domingo, 2 de agosto de 2015

Libro Cuarto - Mártur Sacrificulum

Libro Cuatro - Martur Sacrifículum


~ I ~

A sólo algunas leguas de distancia de Cuatro Cruces, un monasterio eleva altos torreones enclaustrados a las alturas, es uno de los muchos monasterios donde decenas de mujeres iban a recogerse en una vida de celibato y virtud verdaderos.
Almas alejadas del mundo que, en medio de lo agreste de un rocoso terreno duro de escalar, solían entregarse a la meditación y estudio de ciencias tan extrañas, blasfemas, maravillosas y terribles, a veces resultando en la locura para alguna impreparada novicia, aunque, dicho sea de paso, aquello era bastante escaso.
No sólo eran estudiosas de ciencias que los Dolias condenaban, sino que además concedían la virtud de la ordenanza a sus Sorors, las hermanas de la orden Isdélica eran, además, guerreras, expertas en herbolaria, venenos y contravenenos, lingüistas, sacerdotisas y exorcistas.
La orden Isdélica, tanto en su rama Eremita como la Monacal habían contemplado los obscuros prodigios que auguraban la llegada del Satánico Emisario de Nodens.
La Mátrici Mara Tristis había recibido una misiva enviada por el Fratellum Valeria, prior de los Eremitas del Sur.
En ella, el anciano le explicaba de los hechos acaecidos en Cuatro Cruces, de los símbolos en las estrellas, de extraños nacimientos deformes, de una luna de sangre y la aparición de un cometa no documentado.
La Soror tembló en sus adentros, pero mantuvo la compostura, garrapateó una respuesta apresurada a su hermano de fe y luego ató el mensaje en un cuervo mensajero. La priora miró el cielo sangriento que brillaba sobre el feudo y soltó al cuervo.
Sabía que Valeria enviaría a sus trece Fidayz tras la pestilente invocadora de muertos, así que ella debía hacer lo propio, igual que el anciano Valeria en su ermita, la Soror Mara debía escoger trece leonas de su rebaño, las mejores luchadoras contra demonios, espectros y poseídos para encerrar al gran mal que amenazaba al mundo.
La mujer rezó a Ísdelis pidiéndole claridad de juicio al momento de elegir, según el Oráculo de los Maleficios, aquél conjurador tendría poder y potestad sobre muertos y perdidos, con esto en mente, debía jugar sus cartas con sabiduría.
Sacó de un cajón en su escritorio de ébano un rosario de seis Misterios y doce cuentas por Misterio así como una Baraja De Thoth, la buena monja iba a leer el futuro en los Triunfos Negros.

~ II ~

El feudo de Cuatro Cruces comenzó lentamente a encantarse a causa de las obscuras y continuas brujerías de la Baronesa Cultellus.
Por aquellos siniestros días, la loca Crucifixia había adquirido una colección de manuscritos grabados en cuero de macho cabrío con dibujos, rezos, fórmulas y ominosos secretos inenarrables que, ni tarda ni perezosa, la demente noble comenzó a ejercitar aquel brujeríl grimoire.
Fue cuando comenzaron las profanaciones más atroces jamás vistas.
Si bien, Crucifixia solía desenterrar cadáveres antaño para satisfacer su hambre antropófaga, ahora sólo se dedicaba a devorar a aquellos que acusaba y ajusticiaba por causas falsas y que luego execraba públicamente, pero, tras hallar en el Grimoire el modo de obtener el saber prohibido de los Muertos, Crucifixia se dio a perfeccionar.
Había aprendido por el esclavista la fórmula de obtener Bokkores y Zekkes, siervos muertos carentes de voluntad, pero el libro le prometía a la perversa poder recombinar las sales de los muertos y darles forma, voz e inteligencia, aunque sugería muy puntualmente no llamar algún hijo perdido de la Muerte más poderoso que el conjurador.
Crucifixia se relamió los labios al imaginar las riquezas que podía obtener de aquellos viejos avaros que se fueron a los abismos sin revelar dónde guardaban sus tesoros, viudas solitarias que expiraron repentinamente sin decir detrás de qué baldosas escondieran los títulos de sus heredades.
Y comenzó sus conjuros tétricos en las obscuras noches mandando algunas Zekkes a desenterrar a uno u otro ciudadano ilustre de Cuatro Cruces al cuál podría sacarle provecho.
Y las noches se llenaron de gritos, de llantos, del tintinear de cadenas y del rechinar de dientes.
Las sórdidas y tenebrosas calles empedradas del feudo estaban solas en las noches.
Las farolas proyectaban una luz fría en las piedras blancas, testigos de horrores mientras las muertas desenterraban ataúdes para llevar el impuro tesoro a su cruel y enloquecida señora.
Crucifixia Cultellus, Baronesa Inquirente y Primma Condenatrix de Cuatro Cruces tuvo entonces un tiempo de prueba, tras muchas denuncias, la noble decidió dar unas palabras desde el dorado púlpito del coro de la Chapelle des Martyr donde se comprometió a entregarles a los vampiros responsables de las execraciones de las tumbas del Pantheón y el Criptorium, la Leichenhaus, con sus muertos frescos a la espera de su lugar en la tierra sagrada del cementerio no habían sido incomodados en su sueño.
Pues su obscura búsqueda y dementes experimentos habían sido perfeccionados satisfactoriamente.
Las apariciones fantasmales no se hicieron esperar, a la luctuosa luz de los extraños bulbos fosforescentes que coronaban las farolas, negros bultos solían vagar de una calle a otra, embrujando jardines y prados con sus tenebrosos paseos de ultratumba.
Y los rumores inconfirmados de extraños rituales en lo profundo del bosque circundante. Cánticos lúgubres y terribles ecos ultraterrenales inundaron las hondonadas y valles colindantes.
Y acaeció entonces que hubo un parto cuyo producto fue un ente antinatural, albo, sin ojos, con colmillos y seis dedos en vez de cinco en las manos, en los pies, sólo tres frontales y uno opuesto similar a los de los pollos, pero con la textura escalofriantemente humana en su largo y piel.
La gente cayó entonces en un fervor fanático rayano en la locura, procesiones interminables paseando reliquias traídas de otros feudos, rezando Ángelus y el Rosario diaria y puntualmente, flagelantes anónimos y encapuchados recorrían las embrujadas calles azotándose con flagelos coronados por garfios ígneos a fin de exorcizar las fuerzas oscuras con su abjuración física.
Pero Crucifixia sabía bien que la sangre era el alimento de los demonios, la moneda del reino obscuro.
Rezanderas fanáticas, beatas y medias locas acudieron entonces a Crucifixia, la Santa que había hermoseado y erigido templos, calles y cementerios así como restaurar las calles.
Y ahí, la habilidosa y viperina lengua de Crucifixia obró Milagros ante las congregadas, la charlatana bruja fingía éxtasis beatíficos y visiones religiosas donde, ángeles y santos le contaban secretos, y en privado, la Baronesa les murmuraba a cada una de aquellas beatas fanatizadas secretos que la bruja les habría arrancado a sus muertos.
Muchas de las mujerucas aquellas, maravilladas por aquello cedían a cualquier cosa que la loca les ordenase.
Crucifixia entonces apartaba aquellas que su lívido le exigiese para sí y las sometía a los caprichos de su lujuria.
Ser una hermosa doncella no era un requisito para esto, de hecho, la Baronesa Cultellus solía elegir a las santurronas mayores, momias flacas de sexos secos o gnomas sebosas y apretadas con las que se entregaba a su frenesí sexual siempre insaciable, si las mujerucas solían asombrarse ante su condición, la Baronesa recurría a las escrituras donde los profetas hablaban de la naturaleza andrógina de los ángeles fluctuante y ambivalente.
Y las santurronas beatas la adoraron aún más, Crucifixia logró anotarse entonces un gran acierto, ahora contaba con una feligresía viva, escasa, pero viva.
Y aquello comenzó a agradarle, ahora, sólo debía encontrar un chivo expiatorio sobre el cuál volcar la ira de su vasallaje.

~ III ~

El Fratellum Antoine Saint John caminaba entre las densas brumas de los helados pantanales que rodeaban la frontera de Cuatro Cruces, iba embozado en un capa y con la negra capucha de la negra parca que vestía echada, una llovizna helada caía del cielo acerado y el frío calaba los huesos.
Antoine era el obscuro Fiday encargado de liberar al feudo de la negra pestilencia que se arrastraba en aquella obscuridad.
El Fratellum Valeria le había contado que los Dolias no moverían un dedo contra el obscuro desconocido que embrujaba Cuatro Cruces. Recaía en ellos entonces el velar por la Pax.
Bajo la capa, la mano callosa del monje acarició la broncínea empuñadura coronada por un zafiro, de hoja curvada y afilada al extremo.
La Daga de la Aceptación.
El Fratellum Antoine miró a los cielos, Dolia dormía amortajado entre nubes, el sueño de los muertos.
Las posesiones diabólicas en los condados circundantes eran cada vez más numerosos, Mujeres, hombres, niños y ancianos, todos por igual comenzaban del mismo modo su tránsito hacia las tinieblas. Al principio decaimiento físico, apatía, falta de fuerza, insomnio, irritabilidad, lapsus de ausencia cada vez más prolongados hasta desembocar en catatonia. Luego, la rabia de los infiernos desatada en verborréicas peroratas blasfemas y escalofriantes que enloquecían a los débiles de corazón, pues los poseídos hablan de horrores con la voz del infierno.
Al final, en algún descuido, el poseído escapaba de sus ataduras y se perdía en la boscosa espesura verde.
Las expediciones dirigidas en secreto por la orden Isdélica dieron con espeluznantes resultados, en los bosques se pudrían en la soledad salvaje cientos de desdichados suicidas, obviamente los poseídos prófugos que se habrían extraviado para morir después de hambre o sed en la espesura.
La terrible llamada de Narayana, irresistible hasta para un poseído.
Antoine se estremeció ajustándose la bufanda que portaba bajo la parka, el aire nebuloso empezaba a cerrarse, el bosque de Montesombra desde sie pre había sido un sitio encantado, engaño, durante la sequía de los veinte años, las familias abandonaban a sus hijos pequeños, ancianos y enfermos en las entrañas del bosque y los abandonaban, después, se supo de casos de endocanibalismo, miembros ancianos e infantes, abuelos y nietos generalmente solían volver sus pasos y pagar la cortesía devorando a los desobligados padres.
Luego, fantasmales espectros paseando mutilados, espectros de los devorados que a su vez, comenzaron a reclamar las débiles almas ds los suicidas.

~ IV ~

La Baronesa sabía que algo en su reino de horror y blasfema santidad iba mal, lo presentía.
La espada de Damocles pendiendo delicadamente sobre su ilustre y perfecta cabeza.
Crucifixia odiaba aquella innobvia insoportable, la expectativa para ella había alcanzado un paroxismo paranoide que creía que sus emociones eran avisos proféticos.
Así, la Bruja caníbal santa Crucifixia Cultellus decidió consultar con los obscuros incorpóreos.
La Baronesa había descubierto el modo de interrogar a los muertos sin la mediación de un oráculo y una presencia incorpórea, alcanzando una perfección al recomponer cuerpos que muchos Nigromantes de Nodens habrían envidiado los progresos de la fanática beata adolescente.
Aquello se debía en parte a las profecías que los siervos de Ísdelis buscaban contravenir, y en parte, por un simple giro en el destino de un linaje maldito en un suelo regado con sangre en donde se cosechaban cadáveres.
Crucifixia inició el ritual siniestro, veintiún cartas de Thoth rodeando una Tabla Ouija sobre la que oscilaba un péndulo de obsidiana.
Pronunció el Clamavi ad Spectrum invocando un guía y al poco cayó en trance de videncia, el olor a incienso y el humo inundaba la estancia.
Crucifixia vio varias sombras, hombres y mujeres portando puñales flamígeros que en la empuñadura lucían broncíneos Crucifixis, vio los pasos de aquellos chacales y reconoció el sello del obscuro y melancólico Ísdelis en los pechos y frentes de aquellos asesinos sin rostro.
Vio un monasterio alto en las montañas y una caverna subterránea, ambos sitios atestados de cirios, veladoras y libros ancestrales, obscuros y malditos.
Aunque no como los de la loca Crucifixia, los libros que guardaban aquellos anacoretas eran tratados revolucionarios de ciencia, mecánica, física, química y matemática no ortodoxas, es decir no aprobada por los sacerdotes de Dolia.
Esto los volvía doblemente peligrosos ya que conocían mancias y brujerías muy diferentes de las de Crucifixia, aunque a la Inquiriente principal aquello la tenía sin cuidado, ella poseía la Cruz de los Corazones justos y con ella y su conocimiento en simbología, sugestión, mesmerismo y dominio de voluntad a distancia, confiaba asegurarse pronto un sitial más alto e influyente desde el cuál iniciar el segundo paso de su plan a largo plazo, conectar Cuatro Cruces directamente con la tétrica dimensión de Nodens...
Crucifixia supo entonces que estaba en guerra. En guerra contra una secta fanática de monjes paganos medio enloquecidos y herejes.
Sonrió con desprecio, la Baronesa sabía que más tarde o más temprano se las tendría que ver con aquellos vagabundos apocalípticos que ensuciaban el dogma de la profecía, que usurpaban el sacerdocio, que parodiaban los sagrados ritos, que invocaban fuerzas que jamás entenderían.
Insensatos si pensaban que podrían derrocarla de su trono de joyas y osamentas donde vivía y reinaba con gloria.
Aquella hermosa tarde, Crucifixia repasaba mentalmente la información obtenida en el Abismo mientras viajaba velozmente en su carruaje a la Chapelle de Flammewelt, la velada de su última soirée, donde le ofrecieran tan amenamente a un efebo y una ninfeta a su servicio, había pospuesto aquella alegre reunión a causa de una visión obtenida la misma noche, la misma que la guió hacia los misterios de la regeneración y reanimación.
~ Bienaventurado el que encuentra sin buscar... - pensó sonriente.
Y resultó que, en efecto, en la Capilla la aguardaban dos beldades de puros rasgos que Crucifixia reconoció casi de inmediato.
Héctor y Helena L'otremundi, antiguos herederos del Ducado de L'otremundi, eso claro, antes de que la Baronesa Cultellus endeudara a los despistados y lambiscones Condes tras provocarles pérdidas cuantiosas tras enviar abigeos, rateros y asesinos a robarles ganado, riquezas así como encargarse de amigos, parientes y cualquiera que pudiese apoyarlos en su desesperada situación.
Crucifixia deseaba que se fueran al demonio en la más sórdida y grosera indigencia.
El Conde, tras verse impedido a cubrir su deuda con Crucifixia le cedió los papeles y heredades a cambio de una prórroga en el pago y una extensión de bonos para levantar su maltratado patrimonio.
Crucifixia, encantada de aquello le cedió un billete de bonos que dejó a aquél pobre incauto babeando con una erección de avaricia contemplando el billete.
Aquél sujeto sin escrúpulos asintió dócilmente sin distraer la vista del billete cuando la Baronesa le dijo que su esposa quedaría en prenda libre junto a las propiedades hasta que amortizaran la deuda y que se encargaría de cubrir con "servicio doméstico" los réditos generados por cada día para mantener los intereses de la deuda congelados hasta que ésta se saldase.
La condesa de cuarenta inviernos, de piel olivácea, ojos avellana, negros cabellos y figura un tanto común en las cortesanas, abrió tanto ojos como boca al ver el modo tan llano y cantarín en que su marido consentía convertirla en una criada doméstica por unas monedas.
Pronto la Condesa de L'otremundi supo lo que se entendía como "Servicio Doméstico" en el Castillo Cultellus.
Tras marcharse el Conde, Crucifixia procedió a mostrarle el lugar a la Condesa cediéndole una habitación junto a la suya, aquella primera semana, la Condesa la pasó en relativa tranquilidad sirviendo más que nada como dama de compañía de Crucifixia dando largos paseos, acompañándola a los oficios religiosos y las ejecuciones, a los tribunales y a las operettas. Aquello no le desagradó en absoluto y creyó entonces, que quizás sería mejor si su marido nunca pagase la deuda.
No podía negarlo, la condesa no sólo estaba furiosa con el conde, sino que había llegado a odiarlo, durante aquella semana no se había personado ni una sola vez en el Castillo Cultellus para reportar sus inversiones y aquello no le gustó nada a la condesa.
Hasta que, una noche en la que Crucifixia salió a una reunión en el feudo Montesombra, cuando ya la condesa se hallaba en el lecho, ésta despertó al escuchar el girar del cerrojo, la puerta chirrió y pasos vacilantes entraron.
~ ¿Quién vive? - preguntó trémulamente.
~ Crucifixia Cultellus... - respondió la Baronesa. ~ He visto a vuestro marido hoy y me ha confesado que ha de retrasarse un poco con el pago, no me extraña ya que hoy desperdigó bastante plata invitando finos sorbetes y caros tragos a sus amigos en Montesombra, así pues, a fin de que no se generen intereses, he de requerirle a vos, condesa, el pago de los intereses generados por el retraso. - bufó apenas conteniendo las ganas de lanzarse sobre la mujer sin más, pero Crucifixia se excitaba aún más con aquello.
~ P-pero no poseo dinero alguno. - cacareó inútilmente comprendiendo sin comprender del todo lo que la baronesa le sugería.
~ No, pero poseéis algo que preciso aún más que el oro en éste momento...
Crucifixia habíase desnudado para entonces preparándose para cobrarse la deuda incumplida, la andrógina silueta alucinante de la Baronesa se deslizó bajo las sábanas, la condesa sintió una oleada intensa de calor sexual y frío de miedo correr por su columna al sentir las manos de Crucifixia correr desde sus muslos a sus nalgas subiéndole el breve y traslúcido camisón de dormir dejando su entera espalda desnuda y expuesta.
~ N-no podéis... Yo... Soy casada...
Crucifixia bufó una risotada de burla y lujuria para contarle cuán fiel le era el conde en brazos de las cortesanas en Montesombra y de cuánta indiferencia sentía de dejarla en aquella servidumbre para disfrutar tan cantarinamente del oro de Cultellus.
La Condesa, en shock, sólo pudo responder con quejidos a cada estocada que Crucifixia le asestaba a fin de incrustarle su Sable de Júpiter hasta la mismísima empuñadura.
La condesa perdió entonces noción de sí, ignoraba las vejaciones a las que la Baronesa la había sometido, su mente estaba oscurecida en aquel fragmento de memoria, pero sí sabía que aquél servicio se había prolongado por varias horas, algo que en su lecho conyugal no excedía algo de minutos se había alargado durante horas y horas de doloroso éxtasis.
Se desmayó con los primeros rayos del sol mientras la incansable Baronesa golpeaba con sus caderas a velocidad demencial la entrepierna dilatada y húmeda de la condesa inconsciente.
Aquel flashazo de imágenes de violencia y lujuria ensanchó la sonrisa de Crucifixia ante los dos huérfanos, ahora lo sabía, alguien o algo estaba de su lado y le proporcionaría todos los medios para salir victoriosa, tanto contra la orden Isdélica como contra todo aquél que se le opusiera, activa o mentalmente. Todos pronto se hincarían ante ella, y así, de hinojos recibirían con regocijo la segunda venida de Nodens de su dimensión obscura y silenciosamente caótica.
No había más, el mecanismo del Mártur Sacrificulum había arrancado y nada podía detener los engranajes de un oscuro Deus Ex Machina que, contrariamente, arrasaría con todo aquello que se suponía debía salvar.
Y para ello se tenía que derramar sangre, mucha sangre. Ríos infinitos, aquerónticos y escarlatas sobre los cuales, Caronte llevaría a los condenados al Infierno.
~ Y ahí yacerán entonces para siempre... Y eternamente... - pensó oscuramente Crucifixia con un brillo carmesí brillando dentro del abismo de sus ojos.

~ V ~

Soror Furcazia Honoré tenía veintiséis años cuando fue enviada al martirio, su Gólgota personal era el maldito feudo de Cuatro Cruces. La Prior Mara Tristis la había enviado portando la daga ígnea, símbolo ancestral de los Mártires de Ísdelis, asesinos fanáticos y fundamentalistas encargados de mantener a raya al obscuro desconocido interior, entre los emisarios estaban los Testigos, los Profetas y los Humildes, cuatro testigos, cuatro profetas, y sólo tres humildes, entre los Fidays, las actitudes y fortalezas de los enemigos de la orden exigían probarlos, extenuarlos y acabarlos de manera sistemática teniendo por lo general, un método para cada engendro, bestia, demonio, espectro y embrujo tenía un modo para combatirlo. Siglos de lucha y dolor, de bajas y de victorias todas analizadas y perfeccionadas habían concentrado todos aquellos siglos de lucha en el tenebroso Oráculo de los Maleficios, donde, además, había lúgubres versículos en lenguas muertas extraídos de los labios tumefactos y mefíticos de miles de poseídos concentrando miles de cantos y profecías tanto dementes como escalofriantes.
Y Soror Furcazia era la primera de las trece...
Sabía que entre la niebla densa y bituminosa que inundaba el bosque silente correteaba uno de los Fratellum Anacoreta dirigiéndose al tétrico feudo propiedad de los Cultellus.
A Soror Furcazia no le gustaba nada lo que había aprendido de la casta de los Cultellus, si bien tenían entre sus miembros más ilustres a tres santas, ocho beatos y una treintena de mártires cruzados, también tenía una breve aunque muy oscura lista de perturbados, asesinos, vampiros (caníbales necrófilos saqueadores de tumbas y asesinos), charlatanes, bribones, piratas, estafadores y, aunque nadie esté seguro de ello al ciento por ciento, una bruja de las más terribles cuyo nombre haya sido escrito en los anales del infierno. Una bruja que, según la tradición habría ligado su estirpe maldita al destino del entonces poblado. Pero los datos y personas que habrían esclarecido el hecho habrían muerto a causa de una ola de epidemias que fulminaría la vida del pueblo, tras unos meses, nuevos colonos y herederos de los anteriores comenzarían una época progresista que llegó a levantar un gran feudo sobre las cenizas del pueblo.
Pero los Cultellus siempre estaban ahí, rigiendo el feudo con severidad y fervor de la Iglesia Milenarista Dolyan. Aunque a sus oídos ortodoxos aquello le sonaba más a conveniencia que a fe verdadera.
Furcazia había podido estudiar a la actual Baronesa, sabía de los Orfanatos, Pantheones y Chapelles que había hermoseado y levantado.
La Chapelle des Martyrs, donde la Baronesa Cultellus oficiaba el Rito de Execración semanalmente, y donde también, las Vestales Virgos, un coro completo de doncellas con voces límpidas como los ángeles y hechiceras como las de las sirenas.
A Soror Furcazia le iba pareciendo que, si bien la Baronesa tenía a veces actitudes un poco curiosas. Aunque innegablemente, su filantropía la hacía casi intocable, ya que la monja guerrera sabía que muchos fanáticos Dolyans llamaban ya Santa Crucifixia Cultellus, Baronesa, Inquiriente y Primma Condenatríz del feudo de Cuatro Cruces. Soror Furcazia sonrió con desprecio mientras recorría las sendas bizarramente esbozadas en lo agreste del bosque.
Poseídos, desenterradores, fantasmas y locura, asesinatos y la caída de tres estrellas fugaces con estelas demenciales eran las señales, peor aún, Soror Furcazia Honoré había presenciado, en su labor anterior a su llamamiento como Fiday como enfermera de pobres en un hospitál para desposeídos, cómo incluso los muertos recientes, o aquellos que estaban posesos de antes, eran infestados y reanimados tras el deceso continuando sus letanías mortales por los demonios de todos los tipos.
La primera vez que vio a un poseso reanimado fue en el Hospital Chápel Waite, un nosocomio atendido mayormente por monjas isdélicas, las más aptas en medicina y otras áreas. Pero ni sus conocimientos en ciencia y brujería la prepararon para la contemplación de uno de aquellos desdichados seres privados de alma.
Los gritos de la joven que entre ella y otras cinco Soror corpulentas trataban de someter a la chica de quince inviernos y mantenerla inmovilizada mientras una Priora rezaba el Rituale Tenebradentro para exorcizar a aquel cuerpo muerto.
Porque estaba muerta, Soror Furcazia sabía que la chica habría muerto dos días antes, sus padres, un par de viajeros traficantes de pieles paganos de tez oscura, temblaban arrebujados contemplando el horrido espectáculo, según le contaron, su hija habría enfermado mientras hacían su recorrido de comercio, tuvieron que desviarse de su objetivo, el feudo Montesombra para atravesar Cuatro Cruces ya que el camino habría sido intransitable por las nevadas y las tinieblas, los comerciantes hablarían también de una bruma funeral que cubría aquél feudo.
Su hija habría muerto durante su estancia en Cuatro Cruces, la sepultaron en un cementerio medio oculto en el bosque donde las lápidas no estaban grabadas, no pidieron permiso ya que aquellos pobres infelices creían, por su fe pagana, que la tierra es de todos, además, aquello sólo era temporal, volverían para llevarla de vuelta a su tierra y descansaría junto a sus ancestros.
Al menos ésa era la idea.
Una jornada después, los comerciantes llegaron a Chápel Waite que también fungía como albergue para viajeros y sin hogar, ahí decidieron pernoctar. Era alta noche cuando unos arañazos en la gruesa puerta de madera levantaron a la Soror Portera encargada de velar la entrada para abrir, afuera, el viento entre los árboles aullaba, las mentes supersticiosas de las Sorors las hacían escuchar voces en el viento, cómo una voz triste, vieja, solitaria y lejana las llamase a cada una por su nombre.
Era la voz del Vagabundo de la Desolación, Soror Furcazia había crecido escuchando leyendas acerca del Fantasmal Emisario de Nodens, de cómo llamaba a los solitarios, a los enfermos, a los locos, a los furiosos y a los poseídos a las profundidades del bosque y de cómo los infelices hallaban la muerte, o bien de hambre, sed y frío, o bien suicidándose para evitarse tan prolongada agonía. Pero algunos de aquellos infelices volvían, aquellos que volvían lo hacían con un inquilino nuevo en las vacías habitaciones del alma de éstos.
El obscuro Poseído.
Soror Furcazia recordó los gritos de la Soror Portera al ser atacada por la poseída la cuál se precipitó a toda prisa al interior.
La joven Fiday se estremeció al recordar la chillona voz del ente berreando mientras destrozaba el cadáver, de inmediato, varias de las más robustas Soror intentaron someter a aquél engendro, de inmovilizarlo para saber a qué se enfrentaban y cómo abjurar al espanto surgido de la tempestad nocturna.
En medio del pandemonio aquél, varios huéspedes salieron a ver qué acontecía, sólo el traficante de pieles pudo reconocer el ser que antes había sido su hija sepultada en Cuatro Cruces dos días atrás.

~ VI ~

Crucifixia dejó a sus nuevas mascotas instaladas en sus habitaciones, cercanas a la suya, la Baronesa había llegado a trazar un plan a largo plazo para ellos, pero primero debía organizar sus ideas, además, Crucifixia sabía que dos molestas moscas andaban zumbándole en los oídos y quería aplastarlos cuanto antes, sabía que de invocar a la Niebla habría graves incidentes que no podrían ser aclarados, aunque, al hacerlo sólo en el bosque negro, las víctimas serían las menos, además, decenas de personas desaparecían cada año entre el follaje verde obscuro para no volver jamás.

~ La Llamada de Narayana. - murmuró la Baronesa sonriendo ampliamente.

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