Libro Cuatro - Martur Sacrifículum
~ I ~
A sólo
algunas leguas de distancia de Cuatro Cruces, un monasterio eleva altos
torreones enclaustrados a las alturas, es uno de los muchos monasterios donde
decenas de mujeres iban a recogerse en una vida de celibato y virtud
verdaderos.
Almas
alejadas del mundo que, en medio de lo agreste de un rocoso terreno duro de
escalar, solían entregarse a la meditación y estudio de ciencias tan extrañas,
blasfemas, maravillosas y terribles, a veces resultando en la locura para
alguna impreparada novicia, aunque, dicho sea de paso, aquello era bastante
escaso.
No sólo
eran estudiosas de ciencias que los Dolias condenaban, sino que además
concedían la virtud de la ordenanza a sus Sorors, las hermanas de la orden
Isdélica eran, además, guerreras, expertas en herbolaria, venenos y
contravenenos, lingüistas, sacerdotisas y exorcistas.
La orden
Isdélica, tanto en su rama Eremita como la Monacal habían contemplado los obscuros
prodigios que auguraban la llegada del Satánico Emisario de Nodens.
La Mátrici
Mara Tristis había recibido una misiva enviada por el Fratellum Valeria, prior
de los Eremitas del Sur.
En ella, el
anciano le explicaba de los hechos acaecidos en Cuatro Cruces, de los símbolos
en las estrellas, de extraños nacimientos deformes, de una luna de sangre y la
aparición de un cometa no documentado.
La Soror
tembló en sus adentros, pero mantuvo la compostura, garrapateó una respuesta
apresurada a su hermano de fe y luego ató el mensaje en un cuervo mensajero. La
priora miró el cielo sangriento que brillaba sobre el feudo y soltó al cuervo.
Sabía que
Valeria enviaría a sus trece Fidayz tras la pestilente invocadora de muertos,
así que ella debía hacer lo propio, igual que el anciano Valeria en su ermita,
la Soror Mara debía escoger trece leonas de su rebaño, las mejores luchadoras
contra demonios, espectros y poseídos para encerrar al gran mal que amenazaba
al mundo.
La mujer
rezó a Ísdelis pidiéndole claridad de juicio al momento de elegir, según el
Oráculo de los Maleficios, aquél conjurador tendría poder y potestad sobre
muertos y perdidos, con esto en mente, debía jugar sus cartas con sabiduría.
Sacó de un
cajón en su escritorio de ébano un rosario de seis Misterios y doce cuentas por
Misterio así como una Baraja De Thoth, la buena monja iba a leer el futuro en
los Triunfos Negros.
~ II ~
El feudo de
Cuatro Cruces comenzó lentamente a encantarse a causa de las obscuras y
continuas brujerías de la Baronesa Cultellus.
Por
aquellos siniestros días, la loca Crucifixia había adquirido una colección de
manuscritos grabados en cuero de macho cabrío con dibujos, rezos, fórmulas y
ominosos secretos inenarrables que, ni tarda ni perezosa, la demente noble
comenzó a ejercitar aquel brujeríl grimoire.
Fue cuando
comenzaron las profanaciones más atroces jamás vistas.
Si bien,
Crucifixia solía desenterrar cadáveres antaño para satisfacer su hambre
antropófaga, ahora sólo se dedicaba a devorar a aquellos que acusaba y ajusticiaba
por causas falsas y que luego execraba públicamente, pero, tras hallar en el
Grimoire el modo de obtener el saber prohibido de los Muertos, Crucifixia se
dio a perfeccionar.
Había
aprendido por el esclavista la fórmula de obtener Bokkores y Zekkes, siervos
muertos carentes de voluntad, pero el libro le prometía a la perversa poder
recombinar las sales de los muertos y darles forma, voz e inteligencia, aunque
sugería muy puntualmente no llamar algún hijo perdido de la Muerte más poderoso
que el conjurador.
Crucifixia
se relamió los labios al imaginar las riquezas que podía obtener de aquellos
viejos avaros que se fueron a los abismos sin revelar dónde guardaban sus
tesoros, viudas solitarias que expiraron repentinamente sin decir detrás de qué
baldosas escondieran los títulos de sus heredades.
Y comenzó
sus conjuros tétricos en las obscuras noches mandando algunas Zekkes a
desenterrar a uno u otro ciudadano ilustre de Cuatro Cruces al cuál podría
sacarle provecho.
Y las
noches se llenaron de gritos, de llantos, del tintinear de cadenas y del
rechinar de dientes.
Las
sórdidas y tenebrosas calles empedradas del feudo estaban solas en las noches.
Las farolas
proyectaban una luz fría en las piedras blancas, testigos de horrores mientras
las muertas desenterraban ataúdes para llevar el impuro tesoro a su cruel y
enloquecida señora.
Crucifixia
Cultellus, Baronesa Inquirente y Primma Condenatrix de Cuatro Cruces tuvo
entonces un tiempo de prueba, tras muchas denuncias, la noble decidió dar unas
palabras desde el dorado púlpito del coro de la Chapelle des Martyr donde se
comprometió a entregarles a los vampiros responsables de las execraciones de
las tumbas del Pantheón y el Criptorium, la Leichenhaus, con sus muertos
frescos a la espera de su lugar en la tierra sagrada del cementerio no habían
sido incomodados en su sueño.
Pues su
obscura búsqueda y dementes experimentos habían sido perfeccionados
satisfactoriamente.
Las
apariciones fantasmales no se hicieron esperar, a la luctuosa luz de los
extraños bulbos fosforescentes que coronaban las farolas, negros bultos solían
vagar de una calle a otra, embrujando jardines y prados con sus tenebrosos
paseos de ultratumba.
Y los
rumores inconfirmados de extraños rituales en lo profundo del bosque
circundante. Cánticos lúgubres y terribles ecos ultraterrenales inundaron las
hondonadas y valles colindantes.
Y acaeció
entonces que hubo un parto cuyo producto fue un ente antinatural, albo, sin
ojos, con colmillos y seis dedos en vez de cinco en las manos, en los pies,
sólo tres frontales y uno opuesto similar a los de los pollos, pero con la
textura escalofriantemente humana en su largo y piel.
La gente
cayó entonces en un fervor fanático rayano en la locura, procesiones
interminables paseando reliquias traídas de otros feudos, rezando Ángelus y el
Rosario diaria y puntualmente, flagelantes anónimos y encapuchados recorrían
las embrujadas calles azotándose con flagelos coronados por garfios ígneos a
fin de exorcizar las fuerzas oscuras con su abjuración física.
Pero
Crucifixia sabía bien que la sangre era el alimento de los demonios, la moneda
del reino obscuro.
Rezanderas
fanáticas, beatas y medias locas acudieron entonces a Crucifixia, la Santa que
había hermoseado y erigido templos, calles y cementerios así como restaurar las
calles.
Y ahí, la
habilidosa y viperina lengua de Crucifixia obró Milagros ante las congregadas,
la charlatana bruja fingía éxtasis beatíficos y visiones religiosas donde,
ángeles y santos le contaban secretos, y en privado, la Baronesa les murmuraba
a cada una de aquellas beatas fanatizadas secretos que la bruja les habría
arrancado a sus muertos.
Muchas de
las mujerucas aquellas, maravilladas por aquello cedían a cualquier cosa que la
loca les ordenase.
Crucifixia
entonces apartaba aquellas que su lívido le exigiese para sí y las sometía a
los caprichos de su lujuria.
Ser una
hermosa doncella no era un requisito para esto, de hecho, la Baronesa Cultellus
solía elegir a las santurronas mayores, momias flacas de sexos secos o gnomas
sebosas y apretadas con las que se entregaba a su frenesí sexual siempre
insaciable, si las mujerucas solían asombrarse ante su condición, la Baronesa
recurría a las escrituras donde los profetas hablaban de la naturaleza
andrógina de los ángeles fluctuante y ambivalente.
Y las santurronas
beatas la adoraron aún más, Crucifixia logró anotarse entonces un gran acierto,
ahora contaba con una feligresía viva, escasa, pero viva.
Y aquello
comenzó a agradarle, ahora, sólo debía encontrar un chivo expiatorio sobre el
cuál volcar la ira de su vasallaje.
~ III ~
El
Fratellum Antoine Saint John caminaba entre las densas brumas de los helados
pantanales que rodeaban la frontera de Cuatro Cruces, iba embozado en un capa y
con la negra capucha de la negra parca que vestía echada, una llovizna helada
caía del cielo acerado y el frío calaba los huesos.
Antoine era
el obscuro Fiday encargado de liberar al feudo de la negra pestilencia que se
arrastraba en aquella obscuridad.
El
Fratellum Valeria le había contado que los Dolias no moverían un dedo contra el
obscuro desconocido que embrujaba Cuatro Cruces. Recaía en ellos entonces el
velar por la Pax.
Bajo la
capa, la mano callosa del monje acarició la broncínea empuñadura coronada por
un zafiro, de hoja curvada y afilada al extremo.
La Daga de
la Aceptación.
El
Fratellum Antoine miró a los cielos, Dolia dormía amortajado entre nubes, el
sueño de los muertos.
Las
posesiones diabólicas en los condados circundantes eran cada vez más numerosos,
Mujeres, hombres, niños y ancianos, todos por igual comenzaban del mismo modo
su tránsito hacia las tinieblas. Al principio decaimiento físico, apatía, falta
de fuerza, insomnio, irritabilidad, lapsus de ausencia cada vez más prolongados
hasta desembocar en catatonia. Luego, la rabia de los infiernos desatada en verborréicas
peroratas blasfemas y escalofriantes que enloquecían a los débiles de corazón,
pues los poseídos hablan de horrores con la voz del infierno.
Al final,
en algún descuido, el poseído escapaba de sus ataduras y se perdía en la
boscosa espesura verde.
Las
expediciones dirigidas en secreto por la orden Isdélica dieron con
espeluznantes resultados, en los bosques se pudrían en la soledad salvaje
cientos de desdichados suicidas, obviamente los poseídos prófugos que se
habrían extraviado para morir después de hambre o sed en la espesura.
La terrible
llamada de Narayana, irresistible hasta para un poseído.
Antoine se
estremeció ajustándose la bufanda que portaba bajo la parka, el aire nebuloso
empezaba a cerrarse, el bosque de Montesombra desde sie pre había sido un sitio
encantado, engaño, durante la sequía de los veinte años, las familias
abandonaban a sus hijos pequeños, ancianos y enfermos en las entrañas del
bosque y los abandonaban, después, se supo de casos de endocanibalismo,
miembros ancianos e infantes, abuelos y nietos generalmente solían volver sus
pasos y pagar la cortesía devorando a los desobligados padres.
Luego,
fantasmales espectros paseando mutilados, espectros de los devorados que a su
vez, comenzaron a reclamar las débiles almas ds los suicidas.
~ IV ~
La Baronesa
sabía que algo en su reino de horror y blasfema santidad iba mal, lo presentía.
La espada
de Damocles pendiendo delicadamente sobre su ilustre y perfecta cabeza.
Crucifixia
odiaba aquella innobvia insoportable, la expectativa para ella había alcanzado
un paroxismo paranoide que creía que sus emociones eran avisos proféticos.
Así, la
Bruja caníbal santa Crucifixia Cultellus decidió consultar con los obscuros
incorpóreos.
La Baronesa
había descubierto el modo de interrogar a los muertos sin la mediación de un
oráculo y una presencia incorpórea, alcanzando una perfección al recomponer
cuerpos que muchos Nigromantes de Nodens habrían envidiado los progresos de la
fanática beata adolescente.
Aquello se
debía en parte a las profecías que los siervos de Ísdelis buscaban contravenir,
y en parte, por un simple giro en el destino de un linaje maldito en un suelo
regado con sangre en donde se cosechaban cadáveres.
Crucifixia
inició el ritual siniestro, veintiún cartas de Thoth rodeando una Tabla Ouija
sobre la que oscilaba un péndulo de obsidiana.
Pronunció
el Clamavi ad Spectrum invocando un guía y al poco cayó en trance de videncia,
el olor a incienso y el humo inundaba la estancia.
Crucifixia
vio varias sombras, hombres y mujeres portando puñales flamígeros que en la
empuñadura lucían broncíneos Crucifixis, vio los pasos de aquellos chacales y
reconoció el sello del obscuro y melancólico Ísdelis en los pechos y frentes de
aquellos asesinos sin rostro.
Vio un
monasterio alto en las montañas y una caverna subterránea, ambos sitios
atestados de cirios, veladoras y libros ancestrales, obscuros y malditos.
Aunque no
como los de la loca Crucifixia, los libros que guardaban aquellos anacoretas
eran tratados revolucionarios de ciencia, mecánica, física, química y
matemática no ortodoxas, es decir no aprobada por los sacerdotes de Dolia.
Esto los
volvía doblemente peligrosos ya que conocían mancias y brujerías muy diferentes
de las de Crucifixia, aunque a la Inquiriente principal aquello la tenía sin cuidado,
ella poseía la Cruz de los Corazones justos y con ella y su conocimiento en
simbología, sugestión, mesmerismo y dominio de voluntad a distancia, confiaba
asegurarse pronto un sitial más alto e influyente desde el cuál iniciar el
segundo paso de su plan a largo plazo, conectar Cuatro Cruces directamente con
la tétrica dimensión de Nodens...
Crucifixia
supo entonces que estaba en guerra. En guerra contra una secta fanática de
monjes paganos medio enloquecidos y herejes.
Sonrió con
desprecio, la Baronesa sabía que más tarde o más temprano se las tendría que
ver con aquellos vagabundos apocalípticos que ensuciaban el dogma de la
profecía, que usurpaban el sacerdocio, que parodiaban los sagrados ritos, que
invocaban fuerzas que jamás entenderían.
Insensatos
si pensaban que podrían derrocarla de su trono de joyas y osamentas donde vivía
y reinaba con gloria.
Aquella
hermosa tarde, Crucifixia repasaba mentalmente la información obtenida en el
Abismo mientras viajaba velozmente en su carruaje a la Chapelle de Flammewelt,
la velada de su última soirée, donde le ofrecieran tan amenamente a un efebo y
una ninfeta a su servicio, había pospuesto aquella alegre reunión a causa de
una visión obtenida la misma noche, la misma que la guió hacia los misterios de
la regeneración y reanimación.
~
Bienaventurado el que encuentra sin buscar... - pensó sonriente.
Y resultó
que, en efecto, en la Capilla la aguardaban dos beldades de puros rasgos que
Crucifixia reconoció casi de inmediato.
Héctor y
Helena L'otremundi, antiguos herederos del Ducado de L'otremundi, eso claro,
antes de que la Baronesa Cultellus endeudara a los despistados y lambiscones
Condes tras provocarles pérdidas cuantiosas tras enviar abigeos, rateros y
asesinos a robarles ganado, riquezas así como encargarse de amigos, parientes y
cualquiera que pudiese apoyarlos en su desesperada situación.
Crucifixia
deseaba que se fueran al demonio en la más sórdida y grosera indigencia.
El Conde,
tras verse impedido a cubrir su deuda con Crucifixia le cedió los papeles y
heredades a cambio de una prórroga en el pago y una extensión de bonos para
levantar su maltratado patrimonio.
Crucifixia,
encantada de aquello le cedió un billete de bonos que dejó a aquél pobre
incauto babeando con una erección de avaricia contemplando el billete.
Aquél
sujeto sin escrúpulos asintió dócilmente sin distraer la vista del billete
cuando la Baronesa le dijo que su esposa quedaría en prenda libre junto a las
propiedades hasta que amortizaran la deuda y que se encargaría de cubrir con
"servicio doméstico" los réditos generados por cada día para mantener
los intereses de la deuda congelados hasta que ésta se saldase.
La condesa
de cuarenta inviernos, de piel olivácea, ojos avellana, negros cabellos y
figura un tanto común en las cortesanas, abrió tanto ojos como boca al ver el
modo tan llano y cantarín en que su marido consentía convertirla en una criada
doméstica por unas monedas.
Pronto la
Condesa de L'otremundi supo lo que se entendía como "Servicio
Doméstico" en el Castillo Cultellus.
Tras marcharse
el Conde, Crucifixia procedió a mostrarle el lugar a la Condesa cediéndole una
habitación junto a la suya, aquella primera semana, la Condesa la pasó en
relativa tranquilidad sirviendo más que nada como dama de compañía de
Crucifixia dando largos paseos, acompañándola a los oficios religiosos y las
ejecuciones, a los tribunales y a las operettas. Aquello no le desagradó en
absoluto y creyó entonces, que quizás sería mejor si su marido nunca pagase la
deuda.
No podía
negarlo, la condesa no sólo estaba furiosa con el conde, sino que había llegado
a odiarlo, durante aquella semana no se había personado ni una sola vez en el
Castillo Cultellus para reportar sus inversiones y aquello no le gustó nada a
la condesa.
Hasta que,
una noche en la que Crucifixia salió a una reunión en el feudo Montesombra,
cuando ya la condesa se hallaba en el lecho, ésta despertó al escuchar el girar
del cerrojo, la puerta chirrió y pasos vacilantes entraron.
~ ¿Quién
vive? - preguntó trémulamente.
~
Crucifixia Cultellus... - respondió la Baronesa. ~ He visto a vuestro marido
hoy y me ha confesado que ha de retrasarse un poco con el pago, no me extraña
ya que hoy desperdigó bastante plata invitando finos sorbetes y caros tragos a
sus amigos en Montesombra, así pues, a fin de que no se generen intereses, he
de requerirle a vos, condesa, el pago de los intereses generados por el
retraso. - bufó apenas conteniendo las ganas de lanzarse sobre la mujer sin
más, pero Crucifixia se excitaba aún más con aquello.
~ P-pero no
poseo dinero alguno. - cacareó inútilmente comprendiendo sin comprender del
todo lo que la baronesa le sugería.
~ No, pero
poseéis algo que preciso aún más que el oro en éste momento...
Crucifixia
habíase desnudado para entonces preparándose para cobrarse la deuda incumplida,
la andrógina silueta alucinante de la Baronesa se deslizó bajo las sábanas, la
condesa sintió una oleada intensa de calor sexual y frío de miedo correr por su
columna al sentir las manos de Crucifixia correr desde sus muslos a sus nalgas
subiéndole el breve y traslúcido camisón de dormir dejando su entera espalda
desnuda y expuesta.
~ N-no
podéis... Yo... Soy casada...
Crucifixia
bufó una risotada de burla y lujuria para contarle cuán fiel le era el conde en
brazos de las cortesanas en Montesombra y de cuánta indiferencia sentía de
dejarla en aquella servidumbre para disfrutar tan cantarinamente del oro de
Cultellus.
La Condesa,
en shock, sólo pudo responder con quejidos a cada estocada que Crucifixia le
asestaba a fin de incrustarle su Sable de Júpiter hasta la mismísima
empuñadura.
La condesa
perdió entonces noción de sí, ignoraba las vejaciones a las que la Baronesa la
había sometido, su mente estaba oscurecida en aquel fragmento de memoria, pero
sí sabía que aquél servicio se había prolongado por varias horas, algo que en
su lecho conyugal no excedía algo de minutos se había alargado durante horas y
horas de doloroso éxtasis.
Se desmayó
con los primeros rayos del sol mientras la incansable Baronesa golpeaba con sus
caderas a velocidad demencial la entrepierna dilatada y húmeda de la condesa
inconsciente.
Aquel
flashazo de imágenes de violencia y lujuria ensanchó la sonrisa de Crucifixia
ante los dos huérfanos, ahora lo sabía, alguien o algo estaba de su lado y le
proporcionaría todos los medios para salir victoriosa, tanto contra la orden
Isdélica como contra todo aquél que se le opusiera, activa o mentalmente. Todos
pronto se hincarían ante ella, y así, de hinojos recibirían con regocijo la
segunda venida de Nodens de su dimensión obscura y silenciosamente caótica.
No había
más, el mecanismo del Mártur Sacrificulum había arrancado y nada podía detener
los engranajes de un oscuro Deus Ex Machina que, contrariamente, arrasaría con
todo aquello que se suponía debía salvar.
Y para ello
se tenía que derramar sangre, mucha sangre. Ríos infinitos, aquerónticos y
escarlatas sobre los cuales, Caronte llevaría a los condenados al Infierno.
~ Y ahí
yacerán entonces para siempre... Y eternamente... - pensó oscuramente
Crucifixia con un brillo carmesí brillando dentro del abismo de sus ojos.
~ V ~
Soror
Furcazia Honoré tenía veintiséis años cuando fue enviada al martirio, su
Gólgota personal era el maldito feudo de Cuatro Cruces. La Prior Mara Tristis
la había enviado portando la daga ígnea, símbolo ancestral de los Mártires de
Ísdelis, asesinos fanáticos y fundamentalistas encargados de mantener a raya al
obscuro desconocido interior, entre los emisarios estaban los Testigos, los
Profetas y los Humildes, cuatro testigos, cuatro profetas, y sólo tres
humildes, entre los Fidays, las actitudes y fortalezas de los enemigos de la
orden exigían probarlos, extenuarlos y acabarlos de manera sistemática teniendo
por lo general, un método para cada engendro, bestia, demonio, espectro y
embrujo tenía un modo para combatirlo. Siglos de lucha y dolor, de bajas y de
victorias todas analizadas y perfeccionadas habían concentrado todos aquellos
siglos de lucha en el tenebroso Oráculo de los Maleficios, donde, además, había
lúgubres versículos en lenguas muertas extraídos de los labios tumefactos y
mefíticos de miles de poseídos concentrando miles de cantos y profecías tanto
dementes como escalofriantes.
Y Soror
Furcazia era la primera de las trece...
Sabía que
entre la niebla densa y bituminosa que inundaba el bosque silente correteaba
uno de los Fratellum Anacoreta dirigiéndose al tétrico feudo propiedad de los
Cultellus.
A Soror
Furcazia no le gustaba nada lo que había aprendido de la casta de los
Cultellus, si bien tenían entre sus miembros más ilustres a tres santas, ocho
beatos y una treintena de mártires cruzados, también tenía una breve aunque muy
oscura lista de perturbados, asesinos, vampiros (caníbales necrófilos
saqueadores de tumbas y asesinos), charlatanes, bribones, piratas, estafadores
y, aunque nadie esté seguro de ello al ciento por ciento, una bruja de las más
terribles cuyo nombre haya sido escrito en los anales del infierno. Una bruja
que, según la tradición habría ligado su estirpe maldita al destino del
entonces poblado. Pero los datos y personas que habrían esclarecido el hecho
habrían muerto a causa de una ola de epidemias que fulminaría la vida del
pueblo, tras unos meses, nuevos colonos y herederos de los anteriores
comenzarían una época progresista que llegó a levantar un gran feudo sobre las
cenizas del pueblo.
Pero los
Cultellus siempre estaban ahí, rigiendo el feudo con severidad y fervor de la
Iglesia Milenarista Dolyan. Aunque a sus oídos ortodoxos aquello le sonaba más
a conveniencia que a fe verdadera.
Furcazia
había podido estudiar a la actual Baronesa, sabía de los Orfanatos, Pantheones
y Chapelles que había hermoseado y levantado.
La Chapelle
des Martyrs, donde la Baronesa Cultellus oficiaba el Rito de Execración
semanalmente, y donde también, las Vestales Virgos, un coro completo de
doncellas con voces límpidas como los ángeles y hechiceras como las de las
sirenas.
A Soror
Furcazia le iba pareciendo que, si bien la Baronesa tenía a veces actitudes un
poco curiosas. Aunque innegablemente, su filantropía la hacía casi intocable,
ya que la monja guerrera sabía que muchos fanáticos Dolyans llamaban ya Santa
Crucifixia Cultellus, Baronesa, Inquiriente y Primma Condenatríz del feudo de
Cuatro Cruces. Soror Furcazia sonrió con desprecio mientras recorría las sendas
bizarramente esbozadas en lo agreste del bosque.
Poseídos,
desenterradores, fantasmas y locura, asesinatos y la caída de tres estrellas
fugaces con estelas demenciales eran las señales, peor aún, Soror Furcazia
Honoré había presenciado, en su labor anterior a su llamamiento como Fiday como
enfermera de pobres en un hospitál para desposeídos, cómo incluso los muertos
recientes, o aquellos que estaban posesos de antes, eran infestados y
reanimados tras el deceso continuando sus letanías mortales por los demonios de
todos los tipos.
La primera
vez que vio a un poseso reanimado fue en el Hospital Chápel Waite, un nosocomio
atendido mayormente por monjas isdélicas, las más aptas en medicina y otras
áreas. Pero ni sus conocimientos en ciencia y brujería la prepararon para la
contemplación de uno de aquellos desdichados seres privados de alma.
Los gritos
de la joven que entre ella y otras cinco Soror corpulentas trataban de someter
a la chica de quince inviernos y mantenerla inmovilizada mientras una Priora
rezaba el Rituale Tenebradentro para exorcizar a aquel cuerpo muerto.
Porque
estaba muerta, Soror Furcazia sabía que la chica habría muerto dos días antes,
sus padres, un par de viajeros traficantes de pieles paganos de tez oscura,
temblaban arrebujados contemplando el horrido espectáculo, según le contaron,
su hija habría enfermado mientras hacían su recorrido de comercio, tuvieron que
desviarse de su objetivo, el feudo Montesombra para atravesar Cuatro Cruces ya
que el camino habría sido intransitable por las nevadas y las tinieblas, los
comerciantes hablarían también de una bruma funeral que cubría aquél feudo.
Su hija
habría muerto durante su estancia en Cuatro Cruces, la sepultaron en un
cementerio medio oculto en el bosque donde las lápidas no estaban grabadas, no
pidieron permiso ya que aquellos pobres infelices creían, por su fe pagana, que
la tierra es de todos, además, aquello sólo era temporal, volverían para
llevarla de vuelta a su tierra y descansaría junto a sus ancestros.
Al menos
ésa era la idea.
Una jornada
después, los comerciantes llegaron a Chápel Waite que también fungía como
albergue para viajeros y sin hogar, ahí decidieron pernoctar. Era alta noche
cuando unos arañazos en la gruesa puerta de madera levantaron a la Soror
Portera encargada de velar la entrada para abrir, afuera, el viento entre los
árboles aullaba, las mentes supersticiosas de las Sorors las hacían escuchar
voces en el viento, cómo una voz triste, vieja, solitaria y lejana las llamase
a cada una por su nombre.
Era la voz
del Vagabundo de la Desolación, Soror Furcazia había crecido escuchando
leyendas acerca del Fantasmal Emisario de Nodens, de cómo llamaba a los
solitarios, a los enfermos, a los locos, a los furiosos y a los poseídos a las
profundidades del bosque y de cómo los infelices hallaban la muerte, o bien de
hambre, sed y frío, o bien suicidándose para evitarse tan prolongada agonía.
Pero algunos de aquellos infelices volvían, aquellos que volvían lo hacían con
un inquilino nuevo en las vacías habitaciones del alma de éstos.
El obscuro
Poseído.
Soror
Furcazia recordó los gritos de la Soror Portera al ser atacada por la poseída
la cuál se precipitó a toda prisa al interior.
La joven
Fiday se estremeció al recordar la chillona voz del ente berreando mientras
destrozaba el cadáver, de inmediato, varias de las más robustas Soror
intentaron someter a aquél engendro, de inmovilizarlo para saber a qué se
enfrentaban y cómo abjurar al espanto surgido de la tempestad nocturna.
En medio
del pandemonio aquél, varios huéspedes salieron a ver qué acontecía, sólo el
traficante de pieles pudo reconocer el ser que antes había sido su hija
sepultada en Cuatro Cruces dos días atrás.
~ VI ~
Crucifixia
dejó a sus nuevas mascotas instaladas en sus habitaciones, cercanas a la suya,
la Baronesa había llegado a trazar un plan a largo plazo para ellos, pero
primero debía organizar sus ideas, además, Crucifixia sabía que dos molestas
moscas andaban zumbándole en los oídos y quería aplastarlos cuanto antes, sabía
que de invocar a la Niebla habría graves incidentes que no podrían ser
aclarados, aunque, al hacerlo sólo en el bosque negro, las víctimas serían las
menos, además, decenas de personas desaparecían cada año entre el follaje verde
obscuro para no volver jamás.
~ La
Llamada de Narayana. - murmuró la Baronesa sonriendo ampliamente.
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