El Culto a Domina Cultellus
«Seguí al Demonio, este me hablaba de asesinatos, suicidios, depravaciones y todos los pecados que engrosan las filas del Infierno. Lanzaba hórridas carcajadas. Había en la siniestra ironía del maligno algo de fatal que me dominaba.»
Alexandre Dumas - Historia de un Muerto narrada por el mismo.
Libro Único
Capitulo Primero
~ I ~
Domina Cultellus era una de esas almas pérdidas marcadas por el signo de la fatalidad desde su primer aliento, su nacimiento fue un hecho anunciado por terroríficos Milagros. Una bandada de palomas murieron dejando el atrio de la Ecclesia Mayor de Cuatro Cruces lleno de cadáveres y mierdas de paloma.
Varias lunas de sangre seguidas de un eclipse no anunciado dieron a su fin cuando la futura Sibila nació en la opulencia del castillo de los Barones Cultellus.
Nació poco antes de medianoche en Saturnales consolidándose como un espíritu fogoso y libertino así como inclinado al desenfreno.
Su ambivalencia de género causó que su noble padre, Hyerolamus D'Hermès, Barón de Cultellus encaneciera prematuramente, no ayudó que su nacimiento fuese seguido por mas eventos oscuros y terribles. Dos Ecclesias ancestrales edificadas en madera cuatro siglos atrás ardieron la noche de su alumbramiento, una treintena de personas, adscritas a una secta pagana clandestina que tenía al oscuro dios abismal Nodentis, se colgaron del puente entre Montesombra y Cuatro Cruces tras pasar una semana de predicas anunciando algún evento glorioso.
En los manicomios los casos de histeria y psicosis se intensificaron con un salvajismo nunca antes visto. Durante la temporada vernal hubo casos de plaga y varias lunas de sangre bañaron con sus mortuorios rayos las tierras oníricas del feudo.
La heredera de los barones Cultellus no fue formalmente presentada debido a su deformidad de nacimiento, ya que ésta impedía a los padres definirla como doncella o efebo.
Siempre conflictiva y por demás inquieta, abrazó la vida licenciosa del vicio desde muy joven iniciándose en la vida libertina por medio del soborno a sus criadas y criados.
Durante su reclusión temprana, Domina llegó a recibir una educación que pocos en el feudo podían aspirar a recibir, aprendió la gramática así como lenguas antiguas y extranjeras, el álgebra y la geometría, la matemática y la heráldica. Fue instruida además en varios ejercicios nobiliarios, la halconería, la caza, el tiro con arco, con ballesta, la esgrima, la equitación, el baile, la cata de vinos e historia del arte, pero sin duda, lo que más dominaba aquélla hechicera, era la retórica y la oratoria.
Quiso el demonio que aquélla chica hallara entre sus lecturas, negras referencias a las artes oscuras, Domina era bastante espigada e inteligente, por sus propios medios comenzó a recolectar libros de hechicería, grimorios y libros de ciencias naturales, prohibidas y mecánicas. A escondidas, la bruja primeriza encontró referencias a la magia tántrica, las podes sensuales y el desgaste por medio de la magia sexual la atrajo, dada la hechicera llamada de sirena del sexo en el cerebro adolescente.
A sus quince abriles era poseedora de una considerable fortuna debida a años de dedicación medio encubierta al oficio de meretriz. Eso y su naturaleza astuta le permitieron granjearse un séquito de amigos bien colocados en las altas esferas del poder tanto real como secular al grado de no resentir el ser echada de su casa ignominiosamente tras saberse de su vida secreta libertina.
Domina era una joven de hermosos y frescos rasgos que aprendió a cultivar gracias a los consejos de la mamasanta mayor del prostíbulo donde oficiaba tras ser expulsada del hogar paterno.
De ojos profundos, verde Esmeralda con una ligera línea avellana en el izquierdo, rojos caireles cayendo en sus nobles brazos y de una dureza de rasgos encantadora tanto para hombres como mujeres.
No era extraño que Domina frecuentase a señoritas de alcurnia libertinas, viudas y gobernantas por igual que condes, banqueros y políticos. Pese a su juventud, la joven meretriz sabía que la fortuna estaba no sólo en el poder de sus sexos, sino en la influencia que ganase mediante ellos.
Y Domina llegó a los veintiséis años rica y con gran influencia política en los actos de la Villa de las Cuatro Cruces.
La joven además había entrado en el hermético mundo de las artes secretas, las mancias de los antiguos fueron su catecismo, los grimorios malditos fueron su abecé y los demonios sus maestros.
Por aquellos remotos años, aún más paganos y fanáticos, se corrían las mil leyendas que hablaban de las antiguas Soirées D' Akelarre, Los Bailes en el Campo del Macho Cabrio, y de cómo el tétrico señor de todos los cementerios se manifestaba ante su séquito de almas pérdidas.
Domina había entrado en contacto con una rama oscura y clandestina del culto del bosque negro. Una bruja gitana, Madamme Ravennà, la puso en contacto con el Hombre Negro del Sabbath, el oscuro sacerdote oficiante de los cultos brujeriles a cambio de protección y asilo.
Por él aprendió a conjurar fuerzas aún más oscuras que las que habían guiado su existencia hasta entonces. Y fue por medio de aquel ente de piel de ébano y rasgos indefinibles que se decidió a vender sus Manes al Maligno.
Selló su pacto con el señor de los abismos a cambio de juventud, poder y fortuna, una nadería para él barón del destierro. Antes de que él gallo cantase tres veces aquélla mañana posterior a la Noche de San Juan, a la maisson d'etrè en la que vivía, llegó la misiva para Domina en que el audittore de su padre le anunciaba la muerte del Barón de Cultellus. Domina habíase quedado con toda su herencia.
De la noche a la mañana, Domina Cultellus había sumado una fortuna aún mayor a la que ya poseía, aumentando además, tierras de riego, temporales y zonas de monte así como las rentas anuales de varias fincas y zonas residenciales de caza al estado y la Ecclesia. Así como el título de Baronesa de Cultellus.
Domina se quedó asombrada ante aquel giro en la decisión paterna para cederle todas sus posesiones así cómo sus títulos nobiliarios a pesar de su harto mancillada reputación de puta.
Tal era la voluntad del oscuro emperador de la noche. Domina Cultellus ahora era Baronesa y Señora en la Villa de las Cuatro Cruces.
Tras su nombramiento y unción nobiliaria, la ahora Baronesa decidió pasar un año sabático en una de las abadías de su familia.
Los amigos y clientes reputados de Domina pusieron entonces énfasis especial en restaurarle el honor a la bruja de veintiséis años. Veían en aquélla criatura lujuriosa y astuta una poderosa aliada a la que convenía tener al lado. Así pues, los primeros meses tras ser nombrada Baronesa, comenzaron las obras de restauración de templos, liceos, calles y monasterios. Domina habilitó una red de altos templos y abadías góticas rodeando la comarca entera de Cuatro Cruces a manera de un cerco especial Unidas.por callejuelas empedradas hermoseada por puentes góticos de arco cubiertas de relieves primorosos. La gente asintió piadosamente, y hasta los más recalcitrantes en aceptar a la anterior atleta de Citeres como noble mecenas hubieron de aceptar que Domina buscaba redimirse.
Nada más alejado de la verdad.
Conocedora de los ángulos místicos capaces de abrir puertas a través de lo que los ancianos del desierto denominaban "singularidades lineales ley" hacia desconocidas regiones de la existencia, Domina Cultellus colocó en puntos clave dichos templos y abadías.
Los torreones y templos iban alzando sus chapiteles hacia el infinito al tiempo que la Villa comenzaba a ver una prosperidad como jamás había visto hasta entonces. Domina además ayudó a alzar un Liceo universitario juntamente con los condes de Montesombra y de otros condados adyacentes en busca de aumentar su acervo de conocimientos y con propósitos aún más tenebrosos aguardando a la espera.
El que mora en las alturas habría contemplado la geometría de pesadilla y el símbolo infame que la Baronesa blasfema había formado en su tierra con enclaves supuestamente sagrados. Un signo de muerte que invocaba a un oscuro e ignoto ente ancestral a su tierra. El llamado Nodentis
Y el oscuro desconocido llegó a la Villa de Cuatro Cruces con los primeros vientos de abril. Cuando las lluvias asolaban la melancolía del valle de Vierzeiten
~ II ~
La Baronesa Domina Cultellus había estado él día entero esperando la respuesta a dos misivas que había redactado y despachado él día anterior. Una de ellas, elegantemente redactada en una fina letra de mujer en papel perfumado, había sido enviada a la abadía de Santa Thèlema, a Soror Anne Mariè. Una novicia de diecisiete años a la qué había impresionado en los oficios de tinieblas a los que asistía falsamente para engañar al pueblo.
La joven, conmovida y asustada por los modos regios y fríos de la noble, había cedido a los deseos de la Baronesa en algunas ocasiones. en la privacidad de la celda de la Soror, con pretexto de recibir el Sacramentum Confession amparadas por el secreto.
La otra carta, era de un carácter muy diferente, tanto por su redacción cómo su asunto a tratar. Era para un noble llegado de fuera que solicitaba una audiencia con ella. El Conde De L'Autremonde*.
Domina conocía bien el verdadero nombre de aquel misterioso fuereño, y sabía lo que aquello significaba.
Había llegado la hora de su bautizo oscuro y su nombramiento cómo emisaria del abismo. La Baronesa sabía que aquel trato a cambio de poder y riqueza llevaba consigo la promesa de un pago, y éste era un encargo, una misión qué Domina tenía que cumplir pese a todo, salvo aquel condicionante, la Baronesa era libre de obrar como le dictase su negro corazón.
Estaba ansiosa por la segunda, conocía bien la respuesta a la primera como para prestarle atención. Pero sí que la intrigaba saber qué encomienda terrible le asignaría su oscuro patrón.
Y llegó la respuesta a está primero.
Un sobre negro sellado con un escudo de armas brutal y de oscuro significado con olor a incienso de violetas.
«La noche de Walpurgis, alístese para entrevistarse con este ilustre fuereño qué viene de lejos a prestarle honor. Un coche la buscará antes de medianoche para llevarla al castillo de L'Autremonde.»
Tres estrellas en vez de firma.
Domina Cultellus supo qué no pasaría de aquélla noche profana sin que su existencia no diese un giro radical. Un propósito oscuro se avecinaba y la bruja no sabía hacia donde, aunque no temía. Al contrario, estaba ansiosa.
~ III ~
Los días transcurrieron en ensueños de drogas e inciensos, la Baronesa había secuestrado a la novicia, silenciado toda protesta con su oro inmundo y se había encerrado en un castillo alejado aunque bien abastecido con está. En esa plácida isla tan lejana a la civilización,
Domina había optado por pasar todos los días que le quedasen antes de su entrevista con su oscuro contratante, perpetuamente entregada a sus más negros impulsos. Saciando su sed de lujuria con Soror Anne Mariè cada vez que lo deseara ocupando su demás tiempo en elevar volutas de humo de opio drogando a su ya de por sí atontada víctima. La desdichada monja estaba perdida, completamente sumida en un trance opiáceo en que Domina la mantenia. La joven novicia odiaba e idolatraba a partes iguales aquélla criatura que le arrancaba suspiros de miedo, dolor, placer y éxtasis a fuerza de violentos orgasmos.
La Baronesa además, saciaba su sed de violencia contra otras tantas infortunadas que había secuestrado del asilo para locas en vez del convento azotándolas y torturandolas de modo inhumano dejándolas a veces en los puros huesos, enloqueciéndolas aún más allá de sus ya fragmentadas psiques.
La noche de Samhain de aquel año de tinieblas en Cuatro Cruces, Domina Cultellus se encontraba sobre el cuerpo trémulo y sudoroso de su amante, sus caderas se bamboleaban con flexible naturalidad, sus bufidos eran silenciados por los gemidos de dolor y placer de Anne Mariè, la luz de la vela aromática iluminaba la tiniebla de la recamara, una mezcla del olor a violetas, sudor y sexo inundaba el ambiente caldeado. Domina apresuró sus arremetidas al sentir el estrecho altar de Venus de la novicia trémula apretando su erecto ariete de piel. La quijada tensa por el esfuerzo del hermafrodita emitió un tronido de placer al sentir cómo la temblorosa chica apretaba más su estaca de lujuria.
Afuera el viento de la noche tormentosa soplaba con violencia. Mal la pasaría quien careciese de techo a todas vistas.
Una tempestad asolaba el feudo, era una embrujada noche de terror y misterio.
Las gárgolas del castillo Cultellus vomitaban ríos de agua de cielo contemplando desde las salientes de los tejados góticos y las torres altivas e inmemoriales.
Domina aumentó la violencia frenética de su cópula a un punto inaguantable, el tálamo de su recamara rechinaba con violencia al unísono tronar de su piel con la de Anne Mariè, la Baronesa apretó las quijadas dejando escapar un quejido de animal herido al alcanzarla el agónico momento del orgasmo liberador. A cada golpe de caderas, la delicada Soror soltaba quejiditos ardientes a los oídos de Domina Cultellus.
La tempestad continuo hasta cerca de la medianoche, cuando un carruaje negro tirado por recios corceles negros arribó al castillo de Cultellus.
El cochero fantasmal se presentó ante el tembloroso y desvelado portero con una tarjeta en la que únicamente brillaban tres estrellas en lugar de firma.
~ IV ~
Domina viajaba en la noche por una vereda que no reconocía, la Baronesa conocía bien las sendas que salían y entraban de Cuatro Cruces, y de todas, la única que se le antojaba que seguía en el carruaje era una que atravesaba el.camposanto antiguo.
Domina miró a la luz de los relámpagos, blancas siluetas óseas se erguian en montículos como enanos terribles; agazapados esperando saltar sobre el incauto. Eran lápidas tan viejas que ya ni eran legibles.
La bruja había oído leyendas acerca de aquella tierra y el por qué habían abandonado aquél cementerio y buscado un nuevo sitio donde sepultar sus muertos.
El carruaje continuó el viaje en tinieblas bajo el ruido de la lluvia hasta que escuchó el sonido amortiguado de los cascos sobre el puente de madera de un castillo.
Transcurrieron escasas formalidades entre la Baronesa y los siervos de su anfitrión antes de que un criado con librea acudiese a anunciar la presencia de la noble.
Al poco, Domina era instalada frente a una mesa regia atestada de manjares exóticos así como de gran colorido, variedad y olor exquisito.
El Conde de L'Autreamonde apareció por una puerta enfundado en una negra levita con forro púrpura, Magnánimo, presumía en los labios una sonrisa de soberbia.
Era el Conde un hombre pálido de ojos astutos y mirada torva en azúl, labios sensuales que destacaban en su alba faz debido a lo encarnado de éstos. En apariencia delgado con una cabellera negra azabache sujeta en una cola de caballo sujeta por un listón purpúreo, nariz aguileña y expresión sombría llevaba escrito en la frente que era un ser de extraordinarias infamias.
La entrevista fue breve pero tan intensa que la bruja jamás olvidaría aquélla noche en los años que le restaron a su breve e intensa existencia, hubo dramaturgos arruinados que intentaron vislumbrar por medio de drogas aquélla asamblea de ensueño entre una bruja y el señor del destierro.
Sean cuales fueren las banalidades dichas en aquélla entrevista, sólo quedó en claro que la noble buscaba poder y riquezas así como gran sabiduría en las artes más negras, el sonriente señor oscuro asintió satisfecho, gozoso de tener una alumna que mostraba tanto entusiasmo por aprender las sendas del Averno.
A cambio, una sola cosa.
Restaurar el viejo culto a los Dioses tenebrosos que dormitaban bajo las aguas, bajo los valles, fuera, entre las estrellas y más allá de éstas.
~ V ~
Luego de esa noche, Domina Cultellus comenzó a ejercer en secreto el oficio de bruja. Convenció en secreto a varias de sus cortesanas de que ella era una maga instruida en las Mancias y filtros amatorios y de «herencia» más prohibidos y eficaces ofreciéndoles sus servicios oscuros. No era raro que las cortesanas de Cuatro Cruces y del feudo entero en general, tuvieran varios galantes caballeros alrededor, y las celosas nobles echaban mano de cuanto podían para asegurar la fidelidad de sus franchutes de turno hasta que se hartaban y los despachaban, si los vividores se rehusaban amenazando con exhibir la moral de la dama, era seguro que el monigote terminaría silenciado por algún filtro preparado por la mismísima hechicera Cultellus. Aunque no eran los únicos que perecían por algún filtro de aquellos, los de «herencia», como los llamaban por lo bajo, servían para enviar a los longevos cabeza de familia de cabeza por el albañal del señor a la brevedad, dejando libre el paso a las generaciones ansiosas de poder y fortuna.
Domina Cultellus además aconsejaba a las damas de su corte acerca de lo provechosos que eran sus filtros para heredar a la brevedad y así asegurar tanto devotas, aliados y clientes, si alguna de sus nobles tenía algún padre de ilustres blasones y generosas arcas, o algún marido viejo propietario de una caja sustanciosa y varias heredades, el consejo era el mismo. Sobrevivirles a la brevedad posible.
Además de aquello, la bruja les proporcionaba lecturas de cartas y de mano así como una larga lista de Mancias, hechizos, rituales y demás prácticas complementando todo con sus artes sensuales de seducción.
La bruja Cultellus no temía que se descubriera aquello, después de todo, como se había enterado, habia una verdadera logia oculta infernal reservada para nobles libertinos únicamente.
Las Lucis Tristis o Luces Furiosas.
La baronesa había comenzado a ganarse fama de adivina en aquélla hermandad oscura de nobles, ricos y potentados. Escudada en la discreción que su jerarquía en aquélla sorority infernal le daba, la Baronesa practicaba las Mancias más comunes entre los paganos e incluso algunas que ni éstos conocían granjeándose poderosas alianzas.
Entre las más asiduas a las lecturas de cartas de la baronesa estaban varias señoritas de alcurnia y señoras muy principales. Sería paradójico para el observador notar como las señoritas de Chevrese, o la viuda de Gerardhese corrían tras los pasos infernales de tal Furia en secreto y aferraban la Cruz tan fanáticamente en público.
Los pasos de la Baronesa Domina Cultellus guiaban una procesión siniestra de ciegos en pos de la Muerte, en un culto sanguinario dónde la sangre era la moneda corriente, la automutilación el ritual y el dolor... El precio de la Salvación.
