestras y sacerdotisas guías de las chicas internas.
Venenos, hechizos,
mentiras, lascivia y astucia eran las herramientas secretas, artes oscuras y
profanas escudadas en el atractivo rostro tallado como respetable recinto
avalado por la Iglesia Milenarista Dolia Hymenaios.
Crucifixia disfrutaba enormemente
aquella victoria secreta.
Ella, sierva de Nodens
había plantado una bandera negra en el pleno rostro santificado del feudo. Y
nadie sospechaba nada, nadie que importase, si Crucifixia sabía de algún infeliz
pordiosero predicando, lo mandaba prender y después ejecutar, aunque aquello
iba suscitando, si no sospechas sí inquietud.
Además estaba el caso
de las moscas Isdélicas que la acechaban.
Crucifixia había
hablado con Nodens y éste le había aconsejado partir de Cuatro Cruces, esto,
como todo lo que hacía Crucifixia tendría un doble propósito, se avecinaba una
hambruna como nunca se había visto, y debía prevenirse con alimento para ésta
horrible temporada. Y otra, poner distancia entre sus perseguidores y
prepararse para aplastarlos.
Ni tarda ni perezosa,
la Baronesa había decidido su plan de acción, saldría hacia el Porto di Neronis
en unos días, aunque había optado por hacerle creer al vasallaje que había
partido del feudo.
Así pues, secretamente
mandó varias misivas a sus allegados más importantes y corruptos para avisarles
de su decisión de ir por provisiones a costas lejanas por la hambruna que se
avecinaba, aunque era obvio que la cruel Crucifixia habría convertido a su causa
a varias ilustres jefas de familia que veían en ella la Perfecta Creación del
Dios y varios corruptos Condestables, Duques y Marqueses que se solazaban con
las huérfanas que los internados y monasterios bajo el mecenazgo de la
Cultellus recibían para ofrecerlas como siervas o prometidas. Crucifixia
comenzaba a apoderarse del feudo, por oro, por lujuria o por fe, la demente
Baronesa Cultellus tenía la moneda exacta para pagar cualquier conciencia.
Excepto las herejes
isdélicas, pero era ahora cuando la Primma Condenatrix iba a dejar caer toda la
furia del clero contra esos herejes paganos.
Y pronto, ocurriría el
milagro de unificar ambas ramas en una sola.
Después de todo, la
iluminación de las calles, avenidas y callejones de Cuatro Cruces eran
alimentados por los resinosos óleos de los muertos.
Crucifixia sonreía
entre el humo del interior de su carruaje, apoyaba el mentón abandonadamente en
el puño derecho, en la mano izquierda sostenía una humeante pipa llena de
hierba de masshú.
Se dirigía velozmente
al internado para quedarse unos días y preparar el barco que fletaría
dirigiendo desde las sombras los preparativos enviando a una Bokkor menos
corrupta a organizarlo, a ser su voz, suma y apariencia total.
Tendría que ser grande,
para acarrear las infames cargas que la Baronesa pensaba llevar a través del
Mare Interiorum, desde las tierras desoladas, selváticas y áridas del sur,
infestada de paganos de lengua desconocida y costumbres por mucho salvajes.
Y ahí era donde
pararía, buscaría llegar al reducto más lejano de civilización, la eterna
Hyerosolimá, donde el Princeps Patri de la Iglesia Milenarista Dolia dirigía
las bulas, ex votos, vulgattas y demás escritos sacros. Ahí, la Baronesa
mostraría credenciales, documentos y demás signales que la reconocerían, primero
como beata y después como santa.
Si sus credenciales no
bastaban, Crucifixia convertiría al Princeps Patri en un obediente Zekke al
cuál para así ordenarse, no atravesaría medio mundo por menos que eso.
Además, si lograba
perfeccionar el método de desplazamiento multi espacial alcanzaría una nueva
virtud sacramental, la bilocación.
Porque, pese a haberla
experimentado con modestos aunque positivos resultados, el desplazamiento
dimensional no era el método idóneo para arribar a la ciudad sagrada, no, además,
Crucifixia tenía que exhibir sus dotes milagrosos ante ojos crédulos
fanatizados más allá de la razón, quería que gritaran su nombre en éxtasis
religioso batiendo las manos estruendosamente como simios entrenados a cada
pase de manos, blasfemia o hechicería suya.
Y si lograba dominar el
arte de los ángulos, terrenos, tiempos y palabras correctas en el orden debido,
cierto era que lograría poder viajar en un parpadeo hacia cualquier parte de la
tierra, o incluso de las dimensiones, alcanzando incluso algunos paraísos
obscuros y extraños habitados por seres cuya presencia sería la locura de los
no iniciados, pero de una sapiencia ancestral tan vasta como el negro espacio
que los cobijaba.
Crucifixia sabía
también que con aquél arte podía alcanzar las dimensiones de Nodens en su
lúgubre plano existencial, claro que en los fanáticos tiempos de Crucifixia, de
represión clerical y oscurantismo, lo que la futura Santa llamaba Paraísos
sería a posterior llamado Planetas.
Sí, la fanática
hechicera estaba planteándose seriamente poder viajar no sólo de un punto a
otro en ésta tierra, sino además viajar más allá de ésta hasta los oscuros
planetas orbitantes en lejanos e impensables abismos ajenos a nuestra
existencia aún hoy.
Y el sitio escogido era
ni más ni menos que el Colegio de los Misterios Santa Thelma.
La blasfema escuela
donde meretrices, asesinas y hechiceras educaban a cientos de adolescentes en
sus execrables materias.
Crucifixia estaba ávida
también de aquél conocimiento, ya que con éste se podía alcanzar un nivel de
consciencia y vida que volvería a quien lo usase un ser casi inmortal.
La lozanía de su cuerpo
siempre sería la misma a lo largo de los siglos reinando como un milagro
viviente apoyada en la fe.
Aunque primeramente
debía anexar las dimensiones de Nodens con la suya, o mejor dicho, reactivar la
unión, ya que alguien antes había logrado el obscuro milagro de enlazar las
dimensiones en el pasado.
Un antepasado de
Crucifixia, una bruja ahorcada en la colona de Ulver.
La Baronesa sonrió,
sabía que nadie en su feudo quedaba vivo que recordase la infame historia del
culto a Domina Cultellus, la sibila de Cuatro Cruces.
~
II ~
En el Colegio Santa
Thelma de los Misterios tenían lugar varias pruebas duras para las chicas ahí
internadas.
Los séis días en el
infierno eran una ceremonia obscura, llena de simbolismos y extraños rituales,
ancestrales y profanos que se solía llevar a cabo en las criptas subterráneas
de dicho colegio que, antes habría fungido como cementerio y Leichenhaus para
los excomulgados y ejecutados.
Dicho rito consistía en
varias etapas extenuantes, agotadoras y a veces tan retorcidas que solían
descomponer las psiques de las alegres participantes que, ignorantes por
completo de los horrores a vivir, reían y se solazaban de ser de las pocas
escogidas, un puñado de adolescentes del mismo grado.
El orgullo acariciaba
las húmedas cavernas del ego de aquellas señoritas, hijas de sociedad que se
veían arrastradas a las profundidades abisales de la Chambre des Mortes, pues
bajo los parias ejecutados, locos, vampiros, ladrones y asesinos eran
celebradas estas bodas negras, sádicas y bizarras.
Todo comenzaba con
"La Selección"; de todos los grados y grupos de escuela media se
extraían a seis chicas, hijas del feudo por fuerza, salvo excepciones muy
extraordinarias eran aceptadas las de afuera de Cuatro Cruces, y esto aún con
bastantes recelos.
Ocurría también que una
madre elitista moviera cielo y tierra para que su preciosa heredera fuese
aceptada en las violentas, sangrientas y grotescas soirées infernales.
Una vez seleccionadas
las seis participantes se procedía al primer Rituale Infernorum.
Claro que aquellas
celebrantes aceptadas debían reunir no sólo una figura perfecta de piel
inmaculada, el color de ésta daba iguál, pero la tersura, vivacidad y correcta
pigmentación sí que contaban; medidas físicas perfectas; manos, brazos, torso,
cabeza, piernas, pies, caderas, cintura, senos, cuello y hombro.
Una beldad de rasgos y purezas
de mirada propias de la mismísima Mátrici Sancta así como inteligencia, modales
y conocimientos superiores a la media del internado.
Se aislaba entonces al
grupo, Cuatro Guardianas escoltaban y preparaban a cada Celebrante,
despojándola de sus prendas mundanas por separado ya que tenían que jurar el
Advoco Silentium, un juramento In Extremis con el que las participantes juraban
silencio forzándose a retraerse en sí mismas, luego eran purificadas con un
baño en tina de rosas, violetas, orquídeas, aceites y esencias especiales, tras
su purificación, sus cuerpos eran envueltos en albos sudarios y se les colocaba
una máscara de plata fina con la expresión de la Traggedia, las calzaban con
zapatillas cómodas tipo chinelas y las guiaban a la Torre della Fumma.
Ahí se decidía el orden
en el que se irían uniendo a las demás en la ceremonia final; una vez que las seis
Celebrantes estaban enmascaradas y amortajadas, semejantes a cadáveres
ridículamente disfrazados casi se olvidaba que eran jóvenes vivaces, alegres y
hermosas.
Y aunque las alumnas lo
ignorasen todo o casi todo de la tradición ominosa, no dejaban de tener la
sensación de que aquello tenía un significado profundo, obscuro y poderoso,
mucho más horrible por su ambigüedad y terrible por su enigmática mecánica.
Durante los días que
hiciesen falta, las seis Celebrantes, acompañadas siempre por dos Prioras se
dedicaban a una agenda curiosa y rigurosa.
De las siete de la
mañana a once del día se dedicaban al hilado. De once a tres debían escribir poemas
temáticos y romanzas así como salmodias y oremus. De tres a siete de la tarde
se debían redactar ponencias filosóficas relevantes de la historia mundial y
del imperio propio, de siete a once de la noche, informes de artistas y
movimientos artísticos a lo largo de la historia. De once a cinco se les permitía
dormir, en las sillas incómodas de madera debían ocupar durante aquellos días
de prueba, no pudiendo abandonar aquellos sitiales salvo para ir a los
lavatorios. Y de cinco a siete las Mátrici Prioras oficiaban el rito matutino
que las candidatas, siempre en silencio y evitando tener contacto visual entre
sí, debían atender con solemnidad. Debido al voto de silencio se les excusaba
del cántico matutino.
No comían ni bebían,
así, su agonía iba extendiéndose hasta que una tras otra iban desmayándose por
tan exigente trato, así, se decidía el orden en el que irían agregándose a los
oficios y ceremonias que se llevarían a cabo bajo las tumbas.
La primera en perder el
conocimiento era la última probable candidata exitosa. Tras terminar la prueba
de la Torre se les alimentaba excelsamente siempre con estricto balance para
que las Celebrantes conservaran la frescura de sus carnes y la lozanía de sus
rostros.
Seis Días en el
Infierno era sólo un decir, la verdad era que aquello podía alargarse varios
días, pero, los seis días primeros eran los que correspondían a la Sodales.
Una vez en el Locus
Sanctus se abría al Palacio de las Siete Puertas; una de ellas, era la puerta
de acceso al recinto, las otras seis se repartían a lo largo de aquél
subterráneo jardín de delicias impuras.
Un amplio salón de
setenta y cinco metros de radio, pues era circular, lindas jardineras con
planta de sombra rodeaban aquél sitio.
En las paredes
salitrosas crecía una variedad particularmente extraña de kozu.
Y las demás puertas,
todas de diferente estilo, color y grabadas con simbología arcana y obscura
rezaban los Títulus de sus ocupantes.
La primera Celebrante
admitida era Cáos, y bajo éste Títulus debía ser nombrada; ésta sería monitoreada
siempre por cuatro Grand Soeurs, es decir, Matricis ordenadas y debidamente
enmascaradas, revelar la identidad estaba totalmente prohibido, al final del
día, serían las Grand Soeurs quienes decidirían si seguía dentro del Palacio
perfeccionando sus "Virtudes" o si enfrentaba el juicio de las Siete
Señoras.
El uso de la máscara
plateada era obligatorio en todo momento en el patio, más en la intimidad de
sus Chambres podían hacer lo que les viniera en gana, pudiendo contar con la
asistencia de una doncella de compañía que podían, o bien llevar ellas (un
privilegio no del todo escaso entre las Celebrantes más pudientes) o se les
asignaba una, sobra decir que el Advoco Silentium de dicha Doncella de compañía
era obligatorio, jamás podrían dirigirse a su ama por palabras, antes bien,
debería cubrir todas las necesidades y caprichos de sus amas sean cuales fueran
éstos, además de portar cofias negras menores como las soror novicias (siendo
en su mayoría de éste grado entre la congregación de aquél Monasterio
escolástico) y la obligatoria máscara, siendo en su caso de bronce y no de
plata.
El segundo día
comenzaba con la entrada de
"Vacivum", vacío, el tercer día ingresaría la Celebrante
correspondiente a Obscuritatem, el cuarto Tristis, el quinto día entra Desperatio
y el sexto día, la ganadora del reto de la Torre del Hambre y por último la más
propicia a ganar el reto infernal, la representante Tentationem.
Resalto que las
Celebrantes no debían despojarse de su máscara en el Patio Común. Si las seis
Celebrantes llegasen a coincidir han de saber que pueden tener tratos entre sí,
pero jamás debían tener tratos (salvo carnales en caso de solicitarlos a la
respectiva ama) con las Doncellas ajenas, pues eran sordas y mudas para todas
excepto a la voz, órdenes y deseos de sus amas siendo éstas aliento y vida.
La eliminación ocurría
cuando las siete Magnas Mátrici votaban contra la Celebrante más débil y
vulnerable - susceptible, colérica, emotiva, infantil, ignorante, impropia,
insolente, irreverente, antiestética, etcétera... - Y el dictamen era
inapelable, aquellas que eran eliminadas no podían volver a participar en éste
sádico ritual de preparación, y todas tenían prohibido revelar cualquier asunto
a oídos profanos pagando la osadía con unas Vacaciones Invernales junto a la
magna señora, la santa demente que edificaría aquél burdel sacralizado.
Cáos y Vacivum
enloquecían encerradas mientras un negro carruaje con los blasones de Cultellus
en oro sobre ébano. Crucifixia había ido al Santa Telma a estudiar las
Singularidades Geométricas que le mostrarían la entrada a las regiones más
tétricas de los espacios desconocidos.
Y qué mejor que aquel
lupanar delicioso para comenzar a estudiar aquello, Crucifixia quería comprobar
aquellos rituales, ángulos, símbolos, alfabetos y palabras, la llave a la
Bilocación, si la demente Baronesa lograba dominar aquello, el Patri no tendría
argumentos para no beatificarla.
Y es que había
descubierto la fórmula mágica que transformaba a una enloquecida bestia,
lujuriosa, antropófaga y sádica en una Santa inmaculada, una fórmula simple,
pero efectiva.
Ignorancia mezclada con
fanatismo y credulidad paría falsos profetas a diario, eso lo sabía de cajón,
muchos abads, clérigos y fratellums lo sabían. Lo que muchos, casi todos
ignoraban era que un falso profeta sumado a la histeria colectiva daba a su vez
Milagros.
Y eso era lo que
Crucifixia necesitaba en esos instantes, histéria colectiva.
~ Omnia in duos; duo in
unum; unus in nihil haec nec quator nec omnia necduc nec unus. - saludó
Crucifixia a la Mátrici Priora, Minerva D'Gerault.
~ Benedicitte, Soror. -
respondió la superiora luciendo unos hábitos negros y largos que ocultaban su
cuerpo dejando a la vista sólo el rostro, albo y virginal.
~
III ~
La tirana de Cuatro
Cruces trazaba su viaje ominoso hacia Hyerosolimá, había fletado dos barcos de
carga armados con tres baterías de potentes cañones pagadas por la misma
Baronesa y la tripulación eran en au mayoría fieles devotos de Crucifixia, los
marineros que no eran devotos ni Zekkes de la Cultellus eran bien pagados por
sus servicios, además de eso, las tripulaciones constaban de un par de decenas
de marineros y artilleros; los dos barcos, la Hydra y la Gorgona serían
liderados por una goleta de mayor envergadura que éstas dos y era en la que
Crucifixia viajaría hacia las agrestes tierras paganas e infieles en un
peregrinaje sombrío y sangriento, qué mejor navío que la Lamia para llevarla a
las oscuras regiones bárbaras del sur.
Sus cálculos guiaban su
senda; del Porto di Neronis hacia el lejano cabo de Hurdenia, una colonia
portuaria en aquellas tierras selváticas, de ahí, Crucifixia seguiría las
caravanas de peregrinos y mercaderes por las colonias del Hellgabalium, de
Tiberania y Kalilania.
Era algo así como un
par de meses de viaje hasta ése punto, de ahí, un derrotero entre varios
monasterios y ermitas ubicadas en las cordilleras elevadas de las heladas
sendas que la llevarían hasta la alta y amurallada ciudad sagrada de
Hyerosolimá. A su regreso, Crucifixia esperaba poder dedicar un par de meses a
cazar a ésos paganos bárbaros de piel ébano y costumbres incomprensibles, tan
cercanos a las bestias y llevarlos al feudo para que su gente tuviera carne
para la escases venidera.
Si Nodens lo permitía,
Crucifixia ya sería santa cuando dirigiese aquellas expediciones de caza
humana.
Si, después de todo,
aquellos paganos de piel ébano, así como los morenos tenderos del desierto
estaban cerca del mundo animal más que del humano, además, si la carne no
alcanzaba, siempre podía echar mano de locos, reos y vagabundos. Sí, Crucifixia
sabía que en aquellos días obscuros había que echar mano de lo que hubiera, y
lo que más abundaba en tiempos de escases eran pordioseros, sobre todo si
sabían que, en éste caso, el feudo de Cuatro Cruces había comida abundante, esto
atraería gente desesperada, ladrones, prostitutas, pordioseros, desempleados y
sin hogar, aquello era mejor aún, Crucifixia sólo podía pensar en una cosa al
ver aquella oleada humana; Carne.
Por su parte, había
preparado toda una corte de Zekkes y Bokkores para que la resguardasen en su
peregrinación a la Santa Sede, Crucifixia sabía que el viaje no estaría exento
de dificultades y peligros.
Por ejemplo, cabía la
posibilidad de que los marineros decidiesen amotinarse como bien sabía que
solía ocurrir en las travesías lúgubres a través del Mare Interiorum.
Además, Crucifixia
había decidido ya, ninguno de los
vulgares marineros y galeotes sobreviviría a aquella Procession.
Después de todo, como
toda travesía hacia la Sacra et Sancta Terra era muy difícil. Otro obstáculo
serían las villas resguardadas por Marcas Inquirientes Ordo Cruce ad Templis,
Monjes Militares que cabalgaban vigilantes las sendas oscuras y paganas de
peregrinaje siempre atentos a ladrones, asesinos y enemigos de la fe
milenarista y probables demonios humanos tras la cabeza del Princeps Patri,
éstos además eran la fuerza superior en materia de exorcistas, Crucifixia sabía
que debía ser muy cuidadosa, éstos sujetos al parecer sabían algo de la secta
Isdélica (si es que no eran una ramificación infiltrada de ésta en el seno de
los Dolia), y no respondían ante nadie salvo su santidad directamente, si ésos
perros olían la sangre en sus manos la cosa podría terminar mal, pero
Crucifixia también sabía que era la elegida para instaurar un nuevo orden
obscuro para un mundo de tinieblas, sabía que nadie la podía detener, además,
si los Inquirientes de la Cruz eran de la orden isdélica mejor aún, podría
obtener algún esbozo de conocimiento útil contra sus acechadores.
Y claramente sembraría
aquellos prados, valles y territorios con muerte, sangre, cadáveres, peste y
tinieblas.
~ El mundo es ahora una
horca y el abismo está enteramente abierto a nuestros pies... - pensó la
Baronesa despachando algunas misivas con su sello a algunos nobles y otras sin
sellar para los encargados de los preparativos de los viajes que sus Zekkes
despacharían, Crucifixia casi nunca dejaba a sus siervos revividos encargarse,
no por ineptitud o algo semejante, sino por el aura terrorífica que emanaban,
sobre todo los ojos, si los ojos eran las ventanas al alma, aquellos tétricos y
negros cuencos revelaban su terrible estado.
La mirada de éstos
bastaba para ponerle el cabello de punta a cualquiera, pero no tenía opción, no
aún.
~ IV ~
La luna roja del cazador iluminaba salvajemente la noche selvática, a lo lejos, el débil resplandor del fuego de las teas de los cazadores ilumina los rastros desesperados de la presa.
Cientos habían desaparecido de las villas más aisladas de Hurdenia en un lapso de semana y media, e incluso alguna que otra aldea había ardido hasta las cenizas en alguna de aquellas noches de locura.
Nadie podía decir qué o quién era el responsable, nadie podía resguardarse, nadie podía vivir para contarlo.
Maluna Naransé, cazadora Hurdeniana de 25 veranos camina hacia la aldea de Fikeri, una conocida suya que solía comprarle las pieles de su caza diaria a buen precio, lleva en su hombro un carcaj ya mermado por el arduo esfuerzo, algun jabalí especialmente duro y algunos alces muy huidizos la habían hecho conformarse con una venada, siete conejos (éstos producto de las trampas que la morena hurdeniana había aprendido a colocar desde su tierna infancia) y nada más, la chica sabía que la piel de la venada podía remunerarle algunos escudos dobles de la colonia, en el puerto podría comprar con aquel oro acuñado burdamente aditamentos que no podía obtener por sus propios medios sin incurrir al robo.
A Maluna siempre le había parecido algo bastante desconcertante que los blancos viajeros del norte llegaran a sus tierras a imponer sus leyes con plena libertad de acción y que ahora se vieran sometidos a un sistema mercantil donde aquellos pedacitos metálicos de bisuteria valían comida, hogar, reposo.
Pero así era, aquello no era reciente, de hecho, Maluna sabía que sus ancestros habíanse esparcido libre y armoniosamente antaño por leyendas que sus padres les refirieran de recuerdos de los abuelos. Antes de que el último de sus chamanes fuera ahorcado en el atrio de la Ecclesia della Colonia Hurdeniana, varios años atrás. Ahora la situación era muy diferente.
La noche era cálida y en exceso húmeda, pero cuando la morena cazadora enfiló la senda que la llevaría entre algunas enramadas y marismas hasta la aldea.
Una aldea semi-nómada de mercantes y cazadores que iban de aquí allá entre la colonia de Hurdenia y Hellgabalium. El silencio recibió a la cazadora, las casas estaban solas y el viento aullaba sepulcralmente entre las ventanas de aquellas chozas aún tenuemente iluminadas. Una bruma verdosa fluctuaba bajo la rojiza luz de la luna, o éso creyó ver la chica con sus penetrantes ojos color hierba. Maluna se tensó, sentía el aire electrizado, como cuando algo está por desatarse, una tormenta, o una matanza.
- Una tormenta de sangre. - Pensó acomodandose las pieles en segundo término y sacando de entre éstas su arco y alistando el carcaj.
Una brisa caliente pasó silvando y barriendo el polvo de la callejuela de aquella aldea donde no se oía el menor sonido de vida humana a excepción de la morena hurdeniana.
Maluna, con cuidado, asomó la vista en varias casuchas y en el único local donde se vendían licores espumosos y bebidas espirituosas no había nadie, aunque una de ésas bebidas de Hellgabalium fermentada de cebada estaba aún servida y algunos vasos aun estaban a medio beber, como en espera de aquellos que lo dejaron, incluso en el fuego de aquella proto-hosteria se cocinaba un estofado de cordero ya muy consumido.
Supo ahí que algo no iba nada bien. Las armas de los cazadores estaban en su sitio, y no parecía haber mayor desorden que el de una salida un poco precipitada.
Aún así, Maluna estaba más nerviosa que un gato sobre un puente endeble en aquél pueblucho abandonado.
La morena caminó a mitad de la pequeña calle que ahora, en aquella desolación se le antojaba demasiado grande tratando de volver sobre sus pasos, volvería a Hurdenia y notificaría a la Gendarmerie Colonial de aquella sigular situación y de paso trataría de vender la cosecha del día.
Fikeri, la traficante de pieles y todos los mercaderes de Hellgabalium que habitaban séis meses aquella villa habían desaparecido por entero.
La joven maldijo su destino, esperaba poder vender aquella carga y quizá comer un poco de aquél guisado de cordero con especias del desierto que solían vender por cinco sables de cobre en aquella villa, descansar, beber un trago o dos y volver a su chakra. A Maluna, el solo imaginarse tendida en la hamaca que solía tender en dos cocoteros en el exterior de su choza fumandose un cigarro de ésa hierba que los norteños solían vender por cajitas le pareció demasiado irresistible. Después de todo, aquellos peregrinos simplemente podían haber tomado bartulos y partido hacia puertos mejores, aunque aquello sonaba más a excusa para abandonar. La chica era muchas cosas y si bien era cierto que Fikeri solía estafarle siempre el coste final de la caza , también era cierto que Maluna no le deseaba mal alguno a su gente o a ella, además, debido a su constante contacto con la traficante, Maluna había logrado granjearse algunas amistades entre aquellos mercaderes e incluso conocía a casi todos los habitantes, no era tampoco que fuesen muy numerosos.
Un abismo de tinieblas, eso era el feudo de Cuatro Cruces, los bosques circundantes, hervidero ya de por si de supersticiones y terrores nocturnos cobró por aquellos días una fama verdaderamente ominosa.
Muchos viajeros que se internaban en aquella espesa y neblinosa senda no eran vueltos a ver, si bien, la abjuración que la baronesa Crucifixia Cultellus había realizado antes de partir a Hyerosolimá había dado resultado y los seres hórridos que aparecían ocasionalmente en las aldeas circundantes habían cesado por completo, visto estaba que pocos fuereños estaban dispuestos a pasar la noche en Cuatro Cruces.
Domina Cultellus. Un nombre oscuro cuyo Halo siniestro aún embrujaba aquella desdichada Villa.
Soror Furcacia Honoré había arrastrado sus pasos hasta aquella maldita Villa siguiendo un rastro maldito de cadáveres poseídos, demonios necróticos balbuceantes que despotricaban blasfemias horripilantes. La Hermana Isdélica se preguntaba por la sanidad mental de los desdichados aldeanos Atados a aquella terrible tierra maldita y Hechizada.
Cuando la hermana Miró hacia la senda empedrada que llevaba a la entrada de Cuatro Cruces lo primero que notó fue el total silencio, ni aves ni bestias hacían el menor sonido, la naturaleza entera estaba muerta de miedo hasta de respirar siquiera.
La senda negra y envuelta en una densa bruma fría y pegajosa se le pegó a la parka, el ambiente viciado, como el de una tumba recién abierta era opresivo.
Furcacia aguzó el oído tratando de discernir algún ruido interrumpiendo aquel silencio claustrofóbico. Nada.
Pero sus fosas nasales si captaron un hedor fluctuante, apenas perceptible en aquella lobreguez.
Soror Furcacia Honoré conocía ese hedor bien, lo conocía de su infancia en los conventos hospitales de la orden Isdélica, cuando la terrible plaga se cebó en las villas del Sur. Era el hedor dulzón y repugnante de un cadáver pudriéndose en un pantano.
Y entonces el silencio se rompió, la noche se llenó de gritos y de voces. La monja guerrera echó a correr al sitio donde había escuchado aquella barahúnda infernal en aquellas horas tenebrosas.
A la Vera de la senda, a la luz enferma y pálida de una Luna nebulosa, Soror Furcacia Honoré contempló las siluetas alucinantes de varios hombres, o al menos esa primera impresión tuvo.
Un escalofrío recorrió viperinamente por la espalda de la monja al ver los detalles de aquellos sujetos de pesadilla. A la luz de la Luna, Furcacia distinguió las libreas con el estandarte de la casta Cultellus, negros trajes con libreas bordadas de hilo dorado clamaban a quien osase mirar, que eran representantes de la Baronesa. Soror Furcacia había sido advertida de que no hiciese ningún movimiento abiertamente hostil contra la Baronesa Cultellus bajo ninguna circunstancia, aquello, pese a no agradarle, era la orden de la Priora y por ende, ley forzada.
La joven monja ya sospechaba que la ilustre heredera de Cultellus tendría algo que ver con el enviado del siniestro, eso, sino era que la misma Crucifixia acaso era la conjuradora de horrores.
Y el espectáculo que presencio terminó con cualquier probable duda que le quedase.
Y era que aquellos monigotes estaban encostalando el cadáver de un chico de unos doce abriles, el chico aún conservaba la frescura y lozanía de la vida, sus mejillas aún mostraban el rubor rollizo de la niñez y sus ojos verdes aún no terminaban de apagarse del todo. La monja guerrera cruzó miradas con el niño muerto. Aquello no impresionó a la monja tanto como las maneras tan indignas de manejar el cuerpo de los ganapanes aquellos que metieron el cadáver en un costal para lanzarlo después, cuál fardo de harapos a la carreta de cadáveres que acompañaba a la lúgubre comitiva.
Entonces fue cuando Soror Furcacia vio el otro cuerpo en el suelo. Otro chico, quizá de la misma edad que el muerto, manoteaba débilmente tratando de estirar las manos hacia ella, el chico estaba enteramente magullado. El muerto sólo mostraba una herida en la parte trasera del cráneo, suficiente para matarlo.
~ En nombre de Ísdelis, señor de lo profundo exijo saber qué ocurre aquí. - intervino la monja sin soportar más aquello.
Los criados se giraron hacia ella y Soror Furcacia sintió cómo unos descarnados y laxos dedos gélidos de cadáver le acariciaban el cerebro a través de la nuca al mirar los ojos de los criados de Crucifixia Cultellus. Blanco impuro y una mancha negra estrábica se fijaron con ella por centro.
~ No tiene nada de qué mortificarse, Soror, - dijo uno de aquellos espectrales seres. - estamos recorriendo el bosque en busca de los desdichados qué se internan en el para darse muerte, por algún motivo los suicidas aumentan por estas fechas en los bosques de Cuatro Cruces.
Soror Furcacia se recompuso haciendo acopio de toda su sangre fría para dirigirse de nuevo a aquel ser. A la luz de la Luna, la monja había descubierto los rasgos de aquellos sirvientes, piel apergaminada y cuarteada, cómo cuero viejo sin curtir, ojos muertos, figura cadavérica... Y la voz, una tétrica salmodia donde, en medio de disonantes graves átonos, se notaba un dejo burlón inequívoco.
~ Ése hombre sigue vivo. - dijo con severidad la monja.
El infeliz sujeto abrió la boca dejando escapar un jadeo entrecortado.
~ Son sólo reflejos post mortem. - dijo el criado con calma escalofriante Mientras extendía otro costal para meter el cuerpo restante. - a veces los muertos suelen moverse, no es qué estén vivos, sólo son espasmos musculares que sacuden el cuerpo. Nada más.
~ He visto cadáveres y no me es ajeno lo que dice, pero es obvio que ése pobre muchacho sigue vivo... - objetó Soror Furcacia.
~ Se equivoca usted, además... - repuso el criado. - los Isdélicos no tienen autoridad aquí. Le recomiendo, Soror, que vuelva a su ermita si no desea que la Ecclesia Dolia interceda ante sus superiores. - ahora la monja estaba segura, aquel individuo que le hablaba era un muerto poseído, lo sabía por el tono muerto, la piel, los ojos esa presencia maldita que siempre acompaña a esos seres irreales y oscuros que ella ya conocía bien. O que al menos creía conocer, jamás había visto uno que se desenvolviese no que hablase cómo el que tenía enfrente. La monja tembló en su interior, el poder del conjurador era muy grande si aquello era obra suya.
Soror Furcacia dirigió la vista hacia el lacerado chico a los pues del criado muerto, ya no se movía y los ojos de éste se habían quedado fríos y estáticos, fijos en ella. El cadáver poseído le sonrió, una sonrisa vudú espeluznante.
~ ¿Ve, Soror? Está muerto. - y diciendo esto, la comitiva procedió a encostalar al muchacho ante la vista impotente de la monja.
~ Ya veo... - murmuró Furcacia. - entonces no me equivoqué. El conjurador está relacionado con éste feudo y con la baronesa.
Soror Furcacia quedó pensativa mirando aquella comitiva de seis muertos reanimados llevándose los cadáveres frescos de aquellos chicos a Cuatro Cruces en silencio, la monja juró mentalmente a los muchachos que aquello sería expuesto. No conocía a Crucifixia Cultellus, pero por los Dioses, Soror Furcacia ya ansiaba verla en la horca.
~ Crucifixia Cultellus. Sé que tú eres la hija pérdida del siniestro. Tú identidad será revelada a todos.
En el puerto de Hurdenia aún sé hablaba de la llegada de los tres navíos de la Baronesa de Cuatro Cruces cuando el horror comenzó a pasearse por las calles de la Villa portuaria.
Los abads fratellums de la Eclessia Dolia clamaban que los demonios estaban inquietos por la presencia de la futura Santa. La fama de la Baronesa de Cuatro Cruces había trascendido el Mare Interiorum hasta aquel puerto de enlace entre las tierras bárbaras y Sacraterra, donde la áurea Hyerosolimá era la fortaleza que guardaba los secretos de la fe Milenaria y residencia del sino representante de dicho credo. El Prínceps Patri.
Todos en Hurdenia sabían que el objetivo de aquella Procession era ver al Patri y que éste, tras considerar las obras de la joven baronesa tanto humanitarias, de fe, de diezmo y de Milagros, considerase canonizarla y ascenderla al pedestal de Santa. Las murmuraciones indicaban que aquello no podía menos que ocurrir, ya la Summa Arquetheusis de Cuatro Cruces le habían cedido la embestidura de Primma Condenatrix ed Inquiriente y con el título, la reliquia Santa conocida como la Cruz de los Corazones Puros.
Una joya de oro con incrustaciones en forma de Cruz, nadie en Hurdenia había visto aquella reliquia, ya que hasta Crucifixia no había nadie en el historial inmediato de Santos o beatos de las tierras de occidente. No sabían sí el crucifijo era un dije o algo más grande.
Pero lo que los ladrones hurdenios sí sabían, era que el chisme aquel era de puro oro con joyas ricas del oscuro oriente, exóticas y delicadas. Un bocado irresistible para unos vividores habilidosos como los costeños ladrones hurdenios, lo bastante herejes y temerarios como para ignorar el título de la noble y despojarla hasta del honor sí se daba la oportunidad. Después de todo, si aquella noblecita iba ser Santa, ciertamente tendría que ser una remilgada beata a la que valdría la pena someter a unos intensos días de perversión y por la cuál exigir algún que otro barril rebosante de oro.
Al menos eso pensaban.
El horror comenzó a la tercera noche tras el arribo de la Hydra, la Gorgona y la Lamia a Hurdenia. Unos gritos Desgarrón el silencio de los arrabales del este de la Villa. A diferencia del bullicioso centro o del puerto siempre frecuentado, los arrabales este eran unas callejuelas de fumaderos, cantinas marineras sórdidas y Hediondas y guaridas de hermandades asesinas y cofradías de ladrones. Dos prostitutas habían sido halladas en una esquina, bajo una farola chisporroteante de aceite, estaban dos mujeres, una de ellas asesinada de un modo particularmente curioso. Aquella meretriz finada había sido ejecutada por unas manos poderosas, brutales...
El cuello de aquélla mujer estaba cruelmente castigado, quebrado con brutalidad y laxo como el sexo de un impotente mostraba además otras heridas, denostadoras de una presencia animalesca e infernal.
Además de romperle el cuello como a un pollo le habían arrancado un buen trozo de carne de la parte donde la yugular surcaba aquélla zona y chupado y roído con avidez escalofriante debido a las señas y escasas manchas de sangre.
La otra mujer estaba en un shock intenso y desvariaba presa de una intensa crisis religiosa dando gritos desgarradores donde las Furias infernales y Ángeles custodios se sucedían con demencia. No se recuperaría de aquélla espantosa postración y perecería loca un par de semanas después balbuceando acerca de ojos rojos en la oscuridad.
Otras tantas infortunadas aparecieron en los días subsiguientes en callejones cercanos a la primera escena. De todas las mujeres de la noche atacadas sólo una pudo hablar acerca de un espanto de cabellos hirsutos, largos y rojizos como húmedos en sangre, de esquelética figura de miembros largos y arácnidos; enloquecida expresión de voracidad animal y crueldad diabólica en la faz inhumana. Habló de la forma en que asesinó a su compañera de esquina con la facilidad con la que se mata un conejo silvestre y del modo en que la chupó hasta dejarla seca. Y también contó de una resplandeciente joya que la demencial abominación cargaba brillando ominosa sobre el pecho. Era una Cruz gruesa, pesada, grande de oro puro y brillantes piedras hermoseandola.
Tamir Musshá cavilaba entre los humos de su pipa de hachís kalilandú en la sordidez de un fumadero hurdenio en su próximo golpe.
Había seguido con cuidado y sigilo los movimientos de la Baronesa Cultellus desde las sombras, Musshá era un Moreno cazador de fortunas, estafador, ladrón y proxeneta nacido en las tierras orientales de Cleffistán, más allá del muro Milenario que separaba el mundo civilizado de las tierras paganas del este acostumbrado a salirse con la suya en cada golpe, o de menos, quedar elegantemente en pie en sus escasos lances fallidos. De faz sardónica y canalla; cuerpo fuerte así como llenó de agilidad y elegancia así como de una rapidez y claridad de pensamiento había hecho una pequeña fortuna que desperdigada con generosidad.
Desde pequeño se había acostumbrado a vivir con lujos y a nunca trabajar por ellos salvo a su modo, con astucia.
Aborreciendo la austeridad y sin practicar jamás la frugalidad, el cleffistaní hablase vuelto un hombre habilidoso en el robo,a estafa y el engaño.
Jamás había dudado de sus aptitudes para el antiquísimo negocio del latrocinio, no hasta entonces.
Xhirine, la hechicera, había sido hallada destripada en una callejuela que bordeaba los canales del desagüe. Era una reputada ladrona con la que Tamir había compartido alguna aventura en el pasado. Kalein, el de pies ligeros había aparecido colgado cabeza abajo en la aguja del chapitel de la plaza principal sin piel, Omagua, el grande, un brujo cambiaformas de piel de ébano, famoso por haber entrado y asaltado varias arcas del imperio, fue encontrado sacrificado de un modo tan atroz e indescriptible que alertó a todos los maldicientes de Hurdenia que algo no estaba yendo bien.
Tamir intuía lo que era, pero la verdad aún era esquiva. Sólo sabía una cosa, los tres ladrones competían por el mismo trofeo. La Cruz de los Corazones Puros, propiedad de la hasta entonces no vista, baronesa Cultellus.
El cleffistaní dio una potente fumada al narguile humeante. Sus ojos enrojecidos miraban sin mirar un punto en la mugrosa pared del fumadero. No sabía como proceder, hasta ése punto de su vida ninguna hechicería o maldición lo había disuadido de alguna expedición cazatesoros como solía llamar sus robos.
Pero para aquello había algo que lo frenaba. Una indecisión oscura e irracional, ¿Miedo?
El ladrón sacudió la cabeza en una negativa lenta, no era miedo. Por lo menos no sólo miedo.
El horror vampírico que asolaba a Hurdenia, hambriento y rabioso estaba conectado con la fuereña baronesa. Él y todos los bandidos del puerto lo sabían o sospechaban, pero no dirían nada. ¿Qué dirían después de todo a la guardia?
«Disculpen, tratábamos de entrar a la estancia de la Baronesa de Cuatro Cruces cuando vimos a esta bailando con los demonios bajo la Luna».
Aquélla farsa en vez de animarlo le pareció oscura y de mal gusto, hasta para él. Sabía qué sí iba a la guardia portuaria lo colgaría antes de escucharlo. Así pues, Tamir había tomado una decisión, entrar en el Palais donde los Dolia Hurdenios daban asilo a Crucifixia y hurtar lo qué pudiese, así como buscar cualquier cosa que probara que la Baronesa Cultellus estaba conectada con el horror caníbal hurdenio.
El Moreno cleffistaní no lo sabía, pero el, con todos sus vicios y canalladas habíase sumado a la cruzada Isdélica contra la oscura devota de Nodens.
El Arcipreste Angello Azkkara no sólo era el sumo representante de la Ecclesia Milenaria Dolia, era además el gobernador de la Villa Colonial Portuaria de Hurdenia. El poder secular y político reposaban en los hombros esqueléticos del sacerdote aunque las leyes y aspectos de orden social eran tomados por un comité ciudadano seleccionado según sus virtudes e ideas dejándole así al anciano, la única obligación de ser el representante del estado clerical y sus deberes con todo el tiempo restante para dedicarse a su afición máxima, el épico ejercicio del levantamiento de tarro.
Caminaba despreocupado a la luz del medio día por el patio de su Palais hacia su carruaje, la agenda del día dictaba que debía entrevistarse con la Baronesa Crucifixia Cultellus en el Palais que le habían dado como residencia temporal.
El Arcipreste recordaba una carta firmada por la Baronesa donde le contaba de su intención de visitar Sacraterra y hablar con Su Santidad, el Prínceps Patri.
Angello no conocía aún a la Baronesa y tampoco le interesaba el trato de una noble con ínfulas de Santa, estaba abrumado por la reciente muerte de la hija de su hermana, una ninfeta de diez veranos que había perecido dos días atrás víctima de una repentina y fulminante enfermedad.
Sonrió sardónicamente, sí en verdad era Santa, que reviviera a sus sobrina, que le dejará volver a ver aquellos ojos verdes chispear de nuevo.
Con esos pensamientos, el arcipreste llegó al Palais de Crucifixia. Cuando el anciano gobernador entró en el patio de aquel recinto, un escalofrío le recorrió la espalda con un doloroso espasmo reumático. El atrio estaba frío y oscuro, le parecía que los árboles de aquel patio oscurecían demasiado aquel palacete.
Las torretas y torreones coronados con chapiteles rematados en agujas mostraban ventanales cerrados y cubiertos con gruesos y pesados cortinajes purpúreos. El arcipreste Azkkara recordó que la Baronesa le había hablado en su misiva acerca de un voto de tinieblas desde su partida del puerto Di Neronis hasta Hyerosolimá. Un voto peculiar aunque no completamente ajeno a las mandas peregrinas que los viajeros solían hacer camino a Sacraterra. Había voto de tinieblas, de silencio, de ayuno y de penitencia.
El arcipreste fue recibido por una silenciosa doncella pálida enfundada en un largo uniforme negro y acompañado a una sala oscura iluminada sólo con la suave luz de unas veladoras. Incensarios humeantes con el olor de aceites de oriente impregnaban la chambre dando un ambiente místico al lugar, en la semipenumbra fluctuante, Angello Azkkara vislumbró, o creyó vislumbrar una serie de formas negras moviéndose, aunque después estaría convencido que había sido el efecto del humo del incienso a la luz dulce e hipnótica de las veladoras, fuera cuál fuese el caso, ante la vista del anciano apareció la silueta alucinante de Crucifixia Cultellus.
~ Benedicitte, Fratellum. - le saludó Crucifixia al gobernador con un susurro Tétrico.
El anciano se le quedó mirando un tanto cohibido. Pese a su resaca, la oscuridad y la amargura, Angello pudo notar el brillo extraño en los ojos de la Baronesa.
Según sabía, la noble de Cuatro Cruces
poseía una mirada profunda capaz de ver en el corazón de la gente, al arcipreste aquello le pareció una verdad aplastante en aquélla tiniebla.
~ S-salutaciones, sorella. - respondió tratando de recobrar el aire de gobernador. - recibí sus misivas acerca de su excursión hacia Sacraterra, sépase que por parte de las autoridades de Hurdenia y de la colonia Milenaria no tendrá el menor atropello, antes bien, debido a sus excelentes credenciales, recibirá de parte de los fratellums y sorors de la rama Dolia todo el apoyo y facilidades que llegue a necesitar.
Crucifixia Cultellus emitió entonces una risita bastante escalofriante que a oídos del anciano sonó como un gruñido bajo y amenazador. Los ojos enrojecidos del arcipreste se fijaron entonces en los albos y largos dientes finos que asomaban entre los carnosos y rojos labios de la Baronesa.
~ Ha de saber que me agrada ser generosa con aquellos que se ganan mi gratitud así como con los buenos fratellums que tan honestamente dirigen la Ecclesia de nuestro noble señor... - Crucifixia rió nuevamente con aquel gruñido semi Animal.
Angello captó cada detalle de la cosa que tenía ante él, a simple vista, aquel ser parecía una chica de veintitantos años, algo pálida por la reclusión reciente por el Mar y algo delgada, las ojeras de sí ilustre rostro mostraban que solía dormir muy poco. Por lo demás, Crucifixia era una mujer atractiva y bien dotada, la causa de que una noble como aquélla permaneciese virgen era quizá a sí entera devoción a Dios, una hermosa virgen vestal de rojos cabellos y ojos Esmeralda.
¿Entonces por qué sentía tanto recelo y repulsión hacia aquel ente? Había algo indiscernible en la Baronesa que la volvía un ser aberrante.
Algo antinatural en la mirada, en los miembros lánguidos y pálidos, alguna secreta degeneración que no podía notar pero que algo primitivo dentro del anciano sí notaba alzando todas las alarmas dentro de él.
~ Quiero saber de los conventos que he de encontrarme en él camino hacia Sacraterra así como los nombres de los Priores de dichos puntos. Así como un permiso especial para poder obtener toda la mano de obra que me sea posible en dicho viaje. Con esto no habló de otra cosa que del noble ejercicio de caza de aborígenes. - habló Crucifixia.
Él arcipreste la miró estudiando las reacciones de aquélla criatura.
~ Me tomará un tiempo reunir todo eso Baronesa Cultellus.
Crucifixia lo miró cruzando la pierna.
~ Necesito que todo esté listo a la brevedad ya que mi viaje no puede demorarse. - aclaró. - sabe que he de ver al Patri a la brevedad. - dijo Crucifixia bajando la voz antes de concentrar sí mirada en él anciano. - pero no me crea a mi, vaya usted a su cripta familiar... - dijo mirándolo con fijeza. - alguien ahí atestiguará de mi santidad ya que usted carece de fe.
Él arcipreste guardo silencio pálido, ¿Sería posible que Crucifixia hubiese...?
En ése momento apareció un agitado esclavo del arcipreste anunciando lo imposible.
~ ¡Es un milagro, mi señor! ¡Sí sobrina... Ha... Despertado...! - balbuceó jadeante.
Él arcipreste fijó sí mirada en la Baronesa pasmado ante aquélla noticia. La risita burlona tan semejante a un gruñido feroz de la Baronesa Cultellus se dejó oír nuevamente en aquélla tiniebla.
~ V ~
Un abismo de tinieblas, eso era el feudo de Cuatro Cruces, los bosques circundantes, hervidero ya de por si de supersticiones y terrores nocturnos cobró por aquellos días una fama verdaderamente ominosa.
Muchos viajeros que se internaban en aquella espesa y neblinosa senda no eran vueltos a ver, si bien, la abjuración que la baronesa Crucifixia Cultellus había realizado antes de partir a Hyerosolimá había dado resultado y los seres hórridos que aparecían ocasionalmente en las aldeas circundantes habían cesado por completo, visto estaba que pocos fuereños estaban dispuestos a pasar la noche en Cuatro Cruces.
Domina Cultellus. Un nombre oscuro cuyo Halo siniestro aún embrujaba aquella desdichada Villa.
Soror Furcacia Honoré había arrastrado sus pasos hasta aquella maldita Villa siguiendo un rastro maldito de cadáveres poseídos, demonios necróticos balbuceantes que despotricaban blasfemias horripilantes. La Hermana Isdélica se preguntaba por la sanidad mental de los desdichados aldeanos Atados a aquella terrible tierra maldita y Hechizada.
Cuando la hermana Miró hacia la senda empedrada que llevaba a la entrada de Cuatro Cruces lo primero que notó fue el total silencio, ni aves ni bestias hacían el menor sonido, la naturaleza entera estaba muerta de miedo hasta de respirar siquiera.
La senda negra y envuelta en una densa bruma fría y pegajosa se le pegó a la parka, el ambiente viciado, como el de una tumba recién abierta era opresivo.
Furcacia aguzó el oído tratando de discernir algún ruido interrumpiendo aquel silencio claustrofóbico. Nada.
Pero sus fosas nasales si captaron un hedor fluctuante, apenas perceptible en aquella lobreguez.
Soror Furcacia Honoré conocía ese hedor bien, lo conocía de su infancia en los conventos hospitales de la orden Isdélica, cuando la terrible plaga se cebó en las villas del Sur. Era el hedor dulzón y repugnante de un cadáver pudriéndose en un pantano.
Y entonces el silencio se rompió, la noche se llenó de gritos y de voces. La monja guerrera echó a correr al sitio donde había escuchado aquella barahúnda infernal en aquellas horas tenebrosas.
A la Vera de la senda, a la luz enferma y pálida de una Luna nebulosa, Soror Furcacia Honoré contempló las siluetas alucinantes de varios hombres, o al menos esa primera impresión tuvo.
Un escalofrío recorrió viperinamente por la espalda de la monja al ver los detalles de aquellos sujetos de pesadilla. A la luz de la Luna, Furcacia distinguió las libreas con el estandarte de la casta Cultellus, negros trajes con libreas bordadas de hilo dorado clamaban a quien osase mirar, que eran representantes de la Baronesa. Soror Furcacia había sido advertida de que no hiciese ningún movimiento abiertamente hostil contra la Baronesa Cultellus bajo ninguna circunstancia, aquello, pese a no agradarle, era la orden de la Priora y por ende, ley forzada.
La joven monja ya sospechaba que la ilustre heredera de Cultellus tendría algo que ver con el enviado del siniestro, eso, sino era que la misma Crucifixia acaso era la conjuradora de horrores.
Y el espectáculo que presencio terminó con cualquier probable duda que le quedase.
Y era que aquellos monigotes estaban encostalando el cadáver de un chico de unos doce abriles, el chico aún conservaba la frescura y lozanía de la vida, sus mejillas aún mostraban el rubor rollizo de la niñez y sus ojos verdes aún no terminaban de apagarse del todo. La monja guerrera cruzó miradas con el niño muerto. Aquello no impresionó a la monja tanto como las maneras tan indignas de manejar el cuerpo de los ganapanes aquellos que metieron el cadáver en un costal para lanzarlo después, cuál fardo de harapos a la carreta de cadáveres que acompañaba a la lúgubre comitiva.
Entonces fue cuando Soror Furcacia vio el otro cuerpo en el suelo. Otro chico, quizá de la misma edad que el muerto, manoteaba débilmente tratando de estirar las manos hacia ella, el chico estaba enteramente magullado. El muerto sólo mostraba una herida en la parte trasera del cráneo, suficiente para matarlo.
~ En nombre de Ísdelis, señor de lo profundo exijo saber qué ocurre aquí. - intervino la monja sin soportar más aquello.
Los criados se giraron hacia ella y Soror Furcacia sintió cómo unos descarnados y laxos dedos gélidos de cadáver le acariciaban el cerebro a través de la nuca al mirar los ojos de los criados de Crucifixia Cultellus. Blanco impuro y una mancha negra estrábica se fijaron con ella por centro.
~ No tiene nada de qué mortificarse, Soror, - dijo uno de aquellos espectrales seres. - estamos recorriendo el bosque en busca de los desdichados qué se internan en el para darse muerte, por algún motivo los suicidas aumentan por estas fechas en los bosques de Cuatro Cruces.
Soror Furcacia se recompuso haciendo acopio de toda su sangre fría para dirigirse de nuevo a aquel ser. A la luz de la Luna, la monja había descubierto los rasgos de aquellos sirvientes, piel apergaminada y cuarteada, cómo cuero viejo sin curtir, ojos muertos, figura cadavérica... Y la voz, una tétrica salmodia donde, en medio de disonantes graves átonos, se notaba un dejo burlón inequívoco.
~ Ése hombre sigue vivo. - dijo con severidad la monja.
El infeliz sujeto abrió la boca dejando escapar un jadeo entrecortado.
~ Son sólo reflejos post mortem. - dijo el criado con calma escalofriante Mientras extendía otro costal para meter el cuerpo restante. - a veces los muertos suelen moverse, no es qué estén vivos, sólo son espasmos musculares que sacuden el cuerpo. Nada más.
~ He visto cadáveres y no me es ajeno lo que dice, pero es obvio que ése pobre muchacho sigue vivo... - objetó Soror Furcacia.
~ Se equivoca usted, además... - repuso el criado. - los Isdélicos no tienen autoridad aquí. Le recomiendo, Soror, que vuelva a su ermita si no desea que la Ecclesia Dolia interceda ante sus superiores. - ahora la monja estaba segura, aquel individuo que le hablaba era un muerto poseído, lo sabía por el tono muerto, la piel, los ojos esa presencia maldita que siempre acompaña a esos seres irreales y oscuros que ella ya conocía bien. O que al menos creía conocer, jamás había visto uno que se desenvolviese no que hablase cómo el que tenía enfrente. La monja tembló en su interior, el poder del conjurador era muy grande si aquello era obra suya.
Soror Furcacia dirigió la vista hacia el lacerado chico a los pues del criado muerto, ya no se movía y los ojos de éste se habían quedado fríos y estáticos, fijos en ella. El cadáver poseído le sonrió, una sonrisa vudú espeluznante.
~ ¿Ve, Soror? Está muerto. - y diciendo esto, la comitiva procedió a encostalar al muchacho ante la vista impotente de la monja.
~ Ya veo... - murmuró Furcacia. - entonces no me equivoqué. El conjurador está relacionado con éste feudo y con la baronesa.
Soror Furcacia quedó pensativa mirando aquella comitiva de seis muertos reanimados llevándose los cadáveres frescos de aquellos chicos a Cuatro Cruces en silencio, la monja juró mentalmente a los muchachos que aquello sería expuesto. No conocía a Crucifixia Cultellus, pero por los Dioses, Soror Furcacia ya ansiaba verla en la horca.
~ Crucifixia Cultellus. Sé que tú eres la hija pérdida del siniestro. Tú identidad será revelada a todos.
~ VI ~
En el puerto de Hurdenia aún sé hablaba de la llegada de los tres navíos de la Baronesa de Cuatro Cruces cuando el horror comenzó a pasearse por las calles de la Villa portuaria.
Los abads fratellums de la Eclessia Dolia clamaban que los demonios estaban inquietos por la presencia de la futura Santa. La fama de la Baronesa de Cuatro Cruces había trascendido el Mare Interiorum hasta aquel puerto de enlace entre las tierras bárbaras y Sacraterra, donde la áurea Hyerosolimá era la fortaleza que guardaba los secretos de la fe Milenaria y residencia del sino representante de dicho credo. El Prínceps Patri.
Todos en Hurdenia sabían que el objetivo de aquella Procession era ver al Patri y que éste, tras considerar las obras de la joven baronesa tanto humanitarias, de fe, de diezmo y de Milagros, considerase canonizarla y ascenderla al pedestal de Santa. Las murmuraciones indicaban que aquello no podía menos que ocurrir, ya la Summa Arquetheusis de Cuatro Cruces le habían cedido la embestidura de Primma Condenatrix ed Inquiriente y con el título, la reliquia Santa conocida como la Cruz de los Corazones Puros.
Una joya de oro con incrustaciones en forma de Cruz, nadie en Hurdenia había visto aquella reliquia, ya que hasta Crucifixia no había nadie en el historial inmediato de Santos o beatos de las tierras de occidente. No sabían sí el crucifijo era un dije o algo más grande.
Pero lo que los ladrones hurdenios sí sabían, era que el chisme aquel era de puro oro con joyas ricas del oscuro oriente, exóticas y delicadas. Un bocado irresistible para unos vividores habilidosos como los costeños ladrones hurdenios, lo bastante herejes y temerarios como para ignorar el título de la noble y despojarla hasta del honor sí se daba la oportunidad. Después de todo, si aquella noblecita iba ser Santa, ciertamente tendría que ser una remilgada beata a la que valdría la pena someter a unos intensos días de perversión y por la cuál exigir algún que otro barril rebosante de oro.
Al menos eso pensaban.
El horror comenzó a la tercera noche tras el arribo de la Hydra, la Gorgona y la Lamia a Hurdenia. Unos gritos Desgarrón el silencio de los arrabales del este de la Villa. A diferencia del bullicioso centro o del puerto siempre frecuentado, los arrabales este eran unas callejuelas de fumaderos, cantinas marineras sórdidas y Hediondas y guaridas de hermandades asesinas y cofradías de ladrones. Dos prostitutas habían sido halladas en una esquina, bajo una farola chisporroteante de aceite, estaban dos mujeres, una de ellas asesinada de un modo particularmente curioso. Aquella meretriz finada había sido ejecutada por unas manos poderosas, brutales...
El cuello de aquélla mujer estaba cruelmente castigado, quebrado con brutalidad y laxo como el sexo de un impotente mostraba además otras heridas, denostadoras de una presencia animalesca e infernal.
Además de romperle el cuello como a un pollo le habían arrancado un buen trozo de carne de la parte donde la yugular surcaba aquélla zona y chupado y roído con avidez escalofriante debido a las señas y escasas manchas de sangre.
La otra mujer estaba en un shock intenso y desvariaba presa de una intensa crisis religiosa dando gritos desgarradores donde las Furias infernales y Ángeles custodios se sucedían con demencia. No se recuperaría de aquélla espantosa postración y perecería loca un par de semanas después balbuceando acerca de ojos rojos en la oscuridad.
Otras tantas infortunadas aparecieron en los días subsiguientes en callejones cercanos a la primera escena. De todas las mujeres de la noche atacadas sólo una pudo hablar acerca de un espanto de cabellos hirsutos, largos y rojizos como húmedos en sangre, de esquelética figura de miembros largos y arácnidos; enloquecida expresión de voracidad animal y crueldad diabólica en la faz inhumana. Habló de la forma en que asesinó a su compañera de esquina con la facilidad con la que se mata un conejo silvestre y del modo en que la chupó hasta dejarla seca. Y también contó de una resplandeciente joya que la demencial abominación cargaba brillando ominosa sobre el pecho. Era una Cruz gruesa, pesada, grande de oro puro y brillantes piedras hermoseandola.
***
Tamir Musshá cavilaba entre los humos de su pipa de hachís kalilandú en la sordidez de un fumadero hurdenio en su próximo golpe.
Había seguido con cuidado y sigilo los movimientos de la Baronesa Cultellus desde las sombras, Musshá era un Moreno cazador de fortunas, estafador, ladrón y proxeneta nacido en las tierras orientales de Cleffistán, más allá del muro Milenario que separaba el mundo civilizado de las tierras paganas del este acostumbrado a salirse con la suya en cada golpe, o de menos, quedar elegantemente en pie en sus escasos lances fallidos. De faz sardónica y canalla; cuerpo fuerte así como llenó de agilidad y elegancia así como de una rapidez y claridad de pensamiento había hecho una pequeña fortuna que desperdigada con generosidad.
Desde pequeño se había acostumbrado a vivir con lujos y a nunca trabajar por ellos salvo a su modo, con astucia.
Aborreciendo la austeridad y sin practicar jamás la frugalidad, el cleffistaní hablase vuelto un hombre habilidoso en el robo,a estafa y el engaño.
Jamás había dudado de sus aptitudes para el antiquísimo negocio del latrocinio, no hasta entonces.
Xhirine, la hechicera, había sido hallada destripada en una callejuela que bordeaba los canales del desagüe. Era una reputada ladrona con la que Tamir había compartido alguna aventura en el pasado. Kalein, el de pies ligeros había aparecido colgado cabeza abajo en la aguja del chapitel de la plaza principal sin piel, Omagua, el grande, un brujo cambiaformas de piel de ébano, famoso por haber entrado y asaltado varias arcas del imperio, fue encontrado sacrificado de un modo tan atroz e indescriptible que alertó a todos los maldicientes de Hurdenia que algo no estaba yendo bien.
Tamir intuía lo que era, pero la verdad aún era esquiva. Sólo sabía una cosa, los tres ladrones competían por el mismo trofeo. La Cruz de los Corazones Puros, propiedad de la hasta entonces no vista, baronesa Cultellus.
El cleffistaní dio una potente fumada al narguile humeante. Sus ojos enrojecidos miraban sin mirar un punto en la mugrosa pared del fumadero. No sabía como proceder, hasta ése punto de su vida ninguna hechicería o maldición lo había disuadido de alguna expedición cazatesoros como solía llamar sus robos.
Pero para aquello había algo que lo frenaba. Una indecisión oscura e irracional, ¿Miedo?
El ladrón sacudió la cabeza en una negativa lenta, no era miedo. Por lo menos no sólo miedo.
El horror vampírico que asolaba a Hurdenia, hambriento y rabioso estaba conectado con la fuereña baronesa. Él y todos los bandidos del puerto lo sabían o sospechaban, pero no dirían nada. ¿Qué dirían después de todo a la guardia?
«Disculpen, tratábamos de entrar a la estancia de la Baronesa de Cuatro Cruces cuando vimos a esta bailando con los demonios bajo la Luna».
Aquélla farsa en vez de animarlo le pareció oscura y de mal gusto, hasta para él. Sabía qué sí iba a la guardia portuaria lo colgaría antes de escucharlo. Así pues, Tamir había tomado una decisión, entrar en el Palais donde los Dolia Hurdenios daban asilo a Crucifixia y hurtar lo qué pudiese, así como buscar cualquier cosa que probara que la Baronesa Cultellus estaba conectada con el horror caníbal hurdenio.
El Moreno cleffistaní no lo sabía, pero el, con todos sus vicios y canalladas habíase sumado a la cruzada Isdélica contra la oscura devota de Nodens.
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El Arcipreste Angello Azkkara no sólo era el sumo representante de la Ecclesia Milenaria Dolia, era además el gobernador de la Villa Colonial Portuaria de Hurdenia. El poder secular y político reposaban en los hombros esqueléticos del sacerdote aunque las leyes y aspectos de orden social eran tomados por un comité ciudadano seleccionado según sus virtudes e ideas dejándole así al anciano, la única obligación de ser el representante del estado clerical y sus deberes con todo el tiempo restante para dedicarse a su afición máxima, el épico ejercicio del levantamiento de tarro.
Caminaba despreocupado a la luz del medio día por el patio de su Palais hacia su carruaje, la agenda del día dictaba que debía entrevistarse con la Baronesa Crucifixia Cultellus en el Palais que le habían dado como residencia temporal.
El Arcipreste recordaba una carta firmada por la Baronesa donde le contaba de su intención de visitar Sacraterra y hablar con Su Santidad, el Prínceps Patri.
Angello no conocía aún a la Baronesa y tampoco le interesaba el trato de una noble con ínfulas de Santa, estaba abrumado por la reciente muerte de la hija de su hermana, una ninfeta de diez veranos que había perecido dos días atrás víctima de una repentina y fulminante enfermedad.
Sonrió sardónicamente, sí en verdad era Santa, que reviviera a sus sobrina, que le dejará volver a ver aquellos ojos verdes chispear de nuevo.
Con esos pensamientos, el arcipreste llegó al Palais de Crucifixia. Cuando el anciano gobernador entró en el patio de aquel recinto, un escalofrío le recorrió la espalda con un doloroso espasmo reumático. El atrio estaba frío y oscuro, le parecía que los árboles de aquel patio oscurecían demasiado aquel palacete.
Las torretas y torreones coronados con chapiteles rematados en agujas mostraban ventanales cerrados y cubiertos con gruesos y pesados cortinajes purpúreos. El arcipreste Azkkara recordó que la Baronesa le había hablado en su misiva acerca de un voto de tinieblas desde su partida del puerto Di Neronis hasta Hyerosolimá. Un voto peculiar aunque no completamente ajeno a las mandas peregrinas que los viajeros solían hacer camino a Sacraterra. Había voto de tinieblas, de silencio, de ayuno y de penitencia.
El arcipreste fue recibido por una silenciosa doncella pálida enfundada en un largo uniforme negro y acompañado a una sala oscura iluminada sólo con la suave luz de unas veladoras. Incensarios humeantes con el olor de aceites de oriente impregnaban la chambre dando un ambiente místico al lugar, en la semipenumbra fluctuante, Angello Azkkara vislumbró, o creyó vislumbrar una serie de formas negras moviéndose, aunque después estaría convencido que había sido el efecto del humo del incienso a la luz dulce e hipnótica de las veladoras, fuera cuál fuese el caso, ante la vista del anciano apareció la silueta alucinante de Crucifixia Cultellus.
~ Benedicitte, Fratellum. - le saludó Crucifixia al gobernador con un susurro Tétrico.
El anciano se le quedó mirando un tanto cohibido. Pese a su resaca, la oscuridad y la amargura, Angello pudo notar el brillo extraño en los ojos de la Baronesa.
Según sabía, la noble de Cuatro Cruces
poseía una mirada profunda capaz de ver en el corazón de la gente, al arcipreste aquello le pareció una verdad aplastante en aquélla tiniebla.
~ S-salutaciones, sorella. - respondió tratando de recobrar el aire de gobernador. - recibí sus misivas acerca de su excursión hacia Sacraterra, sépase que por parte de las autoridades de Hurdenia y de la colonia Milenaria no tendrá el menor atropello, antes bien, debido a sus excelentes credenciales, recibirá de parte de los fratellums y sorors de la rama Dolia todo el apoyo y facilidades que llegue a necesitar.
Crucifixia Cultellus emitió entonces una risita bastante escalofriante que a oídos del anciano sonó como un gruñido bajo y amenazador. Los ojos enrojecidos del arcipreste se fijaron entonces en los albos y largos dientes finos que asomaban entre los carnosos y rojos labios de la Baronesa.
~ Ha de saber que me agrada ser generosa con aquellos que se ganan mi gratitud así como con los buenos fratellums que tan honestamente dirigen la Ecclesia de nuestro noble señor... - Crucifixia rió nuevamente con aquel gruñido semi Animal.
Angello captó cada detalle de la cosa que tenía ante él, a simple vista, aquel ser parecía una chica de veintitantos años, algo pálida por la reclusión reciente por el Mar y algo delgada, las ojeras de sí ilustre rostro mostraban que solía dormir muy poco. Por lo demás, Crucifixia era una mujer atractiva y bien dotada, la causa de que una noble como aquélla permaneciese virgen era quizá a sí entera devoción a Dios, una hermosa virgen vestal de rojos cabellos y ojos Esmeralda.
¿Entonces por qué sentía tanto recelo y repulsión hacia aquel ente? Había algo indiscernible en la Baronesa que la volvía un ser aberrante.
Algo antinatural en la mirada, en los miembros lánguidos y pálidos, alguna secreta degeneración que no podía notar pero que algo primitivo dentro del anciano sí notaba alzando todas las alarmas dentro de él.
~ Quiero saber de los conventos que he de encontrarme en él camino hacia Sacraterra así como los nombres de los Priores de dichos puntos. Así como un permiso especial para poder obtener toda la mano de obra que me sea posible en dicho viaje. Con esto no habló de otra cosa que del noble ejercicio de caza de aborígenes. - habló Crucifixia.
Él arcipreste la miró estudiando las reacciones de aquélla criatura.
~ Me tomará un tiempo reunir todo eso Baronesa Cultellus.
Crucifixia lo miró cruzando la pierna.
~ Necesito que todo esté listo a la brevedad ya que mi viaje no puede demorarse. - aclaró. - sabe que he de ver al Patri a la brevedad. - dijo Crucifixia bajando la voz antes de concentrar sí mirada en él anciano. - pero no me crea a mi, vaya usted a su cripta familiar... - dijo mirándolo con fijeza. - alguien ahí atestiguará de mi santidad ya que usted carece de fe.
Él arcipreste guardo silencio pálido, ¿Sería posible que Crucifixia hubiese...?
En ése momento apareció un agitado esclavo del arcipreste anunciando lo imposible.
~ ¡Es un milagro, mi señor! ¡Sí sobrina... Ha... Despertado...! - balbuceó jadeante.
Él arcipreste fijó sí mirada en la Baronesa pasmado ante aquélla noticia. La risita burlona tan semejante a un gruñido feroz de la Baronesa Cultellus se dejó oír nuevamente en aquélla tiniebla.
~ VII ~
La gente de
Hurdenia regó la noticia del milagro obrado por Crucifixia con la sobrina del
arcipreste Azkkara con la facilidad que el fuego devora un Zarzal seco.
Una especie de fervor religioso comenzó a invadir hasta a los más profanos de los habitantes de aquélla región. Muchos grandes señores de la caza le rindieron pleitesía a la Baronesa de Cuatro Cruces enviándole pieles delicadas y regias de hermosos animales exóticos y salvajes, así cómo docenas de esclavos naturales para que la buena dama los emplease para las duras jornadas de su travesía. Un carnaval rayano en lo estrafalario aún en aquellos años y latitudes inició tras una solemne Messe Vesperia oficiada por el mismo arcipreste Azkkara, el Beodo gobernador ensalzó las virtudes de Crucifixia colocándola codo con codo con los mismos profetas asegurando la entrada al Paraíso directa y sin pasar por el Purgatorio de aquélla bruja caníbal, habló de la resurrección prometida y de las mil y un gracias santificantes. El anciano delirante por el fanatismo y vino de los toneles de Cultellus despotricaba acerca de los Milagros que, según su ebria y loca cabeza, anunciaban la venida de aquélla que ya llamaba Santa Crucifixia Cultellus.
Y en aquel delirante y fervoroso estado de sacros libertinajes transcurrió la estancia de Crucifixia en el puerto de Hurdenia.
Al menos hasta la noche previa a su partida hacia las tierras del este, hacia la colonia de Hellgabalium, la ciudad de ladrillos amatistas.
Una especie de fervor religioso comenzó a invadir hasta a los más profanos de los habitantes de aquélla región. Muchos grandes señores de la caza le rindieron pleitesía a la Baronesa de Cuatro Cruces enviándole pieles delicadas y regias de hermosos animales exóticos y salvajes, así cómo docenas de esclavos naturales para que la buena dama los emplease para las duras jornadas de su travesía. Un carnaval rayano en lo estrafalario aún en aquellos años y latitudes inició tras una solemne Messe Vesperia oficiada por el mismo arcipreste Azkkara, el Beodo gobernador ensalzó las virtudes de Crucifixia colocándola codo con codo con los mismos profetas asegurando la entrada al Paraíso directa y sin pasar por el Purgatorio de aquélla bruja caníbal, habló de la resurrección prometida y de las mil y un gracias santificantes. El anciano delirante por el fanatismo y vino de los toneles de Cultellus despotricaba acerca de los Milagros que, según su ebria y loca cabeza, anunciaban la venida de aquélla que ya llamaba Santa Crucifixia Cultellus.
Y en aquel delirante y fervoroso estado de sacros libertinajes transcurrió la estancia de Crucifixia en el puerto de Hurdenia.
Al menos hasta la noche previa a su partida hacia las tierras del este, hacia la colonia de Hellgabalium, la ciudad de ladrillos amatistas.
******
Tamir Musshá
había pasado los días planeando su golpe hacia la Baronesa Cultellus, maldecía
su suerte al notar cómo su presa se alejaba de él cada día que transcurría.
Para colmo de males el maldito carnaval había dado al trasto con sus ideas de
actuar con tiempo y poner tierra de por medio en caso de verse sorprendido en
pleno lance. Pero las caravanas y tiendas establecidas en las cercanías al
palazzo dificultaban la maldita tarea.
Sí pudiese haber convencido a alguno de aquellos tenderos, comerciantes y advenedizos de aliarse con él la tarea hubiese sido un éxito. Pero los Milagros, estigmas, comunión divina, don de lenguas y curaciones misteriosas habían volcado a casi toda la localidad en un fanatismo violento y devoto de la eremita Santa,Y que la mojigata aquélla no se mostrase nunca a la luz del día tampoco mejoraba nada las posibilidades de Musshá.
El mundo estaba enloqueciendo. Ya nadie prestaba atención a las misteriosas muertes ya que muchos infortunados muertos comenzaban a mostrarse a los vivos, tanto en cuerpo cómo en espíritu. Las calles de Hurdenia le parecían más tétricas al ladrón, ni las hierbas de oriente solían aligerarle el pecho al salir a la calle. La paranoia fanática amenazaba invadir su alma, pero Musshá era más fuerte que aquello, siempre había sido un proscrito así cómo un pagano que había nacido bajo una religión del todo opuesta a los ritos de Dolia e incluso de Nodens. El era un seguidor de Baelzeor, el señor del desierto con cabeza de sabio y cuerpo de dragón y como todo seguidor de aquélla deidad había jurado odio eterno a Hyerosolimá y sus infieles.perversiones religiosas e idólatras, pero, obviamente aquello era su secreto. Tampoco era que el bandido fuese un ortodoxo Baelí, pero ya que podía asestarle un doble golpe a la Cruz, estaba feliz de cumplir su parte ante su Dios.
Y al parecer éste le había sonreído aquélla noche de Luna gibosa.
Las apariciones milagrosas y demás circo secular había ido decreciendo a medida que muchos de los fieles y videntes más carismáticos y cuyo integrismo amenazaba incluso a la misma Crucifixia en sus supuestas visiones místicas fueron desaparecieron.
Musshá sabía que aquellos videntes supuestos eran simples chinches que buscaban chupar todo lo que pudiesen sacar de aquellas situaciones milagreras.
Varios charlatanes carismáticos estaban por la labor de apoyar a la Baronesa en su obra milagrera adjudicándose por virtud de sus imaginaciones títulos de Patris, Sorors, fratellums y demás títulos seculares arguyendo experiencias religiosas que, según ellos y sus ciegos seguidores, probaban a las claras la igualdad de santidad de estos con la fuereña Baronesa.
Sí pudiese haber convencido a alguno de aquellos tenderos, comerciantes y advenedizos de aliarse con él la tarea hubiese sido un éxito. Pero los Milagros, estigmas, comunión divina, don de lenguas y curaciones misteriosas habían volcado a casi toda la localidad en un fanatismo violento y devoto de la eremita Santa,Y que la mojigata aquélla no se mostrase nunca a la luz del día tampoco mejoraba nada las posibilidades de Musshá.
El mundo estaba enloqueciendo. Ya nadie prestaba atención a las misteriosas muertes ya que muchos infortunados muertos comenzaban a mostrarse a los vivos, tanto en cuerpo cómo en espíritu. Las calles de Hurdenia le parecían más tétricas al ladrón, ni las hierbas de oriente solían aligerarle el pecho al salir a la calle. La paranoia fanática amenazaba invadir su alma, pero Musshá era más fuerte que aquello, siempre había sido un proscrito así cómo un pagano que había nacido bajo una religión del todo opuesta a los ritos de Dolia e incluso de Nodens. El era un seguidor de Baelzeor, el señor del desierto con cabeza de sabio y cuerpo de dragón y como todo seguidor de aquélla deidad había jurado odio eterno a Hyerosolimá y sus infieles.perversiones religiosas e idólatras, pero, obviamente aquello era su secreto. Tampoco era que el bandido fuese un ortodoxo Baelí, pero ya que podía asestarle un doble golpe a la Cruz, estaba feliz de cumplir su parte ante su Dios.
Y al parecer éste le había sonreído aquélla noche de Luna gibosa.
Las apariciones milagrosas y demás circo secular había ido decreciendo a medida que muchos de los fieles y videntes más carismáticos y cuyo integrismo amenazaba incluso a la misma Crucifixia en sus supuestas visiones místicas fueron desaparecieron.
Musshá sabía que aquellos videntes supuestos eran simples chinches que buscaban chupar todo lo que pudiesen sacar de aquellas situaciones milagreras.
Varios charlatanes carismáticos estaban por la labor de apoyar a la Baronesa en su obra milagrera adjudicándose por virtud de sus imaginaciones títulos de Patris, Sorors, fratellums y demás títulos seculares arguyendo experiencias religiosas que, según ellos y sus ciegos seguidores, probaban a las claras la igualdad de santidad de estos con la fuereña Baronesa.
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Sí aquélla
situación no lo afectará tanto, Musshá hasta habría disfrutado del espectáculo
de ver aquellos perros infieles matándose por aquellos motivos supersticiosos.
Bandas de feligreses se reunían alrededor de carismáticos videntes oportunistas
que recurrían a todo tipo de fenomenología milagrera para atribuirse dones
Santos. E incluso no faltaba aquel delirante megalómano que argüía ser el mismo
Prínceps Patri y que desde su choza sacralizada excomulgaba a diestra y
siniestra a quien le venía en gana vituperando incluso a la misma Santa
Crucifixia.
Aquello no acabó bien para el pobre diablo, el infeliz murió en la calle cosido a puñaladas por un fiel de Crucifixia Cultellus que no paraba de llamarlo blasfemo y apostata.
Hubo varios más de aquellos personajes, y los que no fueron asesinados por ciegos fanáticos suicidas fueron encerrados y ajusticiados por la orden de Inquirientes seculares por orden expresa del arcipreste Azkkara que no estaba dispuesto a soportar las idioteces de una sarta de oportunistas.
Pero la situación fue desgastándose más y más, un sacerdote ex comulgado de la orden Dolia había reunido un núcleo de seguidores fuertes y clamaba a todas voces que la santidad de Crucifixia era pura superchería. En un airado discurso, aquél hombre que respondía al nombre de Clemente Savola habría, sin quererlo, tocado la fibra de la Baronesa. El megalómano habría dejado esbozar entre líneas que Crucifixia era un negro agente del oscuro Nodens.
Las arengas públicas y desmanes provocados por los seguidores de aquel advenedizo hacían de su secta integrista la más peligrosa en el círculo inmediato de la futura Santa. Musshá asistió a la proclamación de la bula antisavoniana emitida por el mismo arcipreste Azkkara.
Aquel anciano gobernador borracho se había convertido en el más feroz protector y fiel devoto de Crucifixia luego de que ésta le devolviese la vida a su sobrina amada. Sobra decir que Crucifixia proyectaba su voluntad a través de la resurrecta ninfeta al viejo para que está la cumpliese ciegamente.
Pero Clemente fue más allá retando incluso a la Baronesa a salir a encararlo públicamente a sabiendas que la Baronesa no lo encararía. Era cierto. No fue Crucifixia quien salio a su encuentro. Sino el mismo gobernador y arcipreste Angello Azkkara.
Aquello no acabó bien para el pobre diablo, el infeliz murió en la calle cosido a puñaladas por un fiel de Crucifixia Cultellus que no paraba de llamarlo blasfemo y apostata.
Hubo varios más de aquellos personajes, y los que no fueron asesinados por ciegos fanáticos suicidas fueron encerrados y ajusticiados por la orden de Inquirientes seculares por orden expresa del arcipreste Azkkara que no estaba dispuesto a soportar las idioteces de una sarta de oportunistas.
Pero la situación fue desgastándose más y más, un sacerdote ex comulgado de la orden Dolia había reunido un núcleo de seguidores fuertes y clamaba a todas voces que la santidad de Crucifixia era pura superchería. En un airado discurso, aquél hombre que respondía al nombre de Clemente Savola habría, sin quererlo, tocado la fibra de la Baronesa. El megalómano habría dejado esbozar entre líneas que Crucifixia era un negro agente del oscuro Nodens.
Las arengas públicas y desmanes provocados por los seguidores de aquel advenedizo hacían de su secta integrista la más peligrosa en el círculo inmediato de la futura Santa. Musshá asistió a la proclamación de la bula antisavoniana emitida por el mismo arcipreste Azkkara.
Aquel anciano gobernador borracho se había convertido en el más feroz protector y fiel devoto de Crucifixia luego de que ésta le devolviese la vida a su sobrina amada. Sobra decir que Crucifixia proyectaba su voluntad a través de la resurrecta ninfeta al viejo para que está la cumpliese ciegamente.
Pero Clemente fue más allá retando incluso a la Baronesa a salir a encararlo públicamente a sabiendas que la Baronesa no lo encararía. Era cierto. No fue Crucifixia quien salio a su encuentro. Sino el mismo gobernador y arcipreste Angello Azkkara.
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Aquel día sería
conocido en la posteridad cómo el día de las hogueras Hurdenianas. En
Hyerosolimá guardarían una sola línea al respecto. Los juicios de Santa
Crucifixia.
El arcipreste Angello Azkkara estaba harto ya del autoproclamado Prínceps Patri Clemente Savola y sus desvaríos cada vez más furiosos y brutales contra Crucifixia y, siguiéndole el hilo al falso vidente, optó por un reto tan extremo que no podía menos que doblar al Hocicón aquel.
~ Veamos cuan Santo es el supuesto Prínceps Patri Clemente, le reto a probarlo por medio del fuego purificador, dos hogueras en las que ése fariseo infeliz amante del oro y yo arderemos. Sí el es en verdad Santo, ha de entrevistarse ante Lady Crucifixia. Pues no aceptaré prueba menor de santidad de ése perjuro.
La multitud quedó boquiabierta, aquel ritual era sólo para proscritos y blasfemos de los más reticentes, obviamente el fuego para brutos paganos no afectaría el espíritu Santo del bien varón Savola.
Angello Azkkara esperaba ante la hoguera que le habían reservado. A su lado, otra pira aguardaba para que el Santo sacerdote excomulgado y vocero de dios subiera al martirio por el fuego.
El viejo gobernador sonreía cruzado de brazos aguardando a que el falso profeta arribará, todo el gentío se agolpaba en aquel acto circense.
Y Tamir Musshá aprovecharía para infiltrarse en el palazzo de Crucifixia
El arcipreste Angello Azkkara estaba harto ya del autoproclamado Prínceps Patri Clemente Savola y sus desvaríos cada vez más furiosos y brutales contra Crucifixia y, siguiéndole el hilo al falso vidente, optó por un reto tan extremo que no podía menos que doblar al Hocicón aquel.
~ Veamos cuan Santo es el supuesto Prínceps Patri Clemente, le reto a probarlo por medio del fuego purificador, dos hogueras en las que ése fariseo infeliz amante del oro y yo arderemos. Sí el es en verdad Santo, ha de entrevistarse ante Lady Crucifixia. Pues no aceptaré prueba menor de santidad de ése perjuro.
La multitud quedó boquiabierta, aquel ritual era sólo para proscritos y blasfemos de los más reticentes, obviamente el fuego para brutos paganos no afectaría el espíritu Santo del bien varón Savola.
Angello Azkkara esperaba ante la hoguera que le habían reservado. A su lado, otra pira aguardaba para que el Santo sacerdote excomulgado y vocero de dios subiera al martirio por el fuego.
El viejo gobernador sonreía cruzado de brazos aguardando a que el falso profeta arribará, todo el gentío se agolpaba en aquel acto circense.
Y Tamir Musshá aprovecharía para infiltrarse en el palazzo de Crucifixia
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El bandido
Baelí salió a la calle envuelto en una túnica gris sus furtivos pasos
recorrieron las penumbrosa callejuelas. El fuego de la plaza central señalaba
el palazzo de Crucifixia, sí Tamir iba a actuar, debía hacerlo en ése instante,
todos los locos estarían mirando arder a los viejos hombres de fe mientras el
ladrón Baelí saqueaba las arcas de la falsa profetiza.
Con habilidad, Tamir se balanceo hacia un tejado bajo, pétreo y algo saliente por el cuál pudo ascender a los altillos.
Tamir comenzó a deslizarse por las cornisas de los edificios que rodeaban la plaza, abajo, más allá de la mirada de los curiosos, los ojos del arcipreste destellaban con la locura del fanatismo mirando arder el fuego sacro.
~ Sí el blasfemo resulta hallado culpable de perjurio, será lanzado al fuego junto a sus nobles antecesores, veremos sí esos reyes Arden mejor que éstos leños. - clamó el gobernador siendo vitoreado por los devotos de Crucifixia y duramente insultado por los faccionistas savonianos.
Tamir no perdió el tiempo, miró la entrada sudoeste del palazzo donde sólo había unos pocos guardias distraídos con la tragicomedia que se realizaba ante ellos.
Con habilidad, el ladrón bajó desde su alto punto de observación, el acceso sería un poco complicado aunque no tanto. Los relieves tallados en la rica del palazzo tenían una hipnótica apariencia viva, Tamir pensaba usarlas de aliadas ya que todos los seres de carne en Hurdenia habían perdido la razón por una demente sed de sangre ciega.
~ He sabido -dijo uno de los piqueros custodios encargados de vigilar la puerta mirando las piras de la plaza a su compañero de oficio. ~ que Savola no vendrá. Está en trance de comunión y dicen que profetizó que antes de mañana un dichoso milagro probaría, indivisiblemente que el era el emisario del Dios.
Su compañero, apoyado en su alabarda, rió de buena gana.
~ Sólo que el milagrito sea la muerte de su valedor, el arcipreste de Hellgabalium que le costeaba todo, desde vinos, mujeres, papeletas para sus locuras y permisivas para sus blasfemias. El burgués se fue de cabeza por el albañal del señor anoche antes de vísperas.
Tamir se deslizo como víbora entre las estatuas talladas hasta la entrada broncinea del palazzo.
Sonrió ante la ocurrencia del guarda y no se permitió reír hasta que la doble cerradura de uno de los ventanales se hubo cerrado tras su entrada.
~ De cabeza por el albañal del señor... - remedó en broma aquélla frase, imaginó al buen arcipreste deslizándose cabeza abajo por una reluciente rampa mármolea tapizada en mierdas hasta una saliente rocosa a unas miasmas salitrosas de aguas malas y otros desechos humanos. - cómo no hacen eso todos éstos puercos infieles de una vez. - reflexionó más seriamente el ladrón sacando de una Alforja corrediza atada a sus hombros un cincel puntiagudo reluciente de acero oscurecido por el uso y los años y un martillo caminando sigiloso por los pasillos tapizadas de gruesas alfombras.
La oscuridad empezó a volverse más densa a medida que la luz de las hogueras exteriores se iba quedando atrás de él.
Tamir se sintió un tanto cohibido, cosa que jamás le había sucedido desde sus mocedades. Notó la niebla de fragante incienso y aceites inidentificables, pero él, Baelí, poseía un olfato muy fino, más semejante al de los fieros dogos cazadores míticos de Baelzeor que a la de tímidos humanos mortales, debajo de toda esa pestilencia enervante, Tamir Musshá percibió él inequívoco perfume de la carne muerta y la sangre fresca.
La oscuridad pronto se aclaró un tanto al llegar a las cámaras bajas, debido a aquél descubrimiento olfativo, el bandido se decidió a guiarse por el olfato, el olor ahora evidenciaba una nota muy distinta, algo que hizo que al bandido se le erizara el vello de la nuca y que su piel broncinea se tornara tan pálida cómo el marfil.
~ Al-Ghul... - murmuró en su lengua materna asociando aquél olor a las leyendas de su tierra.
Tumbas abiertas largo tiempo al sol, agua estancada, carroña, heces secas y frescas, el olor de una tumba rellena de agua miasmica guardando el cadáver pútrido de una momia.
El olor de una maldad proveniente de los abismos de la muerte.
Al fin, el ladrón Baelí llegó a una salita oscura en la que sólo un trípode iluminaba un escritorio señorial ricamente tapizado.
Sonrió aliviado, sí en ése palazzo había demonios, el saldría sin molestarlos, pero había llegado ya muy lejos para irse sin nada. Tamir sólo allanaría aquél escritorio en busca de un tesoro, el que fuese, sí resultaba afortunado, podría salir de ahí con algo de metal macizo, en el peor alguna reliquia qué negociar cuando la Santa se fuese de Hurdenia con sus fanáticos seguidores.
Así pues, Tamir Musshá, ladrón Baelí caminó armado con su martillo y cincel hacia el exquisito mueble. No imaginaba el sonriente vividor Moreno qué su entera vida cambiaría a partir de ése momento, lo qué sería sólo un párrafo en la historia global sería un capítulo crucial de su vida.
Tamir se acercó confiado, grande fue su sorpresa al ver qué aquél escritorio no era tal, era una caja oblonga trabajada primorosamente para semejar la imagen de escritorio, un curioso ingenio artístico que Musshá apreció gracias a su noble oficio de catador de reliquias.
Contenía un cerrojo y otros artilugios sofisticados aunque ninguno podría resistirsele, en pocos golpes de martillo los cerrojos saltaron. Cuando la tapa de aquélla caja oblonga se elevó, Tamir retrocedió dando arcadas ante la pesada peste que brotó de la caja, hasta ése instante, la velada pestilencia parecía impregnar todo de manera sutil, y aún así era casi irrespirable, pero aquél hedor era inhumano, irresistible y mortífero. Era la insania total convertida en brisa mefítica.
Y la tapa de la caja oblonga giró hacia atrás con un apenas audible siseo de sus goznes argentinos. Una bruma rojiza de hedor brotó de la cuadratura aquélla que ahora parecía aún más, una boca al abismo.
El Baelí se dio cuenta de la estupidez realizada e intentó cerrar aquélla caja.
Cuando Tamir tomó la tapa para cerrarla no pudo evitar mirar el abismo contenido en tan estrecho espacio. Los ojos color miel de Musshá se abrieron desmesuradamente, su iris se contrajo en un sólo punto azorado y demente, todo su rostro era una dolorosa mueca de terror puro, un violento temblor convulso amenazó con hacerlo soltar la tapa de aquélla caja.
Un grito mudo. Esa era la expresión esculpida en la cara del bandido, una mueca similar a la de las gárgolas que le habían servido de ayudantes en su incursión en aquélla encantada sucursal del infierno.
~ Ibi cuvabit Lamia... -siseó quedamente Tamir mirando el interior de la caja.
Dentro, un hirviente caldo de sangre, vísceras, miembros mutilados y otras excreciones lo saludo elevando sus volutas de peste, manos, pies, cráneos descarnados, tripas y otras partes menos identificables de los humanos flotaban dentro de aquél caldo profano humeantes en sangre, pero lo que hizo que los cabellos y barbas negro azabache del Baelí encanecieran fue lo que se enseñoreaba en aquél tonel hermoseado por fuera y corrupto por dentro. Aquélla criatura raquítica de cabellos largos y rojos, de piel blanca nacarada y estriada de sangre e inmundicias en que el resto del cuerpo profano del ser se sumergía. Los ojos de aquélla criatura estática eran los de un demonio soñando el trance de la muerte. Las leyendas de sus ancestros y los cuentos de viejas de su tierra gritaron triunfales junto a el en un grito ronco y deliciosamente in crecendo que el Baelí dejó escapar.
Los ojos del ser parpadearon en un Angulo antinatural y las fauces se contrajeron en una mueca horripilante que parodiaba una sonrisa, los ojos felinos y hambrientos, lo enfocaron fijamente
Antes de que la criatura supiera lo que pasaba, el bandido colocó el punzón metálico, grueso y pesado contra el pecho del ente, entre dos resecas mamas semi momificadas y elevó el martillo apretando los dientes con las babas de la insania chorreados por las comisuras de sus labios
Tamir Musshá sabia que la cordura lo abandonaba cómo las ratas abandonaban la embarcación zozobrante, así que con todas su fuerzas físicas y psíquicas intentó aferrarla lo mas que pudiera, por lo menos hasta...
... Empalarle el corazón...
A Crucifixia...
Cultellus...
Lo siguiente que el bandido escucho fue el tintinear del martillo una vez tras otras, sintió su brazo subir y bajar y el sudor del esfuerzo refrescó un poco su afiebrada mente recordando la canción que Abuelo Sahid le había enseñado en su niñez, cuando era forzado a cuidar cabras junto a sus hermanos. La canción contra el espíritu de la noche.
A medida que su mente se alejaba de aquél ataúd y viajaba a las estepas de su niñez junto a su abuelo y hermanos, su mente fue adquiriendo valor. Sus pies se afianzaron y, no sin un extraordinario esfuerzo, Tamir Musshá recobró el ánimo.
La mano más firme y la resolución de un varón Baelí ardiendo en su pecho, Tamir clavo más certeramente el punzón en el pecho reseco aunque correoso de aquél ente necrófago.
La criatura soltó un chillido infernal jadeando, Musshá notó el rictus de dolor del ser lanzando martillado tras martillado, un tronido seco resonó en la caja torácica del ser y el punzón se hundió con facilidad escalofriante, dos, tres, cuatro golpes después y sólo un pequeño resquicio metálico asomaba del pecho escuálido y Albino.
Los ojos negro y rojo de la criatura estaban fijos en el techo, de ellos brotaban dos hilillos de sangre, de la boca abierta rezumaba una fétida materia purpurea Tamir retrocedió mirando la momia aquélla hundirse en la inmundicia fundiéndose en aquél miasma a los desechos de sus víctimas previas.
Tamir salió aún temblando, envejecido y con unos cuantos traumas que lo acompañarían desde ése momento hasta su último respiro, no sonreía, el bandido había perdido la capacidad de sonreír. Sí aquellas criaturas dirigían la insana fe que obligaba a quemar gente, torturar locos y adorar esos demonios enjoyados entonces no había que ser pecador muerto para saborear el infierno, aquél mundo de tinieblas ya lo era. Con oscuros pensamientos, Musshá atravesó la plaza ya sin cultarse, no miró de reojo a los dementes que arrojaban a un loc o vociferante de ego a las llamas junto a un montón de momias secas mientras la risa de Angello Azkkara resonaba entre las llamas cómo una aria a la insania.
Con habilidad, Tamir se balanceo hacia un tejado bajo, pétreo y algo saliente por el cuál pudo ascender a los altillos.
Tamir comenzó a deslizarse por las cornisas de los edificios que rodeaban la plaza, abajo, más allá de la mirada de los curiosos, los ojos del arcipreste destellaban con la locura del fanatismo mirando arder el fuego sacro.
~ Sí el blasfemo resulta hallado culpable de perjurio, será lanzado al fuego junto a sus nobles antecesores, veremos sí esos reyes Arden mejor que éstos leños. - clamó el gobernador siendo vitoreado por los devotos de Crucifixia y duramente insultado por los faccionistas savonianos.
Tamir no perdió el tiempo, miró la entrada sudoeste del palazzo donde sólo había unos pocos guardias distraídos con la tragicomedia que se realizaba ante ellos.
Con habilidad, el ladrón bajó desde su alto punto de observación, el acceso sería un poco complicado aunque no tanto. Los relieves tallados en la rica del palazzo tenían una hipnótica apariencia viva, Tamir pensaba usarlas de aliadas ya que todos los seres de carne en Hurdenia habían perdido la razón por una demente sed de sangre ciega.
~ He sabido -dijo uno de los piqueros custodios encargados de vigilar la puerta mirando las piras de la plaza a su compañero de oficio. ~ que Savola no vendrá. Está en trance de comunión y dicen que profetizó que antes de mañana un dichoso milagro probaría, indivisiblemente que el era el emisario del Dios.
Su compañero, apoyado en su alabarda, rió de buena gana.
~ Sólo que el milagrito sea la muerte de su valedor, el arcipreste de Hellgabalium que le costeaba todo, desde vinos, mujeres, papeletas para sus locuras y permisivas para sus blasfemias. El burgués se fue de cabeza por el albañal del señor anoche antes de vísperas.
Tamir se deslizo como víbora entre las estatuas talladas hasta la entrada broncinea del palazzo.
Sonrió ante la ocurrencia del guarda y no se permitió reír hasta que la doble cerradura de uno de los ventanales se hubo cerrado tras su entrada.
~ De cabeza por el albañal del señor... - remedó en broma aquélla frase, imaginó al buen arcipreste deslizándose cabeza abajo por una reluciente rampa mármolea tapizada en mierdas hasta una saliente rocosa a unas miasmas salitrosas de aguas malas y otros desechos humanos. - cómo no hacen eso todos éstos puercos infieles de una vez. - reflexionó más seriamente el ladrón sacando de una Alforja corrediza atada a sus hombros un cincel puntiagudo reluciente de acero oscurecido por el uso y los años y un martillo caminando sigiloso por los pasillos tapizadas de gruesas alfombras.
La oscuridad empezó a volverse más densa a medida que la luz de las hogueras exteriores se iba quedando atrás de él.
Tamir se sintió un tanto cohibido, cosa que jamás le había sucedido desde sus mocedades. Notó la niebla de fragante incienso y aceites inidentificables, pero él, Baelí, poseía un olfato muy fino, más semejante al de los fieros dogos cazadores míticos de Baelzeor que a la de tímidos humanos mortales, debajo de toda esa pestilencia enervante, Tamir Musshá percibió él inequívoco perfume de la carne muerta y la sangre fresca.
La oscuridad pronto se aclaró un tanto al llegar a las cámaras bajas, debido a aquél descubrimiento olfativo, el bandido se decidió a guiarse por el olfato, el olor ahora evidenciaba una nota muy distinta, algo que hizo que al bandido se le erizara el vello de la nuca y que su piel broncinea se tornara tan pálida cómo el marfil.
~ Al-Ghul... - murmuró en su lengua materna asociando aquél olor a las leyendas de su tierra.
Tumbas abiertas largo tiempo al sol, agua estancada, carroña, heces secas y frescas, el olor de una tumba rellena de agua miasmica guardando el cadáver pútrido de una momia.
El olor de una maldad proveniente de los abismos de la muerte.
Al fin, el ladrón Baelí llegó a una salita oscura en la que sólo un trípode iluminaba un escritorio señorial ricamente tapizado.
Sonrió aliviado, sí en ése palazzo había demonios, el saldría sin molestarlos, pero había llegado ya muy lejos para irse sin nada. Tamir sólo allanaría aquél escritorio en busca de un tesoro, el que fuese, sí resultaba afortunado, podría salir de ahí con algo de metal macizo, en el peor alguna reliquia qué negociar cuando la Santa se fuese de Hurdenia con sus fanáticos seguidores.
Así pues, Tamir Musshá, ladrón Baelí caminó armado con su martillo y cincel hacia el exquisito mueble. No imaginaba el sonriente vividor Moreno qué su entera vida cambiaría a partir de ése momento, lo qué sería sólo un párrafo en la historia global sería un capítulo crucial de su vida.
Tamir se acercó confiado, grande fue su sorpresa al ver qué aquél escritorio no era tal, era una caja oblonga trabajada primorosamente para semejar la imagen de escritorio, un curioso ingenio artístico que Musshá apreció gracias a su noble oficio de catador de reliquias.
Contenía un cerrojo y otros artilugios sofisticados aunque ninguno podría resistirsele, en pocos golpes de martillo los cerrojos saltaron. Cuando la tapa de aquélla caja oblonga se elevó, Tamir retrocedió dando arcadas ante la pesada peste que brotó de la caja, hasta ése instante, la velada pestilencia parecía impregnar todo de manera sutil, y aún así era casi irrespirable, pero aquél hedor era inhumano, irresistible y mortífero. Era la insania total convertida en brisa mefítica.
Y la tapa de la caja oblonga giró hacia atrás con un apenas audible siseo de sus goznes argentinos. Una bruma rojiza de hedor brotó de la cuadratura aquélla que ahora parecía aún más, una boca al abismo.
El Baelí se dio cuenta de la estupidez realizada e intentó cerrar aquélla caja.
Cuando Tamir tomó la tapa para cerrarla no pudo evitar mirar el abismo contenido en tan estrecho espacio. Los ojos color miel de Musshá se abrieron desmesuradamente, su iris se contrajo en un sólo punto azorado y demente, todo su rostro era una dolorosa mueca de terror puro, un violento temblor convulso amenazó con hacerlo soltar la tapa de aquélla caja.
Un grito mudo. Esa era la expresión esculpida en la cara del bandido, una mueca similar a la de las gárgolas que le habían servido de ayudantes en su incursión en aquélla encantada sucursal del infierno.
~ Ibi cuvabit Lamia... -siseó quedamente Tamir mirando el interior de la caja.
Dentro, un hirviente caldo de sangre, vísceras, miembros mutilados y otras excreciones lo saludo elevando sus volutas de peste, manos, pies, cráneos descarnados, tripas y otras partes menos identificables de los humanos flotaban dentro de aquél caldo profano humeantes en sangre, pero lo que hizo que los cabellos y barbas negro azabache del Baelí encanecieran fue lo que se enseñoreaba en aquél tonel hermoseado por fuera y corrupto por dentro. Aquélla criatura raquítica de cabellos largos y rojos, de piel blanca nacarada y estriada de sangre e inmundicias en que el resto del cuerpo profano del ser se sumergía. Los ojos de aquélla criatura estática eran los de un demonio soñando el trance de la muerte. Las leyendas de sus ancestros y los cuentos de viejas de su tierra gritaron triunfales junto a el en un grito ronco y deliciosamente in crecendo que el Baelí dejó escapar.
Los ojos del ser parpadearon en un Angulo antinatural y las fauces se contrajeron en una mueca horripilante que parodiaba una sonrisa, los ojos felinos y hambrientos, lo enfocaron fijamente
Antes de que la criatura supiera lo que pasaba, el bandido colocó el punzón metálico, grueso y pesado contra el pecho del ente, entre dos resecas mamas semi momificadas y elevó el martillo apretando los dientes con las babas de la insania chorreados por las comisuras de sus labios
Tamir Musshá sabia que la cordura lo abandonaba cómo las ratas abandonaban la embarcación zozobrante, así que con todas su fuerzas físicas y psíquicas intentó aferrarla lo mas que pudiera, por lo menos hasta...
... Empalarle el corazón...
A Crucifixia...
Cultellus...
Lo siguiente que el bandido escucho fue el tintinear del martillo una vez tras otras, sintió su brazo subir y bajar y el sudor del esfuerzo refrescó un poco su afiebrada mente recordando la canción que Abuelo Sahid le había enseñado en su niñez, cuando era forzado a cuidar cabras junto a sus hermanos. La canción contra el espíritu de la noche.
A medida que su mente se alejaba de aquél ataúd y viajaba a las estepas de su niñez junto a su abuelo y hermanos, su mente fue adquiriendo valor. Sus pies se afianzaron y, no sin un extraordinario esfuerzo, Tamir Musshá recobró el ánimo.
La mano más firme y la resolución de un varón Baelí ardiendo en su pecho, Tamir clavo más certeramente el punzón en el pecho reseco aunque correoso de aquél ente necrófago.
La criatura soltó un chillido infernal jadeando, Musshá notó el rictus de dolor del ser lanzando martillado tras martillado, un tronido seco resonó en la caja torácica del ser y el punzón se hundió con facilidad escalofriante, dos, tres, cuatro golpes después y sólo un pequeño resquicio metálico asomaba del pecho escuálido y Albino.
Los ojos negro y rojo de la criatura estaban fijos en el techo, de ellos brotaban dos hilillos de sangre, de la boca abierta rezumaba una fétida materia purpurea Tamir retrocedió mirando la momia aquélla hundirse en la inmundicia fundiéndose en aquél miasma a los desechos de sus víctimas previas.
Tamir salió aún temblando, envejecido y con unos cuantos traumas que lo acompañarían desde ése momento hasta su último respiro, no sonreía, el bandido había perdido la capacidad de sonreír. Sí aquellas criaturas dirigían la insana fe que obligaba a quemar gente, torturar locos y adorar esos demonios enjoyados entonces no había que ser pecador muerto para saborear el infierno, aquél mundo de tinieblas ya lo era. Con oscuros pensamientos, Musshá atravesó la plaza ya sin cultarse, no miró de reojo a los dementes que arrojaban a un loc o vociferante de ego a las llamas junto a un montón de momias secas mientras la risa de Angello Azkkara resonaba entre las llamas cómo una aria a la insania.